Más allá del nonsense

El vigía de las esquinas

Luis Mateo Díez

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2025, 438 pp.

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La trayectoria literaria de Luis Mateo Díez se ha caracterizado por una penetrante visión de los mundos caducos, obsoletos, cerrados y desvalorizados. En su primera etapa esos mundos eran mundos provincianos. Así era el mundo de Celama, un mundo de muertos. Con el transcurso del tiempo su visión de la caducidad se ha ido ampliando. En sus novelas más recientes todo se caracteriza por la caducidad. Así era el universo de Mis delitos como animal de compañía y así es el de la actual El vigía de las esquinas. La expresión literaria ideal para la denuncia de los universos caducos es el género de la sátira menipea. Se trata de un género que tiene más de dos mil años y que los estudios literarios han vinculado al nombre de Luciano de Samósata y a su obra, en especial los Diálogos de los muertos. Por desgracia, hoy Luciano no goza de la actualidad que tuvo en tiempos de Erasmo, Shakespeare y Cervantes. Pero sigue bien vivo. Las novelas que más me han interesado en los últimos años pertenecen a este género y suelen ser de autores minoritarios. Me refiero a Mariano Gistaín y sus Nadie y Nada (Prames, 2024) y Familias raras (IEA/DPH, 2023); José Ángel Sánchez, Crónicas universitarias de El planeta de los simios (Altabán, 2024); José Montelongo, No soy tan Zen (UNAM-Almadía, 2022); Luis de Ángel, Beefeater (PUZ, 2021), Juan Bravo Castillo, Naturaleza muerta (Contrabando, 2019). Este género también alcanza a la novela juvenil. Es el caso de Ana Merino y su Planeta Lasvi (Siruela, 2024). Lo que tienen en común esas novelas –la lista es claramente ampliable– y las de Luis Mateo Díez es la contemplación de un mundo en demolición acelerada por haber despilfarrado sus valores constituyentes. El tratamiento literario de esos mundos arruinados –la menipea– arroja a la mirada atónita del lector un corrosivo discurso humorístico, tan ácido como hilarante. Sus productos no suelen suscitar grandes éxitos de crítica y ventas. El sector más rentable del mercado suele preferir productos edulcorados e intelectualmente muy asequibles. Los críticos –e incluso los editores– no terminan de comprender este género. Creen en la actualidad y sus éxitos. No han perdido la fe en este mundo. Y estas novelas exigen un esfuerzo intelectual y conceptual para el que no están dispuestos.

El vigía de las esquinas sigue, como digo, la senda de Mis delitos como animal de compañía. Ambas novelas están construidas sobre un imponente sustrato grotesco. Pero también tienen sus diferencias. El vigía… va un paso más allá. Mantiene recursos de la menipea. El vigía es un observador ubicuo y su actividad se emplaza en lugares inverosímiles –las esquinas–. Todo se sabe gracias a la pérfida Infiltrada Caridia. Une lo que la literatura convencional separa, formando un magma explosivo. Ese magma da lugar a la acumulación de sucesos y viñetas que conforman la novela. Las viñetas –esos breves capítulos que componen las 35 series– comparten la estética del tebeo cómico –otro vínculo con el mundo obsoleto de la lectura infantil–. En conjunto estos aspectos de la novela nos sitúan en el mundo del grotesco: la presencia de las vísceras, de lo sicalíptico, de lo monstruoso y de la libre imaginación. Así son las últimas novelas y así eran otras anteriores, como El expediente del náufrago, recientemente reeditada.

Pero El vigía… supone un paso adelante en la trayectoria de Mateo Díez. No se conforma con el grotesco para denunciar la pérdida total de valores en el mundo actual. Tras la máscara de la Ciudad de Sombra –así se refiere a lo que en su momento fueron Celama u otros territorios de su imaginario– está la actualidad con sus escándalos y contradicciones –“el fin de la historia, el último hombre”–. En el artículo “Clarividencia de Luis Mateo Díez”, aparecido en el número de octubre de Letras Libres, señalé la presencia de bernardinas, esto es, frases sin sentido presentes en la literatura picaresca del Siglo de Oro, que buscan despistar al espectador o al lector, en Mis delitos… En El vigía… Díez avanza al nonsense, la literatura que recurre a los juegos de palabras para denunciar el sinsentido de la vida social. Suelen mencionarse las greguerías de Gómez de la Serna como presencia del nonsense en la literatura española. También Cortázar recurrió puntualmente al nonsense. La interpretación académica de esta estética mantiene que se trata de juegos verbales sin sentido. En la novela de Díez no es exactamente así. Por un lado, la fraseología nonsense combina elementos sin aparente vínculo, elementos que la mentalidad actual entiende sin conexión, simples recursos para hacer reír. Del vigía se dice que “escribía en su gacetilla para que nadie se diese cuenta de lo que quería decir”. Así es el espíritu de las bernardinas. Pero, al mismo tiempo, Díez desliza “mensajes cifrados”, un “uso metafórico”, o “inmersión metafórica”, un “simbolismo” que califica de hermético –“hermetismo de corte metafórico”– que señalan la “crisis global” de la “sociedad pervertida”.

En la amplia producción literaria de Díez encontramos obras de lectura accesible al gran público –Mi hermano Antón es la más reciente– y otras más esquivas –por herméticas o innovadoras–. Quizá El vigía de las esquinas resulte de estas últimas, pese a su evidente humorismo. La fraseología jocosa de los diálogos, interrumpida por largos paréntesis anticlimáticos, es un rasgo peculiar de esta novela. Las lecciones deslizadas en momentos delirantes –del tipo “las ideologías se habían disuelto en su propio caldo… las creencias degeneraban en su guiso”– advierten al lector para que dirija su atención al simbolismo –la lectura hermética– que encierra esta absurda fábula con su dimensión testamentaria. ~


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