Pienso, luego existes

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El diálogo mantenido —vía Internet— entre Fernando Savater y José Luis Pardo, ameno, cruzado de algunas confesiones sesgadas, nos confirma lo que los siempre renovados diálogos platónicos sabían: que pensar es, como dijo Machado por boca de Mairena, afirmar al vecino. Karl Jaspers añadió que nadie piensa solo, frase realmente bella. La representación del diálogo no es, pues, sino una forma didáctica de mostrar que tampoco cuando pensamos a solas (una sola cabeza, por decirlo muy gráficamente) podríamos hacerlo si no nos asistiera la alteridad, si no fuera lenguaje a la búsqueda de reformularse, interrogarse, desplegarse y, así, desplegar una nueva realidad. Si la materia del pensamiento es la lengua, todo pensamiento es social. Quien piensa camina entre los hombres, se sienta a la mesa, refuta al desconocido, acude al ágora.
     Estas “palabras cruzadas” tienen por remitentes a dos pensadores de formación muy distinta: Pardo se ha centrado en temas afines a cierta herencia heideggeriana (Levinas, Deleuze, Derrida), aunque cada vez más desprendido de una meditación sin referentes; de hecho aquí afirma que toda expresión lo es respecto a algo. Savater, de carrera más larga, ha tenido siempre a los pensadores ilustrados como maestros, con una renuencia casi visceral a la metafísica, que lo acerca al empirismo británico. No es casualidad sino mera coherencia que sus preocupaciones filosóficas tengan como campo más recurrente la ética y la pedagogía, sin que estas disciplinas (que oscilan entre lo que puedo y lo que debo), a las que ha dedicado claros y valientes ensayos, le impidan meditar sobre aspectos más teóricos. Dicho sea de paso: nunca se dará suficiente importancia a la pedagogía, y es muy poca la que se le otorga actualmente. Todo educador sabe que la realidad en buena medida se inventa y no es cuestión de dejarla en manos de cualquiera.
     El autor de El valor de educar habla aquí de la filosofía como una educación ininterrumpida, es decir: no deberíamos dar por acabada nuestra formación como individuos insertos en una comunidad y tampoco deberíamos cesar en la duda que moviliza nuestra búsqueda. Savater es un pensador realista y razonable en lucha siempre con una realidad poco dada a la razón y que, en muchos casos, parece entregada a expulsar a todo el que razona, es decir, al que afirma no ya al vecino sino al extranjero. Es el caso de sus trabajos sobre el nacionalismo excluyente, cuya expresión máxima la encontramos, en el caso de España, en ETA y sus poco simpáticos simpatizantes. Este diálogo —invitación a la filosofía, como reza el subtítulo— afirma al pensamiento filosófico como búsqueda, como suscitador de inquietudes, no como centón de sosegadoras respuestas. Pensar no es una tarea que otorgue sentido sino que es, afirma Savater con frase cara a Octavio Paz, búsqueda de sentido. Por eso la adolescencia es la edad filosófica por naturaleza, aunque bien es verdad que la mayoría acaba dándose rápidas respuestas con el fin de matar al filósofo que todos llevamos dentro, entronando en cambio al maestrillo, laico o religioso: “las preguntas de la vida”, cuyo foro es el diálogo y la búsqueda, resueltas en las respuestas del que ha clausurado su posibilidad de ser.
     Nunca agradeceremos bastante que un pensador trate de ser claro. No es, como algunos creen, un ejercicio de condescendencia con el indocto sino una exigencia para consigo mismo. Complejidad y confusión no son lo mismo, y muchos pasan por oscuros y profundos cuando sólo son embaucadores. Dicho esto, no quiero dejar de decir que José Luis Pardo, que es un pensador dubitativo y bien intencionado, debería aprender de su corresponsal internauta en esto de la claridad, o si no, de los maestros de Savater en este asunto: Schopenhauer, Nietzsche, Cioran, Borges, Alfonso Reyes, Paz, Santayana. Aliviado, pasemos a unos ejemplos de claridad. Dice Savater: “Civilizarse es aprender los dones no sectarios de la ciudadanía”, aplicable tanto a la barbarie del nacionalismo tanático como a todo individualismo que da en creer que es hijo de su omnipotencia masturbatoria. Con otras palabras (y otra cosa): “ser asocial equivaldría a ser radicalmente insignificante y eso ningún humano lo puede ser jamás”, con frase en la que se vislumbra a Wittgenstein bien entendido. Más: “Todas las metafísicas que conozco me parecen exageraciones de la búsqueda del sentido para relevar al dador por excelencia de sentido, el ausente Dios monoteísta”; también podría decirse que toda metafísica es una exageración. Y puesto que ha surgido la metafísica, es decir su ausencia en el caso de Savater, tengo que hacer alusión al final de este diálogo en el que afirma que el problema de toda filosofía “es que resulta aterradora” porque todo el que piensa lo hace desde una realidad que se sabe mortal, alguien “rodeado por la injusticia de los hombres y las intemperancias de la naturaleza, que va perdiendo cuanto ama en el torbellino del tiempo”. ¿Cómo se puede soportar?, se pregunta Fernando Savater. Dejémoslo aquí no sin antes responder que se soporta, en parte, gracias a frases como esta misma. ~