Obras reunidas/Volumen I, de Iván Illich

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En los discursos de cualquier político latinoamericano en campaña, las promesas acerca de atender la urgencia de la educación (más escuelas), de la salud (más hospitales) y del bienestar social (más viviendas, empleos y mejores vías de comunicación) se desgranan como si se tratara de soluciones incontrovertibles a los problemas generalizados, asumidos ciegamente por el grueso de la población. Las frases terminan por asentarse como letra muerta que, en el futuro, algún otro político en campaña retomará, agitándolas de nuevo, como se hace con las emulsiones contra la diarrea, sin conseguir que la realidad cambie a fondo.

No más escuelas, no más hospitales, no más viviendas programadas ni supercarreteras, sencillamente porque la educación, la salud, el desplazamiento en grandes distancias no deben ser obligatorios, sino responsabilidad de cada cual según su velocidad personal y de cada comunidad conforme a su propia capacidad política de pactar límites. Éstas son algunas alternativas que Iván Illich expone a lo largo de su obra, conciente de que un candidato, digamos presidencial, al que se le ocurriera proponerlas cometería un suicidio político, pues ¿en qué cabeza cabe, por ejemplo, que la escolarización obligatoria reporta más perjuicio que beneficio y que, por tanto, hay que demolerla?

Illich parte de una detallada observación de la realidad mundial hacia los años sesenta y setenta del siglo pasado, que lo lleva a pensar que América Latina –y el Tercer Mundo en general– pueden seguir rutas alternativas a la mera imitación del modelo de producción industrial preconizado por las naciones ricas, Estados Unidos en primer lugar. En el subdesarrollo, el filósofo halla condiciones propicias para instaurar modelos igualitarios basados en lo que él llama convivencialidad, pues asevera que las dos terceras partes de la humanidad aún pueden evitar atravesar por la era industrial si eligen, desde ya, un modo de producción basado en un equilibrio
postindustrial.

Illich deja claro que la suya no es una utopía normativa ni ideológica, sino una búsqueda de opciones para reinstalar al hombre en su justa dimensión, en armonía con su medio y con sus habilidades intelectuales en plenitud. De ahí que sus ideas –su “radicalismo humanista”, como lo define Erich Fromm en la introducción a Alternativas– conserven intacto el brillo y la vigencia de cuando fueron maduradas. Baste atender a las razones de los altermundistas para notar que la mayoría de las preocupaciones de Illich continúan ocupando a sectores considerables de la sociedad mundial, aunque las soluciones exigidas y los mecanismos empleados por éstos difieran de los planteamientos sumamente creativos y persuasivos –que a veces se antojan absurdos– de aquél.

Alternativas, La sociedad desescolarizada, Energía y equidad, La convivencialidad y Némesis médica son los cinco libros que reúne este primer volumen, con el que el Fondo de Cultura Económica ha comenzado a publicar la Obra reunida de Iván Illich (1926-2002), revisada por Valentina Borremans y Javier Sicilia, oportunidad de oro para repensar las ideas –o para acercarse a ellas por vez primera– de este humanista que tanto tuvo que ver con México, cuando fundó y dirigió el Centro de Investigación Documental (Cidoc, 1961-1976) en Cuernavaca, plantel donde se llevaron a cabo seminarios y discusiones que, en gran medida, darían pie a estas obras del ex sacerdote de origen austriaco.

Para leer a Illich, lo primero es disponerse a recibir altas dosis de ideas subversivas que, para ser asimiladas, exigen echar por tierra soluciones establecidas. La recompensa vale la pena, pues el horizonte mental se amplía y el lector se dispone a considerar la viabilidad de un desarrollo físico, espiritual e intelectual del hombre distinto al desarrollo según las leyes de la industrialización. A través de las páginas de los títulos reunidos en este volumen, las alternativas de Illich van cobrando cada vez mayor fuerza y se van ramificando. Así, por ejemplo, en La covivencialidad aparecen, afinados y ampliados, conceptos planteados en los tres libros anteriores, como la advertencia acerca de las cinco amenazas del desarrollo industrial avanzado: el supercrecimiento desarraiga al hombre del medio con el cual ha evolucionado; la industrialización le resta autonomía de acción; la sobreprogramación disminuye su creatividad; el proceso limita su derecho a la palabra y, por tanto, a la política; y los procesos de producción masiva de valores de cambio, que quieren sustituir los valores de uso, marginan el recurso al antecedente: tradición, lenguaje, mito y ritual.

Las medidas que Illich brinda en estos cinco primeros libros –ciclo al cual, como informan Jean Robert y Valentina Borremans en el prefacio, el autor llamaba sus “panfletos”– van dirigidas a establecer un techo común de ciertas dimensiones técnicas, para que existan alternativas políticas, a través de las cuales se logre alcanzar un control estatal de la tecnología dirigida a los productos industriales, y un control de la influencia de los servicios profesionales a partir de una autolimitación voluntaria y comunitaria; y van también dirigidas esas medidas a contrarrestar el “imperativo tecnológico”, según el cual, si es posible viajar a velocidades supersónicas, todos debemos hacerlo a cualquier precio. ¿Cómo conseguir ese techo común? Estableciendo límites a la velocidad para garantizar una movilidad óptima de la mayoría; y acordando cuánto gasto público debe destinarse a la prolongación de la vida de un adulto; y decidiendo a qué métodos pedagógicos hay que renunciar para acceder a medios de autoformación y autoconocimiento.

En tan corto espacio no es posible dar cuenta de la bitácora de viaje intelectual en la que Iván Illich afinca sus sencillas alternativas técnicas, las cuales conllevan un trasfondo intangible que se cifra en un cambio de mentalidad total, en una inversión, un vuelco radical de la ciencia y la tecnología, para ser reorientadas a distintos modos de producción. En este nivel, es posible advertir reminiscencias evangélicas –la “locura de Cristo”: la esperanza– que exigen precisamente invertir el orden del mundo como la única salida que queda por intentar a fondo. La revolución, por tanto, nada tendría que ver con las armas sino con las herramientas.

Por rutas que hermanan ciertas reflexiones de Iván Illich y de Gabriel Zaid –la denuncia del “currículum oculto” de la escolaridad: no hay salvación, ni poder, fuera de la escuela, por ejemplo– la bicicleta se convierte en emblema del ritmo aconsejable para la humanidad. Según Illich, el hombre austero es aquel “que encuentra su alegría y su equilibrio en el empleo de la herramienta convivencial [aquella que utilizada por una persona integrada a la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas]”. Alegría y equilibrio se sienten manejando una bicicleta; ahí arriba, con el viento sobre la cara y los músculos y huesos bien temperados, otros verbos “convivenciales” sobrevienen: aprender sólo lo que me interesa y sin maestros profesionales sino con gente como uno; recuperar el arte de ser saludable, sufrir y morir sin legárselo a terceros; y hasta arreglárselas para leer en bicicleta, pues la velocidad no tiene por qué ser asombrosa, sino personal. ~

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