Ni historia ni teoría de la izquierda

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En su libro ensayo La búsqueda, Enrique Semo pretende hacer pasar una condena al político Cuauhtémoc Cárdenas, mientras le hace un guiño a su jefe Andrés Manuel López Obrador (“en todo comienzo hay una esperanza”), como si se tratara de un estudio científico y académico. Pretende disfrazar una polémica sorda sobre la política contemporánea de la izquierda electoral como si fuera un ensayo de historia. El resultado es especialmente pobre, sin embargo, si se toma en cuenta que, como Semo mismo confiesa, trabajó en el libro cerca de veinte años.
     Como todo político, Enrique Semo tiene el derecho de alinearse con el bando de su preferencia en una competencia por el poder (o una candidatura), pero en su calidad de historiador —que ha ocupado una cátedra durante varias décadas en la Facultad de Economía, y ha sido profesor invitado en las universidades de Nuevo México y Chicago— uno esperaría un tanto más. Para quien esté interesado en conocer la naturaleza de la política mexicana en el siglo XXI, por un lado, y las perspectivas de las fuerzas progresistas en la lucha actual, su tesis histórica es particularmente grave, por simplista.
     Debe reconocérsele al menos a Semo que, desde el inicio, presenta el marco conceptual en el que busca ubicar su polémica con el cardenismo y el neocardenismo. En el primer enunciado del texto dice que “dos grandes corrientes ideológicas se disputan hoy la escena política mexicana: el neoliberalismo y el neopopulismo”. De este modo, se coloca (para mantenerse ahí durante todo su discurso) en la esfera de las ideas, no de la política real o de la historia material. Éste es el recurso metodológico que le permite adelantar a lo largo del texto condenas y conclusiones con gran ligereza —pues no tiene que confrontarlas con la historia concreta. La historia se convierte así en un conjunto multifacético de hechos que pueden ser seleccionados más o menos discrecionalmente, si así conviene al argumento o a la tesis que se busca sustentar e imponer.
     Al reducir la lucha política a la lucha entre el “neoliberalismo” y el “neopopulismo” —dos conceptos imprecisos y, en apariencia, absolutamente contrarios—, Enrique Semo sólo recurre al antiquísimo método, común en la teología y en la filosofía, de establecer una dicotomía básica que encaja bien en la forma común de concebir los conflictos. Es un intento sincero y a la vez ingenuo de introducir la dialéctica hegeliana, aunque sólo sea a posteriori, para justificar el punto preciso al que quiere conducir al lector. Semo propone así que: “El cambio vendrá paulatinamente, fruto de una política tenaz y persistente de democratización.” Ésa es la síntesis que resuelve todo en su opinión.
     Y la misma crítica que Marx le enfiló a Hegel, por el carácter especulativo de su filosofía y su idealismo (contrario al materialismo marxista), se aplica al método de Semo. Su recorrido por la historia de la izquierda (capítulos 2 y 3) es, en cuanto método, a lo más una sociología no empírica en la que los acontecimientos históricos se ubican para “demostrar” la doble tesis, definida de antemano, sobre la bipolaridad simplista entre neoliberalismo y neopopulismo, y la supuesta equivalencia entre neopopulismo y neocardenismo.
     Por ello, a Enrique Semo le basta imponerle a Cuauhtémoc Cárdenas algunos adjetivos y juicios históricos para concluir que su influencia “hundió [a la izquierda] en un pragmatismo del cual tardará mucho en salir. […] [Y, más aún, que] los resultados para los movimientos populares y un proyecto de partido de izquierda moderno han sido muy negativos”. Esto lo dice Semo a pesar de que sabe que la izquierda representa hoy en día alrededor del veinte por ciento del voto, en comparación con la presencia marginal de los partidos comunistas y socialistas en el escenario electoral antes de 1988. Y no obstante que el Partido de la Revolución Democrática (PRD) gobierna en la capital del país y en otras cuatro entidades. Pero todo esto es, en realidad, un asunto secundario en relación con las pretensiones argumentativas de Semo. Su propósito es equiparar a Cárdenas con el neopopulismo y declarar a éste tan nefasto como lo que sería supuestamente su opuesto extremo, el neoliberalismo: “De triunfar el neocardenismo en la izquierda,” sentencia el historiador Semo, “el país sólo tendrá dos opciones: una derecha de orientación neoliberal, proestadunidense y partidaria del dominio del mercado en todos los ámbitos de la vida, y un populismo priísta o de izquierda con añoranza del viejo Estado benefactor clientelar.” ¡Cuántas interpretaciones históricas y caracterizaciones políticas sin sustento o confirmación empírica!
     Los hechos de la historia (muy reducidos en número a lo largo de todo el libro) son presentados por Semo cubiertos por sus prejuicios ideológicos y posiciones políticas personales. Por ello le bastan apenas cinco páginas y media para pretender explicar y enjuiciar a Lázaro Cárdenas y al cardenismo, y otras magras seis páginas para analizar la biografía política de Cuauhtémoc Cárdenas. A las conclusiones (obvias desde el inicio del libro) no siente la obligación intelectual, por lo tanto, de dedicarle más de cuatro páginas y media. Como libro de historia ofrece entonces mucho menos que las propias referencias bibliográficas que cita, ya sea sobre la historia del PRD (véase a Katlheen Bruhn, Taking on Goliat), la historia de los partidos de izquierda anteriores, principalmente el Partido Comunista Mexicano (véase a Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo xx) o del contexto más amplio de la izquierda latinoamericana (véase a Jorge G. Castañeda, La utopía desarmada).
     Como libro de teoría es apenas una caricatura de los procesos, los movimientos y las organizaciones de la izquierda en estas últimas dos décadas. No puede ni siquiera mencionarse junto con un libro como el clásico Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui. No hace ninguna aportación real o profunda que le permita a la izquierda mexicana descifrar la compleja realidad económica, política y cultural que le impone restricciones y le crea grandes desafíos para avanzar. (A lo más aparece como una sencilla guía para elegir candidato en la próxima campaña presidencial.) Mejor en ese caso, una reflexión honesta y objetiva sobre el lugar de la nueva izquierda como la que intenta en España Jordi Sevilla en De nuevo socialismo, donde ofrece asideros en valores fundamentales para la acción política democrática y progresista.
     Con su propuesta, Enrique Semo pretende dejar atrás un pasado de oscuridad y estancamiento, para caminar hacia un futuro lleno de esperanza y progreso. No juzga necesario describir dicho futuro ni la forma de alcanzarlo, excepto para recetar unos cuantos párrafos llenos de idealismo y sentimentalismo sobre La Esperanza: “La esperanza es enemiga del miedo y la resignación y elimina sus corrosivos efectos. Amplía a la persona y la proyecta hacia adelante mientras que la resignación la limita y la empequeñece. La esperanza, que produce la seguridad en la capacidad de la persona de influir en la historia, forja ‘hombres que participan activamente en el devenir del cual ellos mismos forman parte’; la resignación, en cambio, los transforma en juguete pasivo e inerte de ese devenir. Una visión que no se limita a la contemplación y la interpretación exige como punto de partida el pathos (pasión) del cambio. No se puede pasar de una actitud defensiva de supervivencia a la acción transformadora sin reconstruir la esperanza.” Quizás una buena recomendación viniendo de un psicólogo, pero no necesariamente muy útil para la lucha política en un México determinado por la división de clases, la competencia en la economía globalizada, y la subsistencia de instituciones autoritarias.
     Pero es que el mundo de Enrique Semo es, precisamente, el mundo de la política cultural o, más bien, de la política en y desde la cultura. Por eso se puede atrever a decir que “la izquierda mexicana flota en el aire. Carente de raíces y de utopías…” En su análisis, el espacio dominante se eleva por encima de lo terrenal, lo material, lo concreto: “Es una esperanza que no es metafísica pese a que nace de los sueños…”
     Por ello, un concepto vago y etéreo, cuasi religioso como la “esperanza”, adquiere un lugar preponderante en su pretendido análisis de la historia reciente de la izquierda mexicana. Semo mismo se sabe en un terreno muy fangoso y frágil, e introduce el concepto singular de “utopía concreta” (sic) para oponerlo al de “utopía abstracta”. Y aventura que dicha utopía concreta es la que “surge no de principios inventados que ignoran las condiciones reales y el movimiento histórico, sino la que se sumerge en ellos, tratando de preservar una cuota de lo imprevisible…” ¡Vaya malabar intelectual! O, se podría decir mejor que, a confesión de parte, relevo de pruebas.
     Y es así como, al juzgar al cardenismo-neocardenismo, se impone una categorización ideal, predeterminada y prejuiciosa que poco tiene que ver (o pretende tener) con la realidad política específica por la que ha avanzado el PRD o Cuauhtémoc Cárdenas. Como Semo no pretende hacer historia, su teoría define la historia que quiere contar, y su teoría a su vez es, a lo más, ideología y, más probablemente, simple preferencia política. Todo el texto se puede reducir a la siguiente conclusión, que Semo quiere dejarnos: si el cardenismo-neocardenismo representó el alma del movimiento de izquierda entre 1988 y el 2000, ya dejó de representar una esperanza para el avance continuo de esa izquierda. Para Semo, la esperanza tiene que hallarse en otro sitio —o líder político. Mejor que lo dijera abiertamente en el próximo Consejo de su partido. ~

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