Anábasis maqueta, de Carla Faesler

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Carla Faesler publicó, a finales de 2003, Anábasis maqueta. Es un libro construido con el rigor de los periodos acentuales fijos, con una clara idea de unidad del conjunto de los poemas, ordenados en cinco secciones, con un sentido muy bien definido de hacer de cada poema una narración cuyo centro es la imagen. A más de un lector Anábasis maqueta lo desconcierta, porque la poeta se coloca en la frontera entre verso y prosa; tanto evoca y sugiere como cuenta de forma directa. Y Faesler lo hace sin entrar en conflicto, porque no se propone emancipar el verso de su condicionante abstracta y su sensualidad melódica, ni busca sutilizar la prosa. Además de que lo que en algunos poemas cuenta no se pude tomar de forma literal, pues no refiere a experiencias sino a un imaginario de acciones verosímiles: lo que sugiere no remite a valores esenciales, como lo puede ser el concepto de la verdad de un hecho contemplado en la intensidad de un instante.
     Su facilidad para contar y concebir el poema como acción le viene de observar, supongo, en las artes plásticas o visuales contemporáneas, las cualidades del performance. Es decir: no una representación sino el acto de presentar actos, momentos que se quedan grabados en la mente como imágenes. Faesler sabe muy bien ausentarse de su persona para darle paso a los personajes en situaciones propias de nuestro tiempo y, sin miedo al feísmo, ha logrado poemas de humor macabro, ironía sangrienta o crítica a la industria de la feminidad frívola. Es una poeta que rompe con la estética prevaleciente, la de hacer del cuerpo de la mujer un argumento, o de forma sutil ironiza las miradas sobre la infancia vista como un espacio donde la fábula se concibe semejante a un almacén de símbolos, que por el simple hecho de ser nombrados garantizan un ser inmaculado. En su poema “La casa del investigador”, describe cómo las partes de cuerpos descuartizados conforman la decoración de un departamento que, lejos de invitar a la intimidad o estremecer a su visitante, lo horroriza.

Había en el florero un ramillete
      de brazos.
     […]
     Varias nalgas servían de cojines en los amplios sillones de la sala.
     […]
     Como adorno en el baño,
     ojos de mil colores bajo el agua,
     un bibelot de cristal cortado.

Faesler describe, enumera y sitúa los contenidos de su poema sin juicio de valor alguno, sin moralina ni sentencia, porque el poema para Faesler no es una representación del mundo sino una realidad paralela, donde el conocimiento del mundo es conocimiento del poema y no al revés. Faesler va hacia sí misma, sin buscar imagen y semejanza en sus fantasías porque, alejado o desprendido del mundo exterior, el poema es un trance pasajero incapaz de discurrir sobre lo real, y su única función, si acaso, es aparecer como un contraste.
     Que un poema sea contraste, antes que reflejo, me parece un riesgo inteligente, no cerebral. Quiero decir: un poema cerebral es frío, deja de lado el sentido (lo que sucede) para que el concepto se presente de forma estática; en cambio un poema inteligente, que no deja de recurrir a su naturaleza lírica, pero que no busca expresar las nupcias entre el corazón y el pensamiento, nos propone una perspectiva sobre alguna idea desde un tono despersonalizado, digamos, objetivo, sin que esto demerite la subjetividad de la expresión poética.
     En “La casa del investigador”, la poeta recurre a la estética del thriller, pero lo hace con humor, con una actitud lúdica que recuerda cómo la poesía, al igual que las otras expresiones estéticas, se enfrenta a la radicalización de su presencia en el mundo actual, que nace con la modernidad, donde todo es especialización. Su radicalismo está en presentarse a sí misma, a través de los poemas de su autoría, como una persona o personaje descreído de arquetipos intimistas. Es esta razón por lo que, en una primera lectura, sus poemas pueden confundir al lector, que está acostumbrado a la marea de la abstracción y el personalismo de la poesía mayoritaria escrita desde finales del siglo XIX. Es una apuesta original, es decir, que se ve, se siente y se piensa como algo que se ha originado en Carla Faesler; que no ha sido una imposición, sino que pone de manifiesto una inquietud expresiva, una necesidad de hacer que lo expresado responda a una exigencia de rigor; de ahí sus cuidados métricos, su melodía seca y directa.
     Con humor e ironía, sin que por ello escriba antipoemas, Faesler toma distancia del poema y lo detalla. No es nueva su actitud, pues saber reír en poesía, gustar de abordar temas con sarcasmo y humor corrosivo, nos es familiar. Lo nuevo está en los asuntos que trata, las perspectivas que traza su forma de mirar, ya sea algo que ocurre (como ocurrencia) o algo que se piensa o imagina. Con todo, pienso que, a pesar del rigor con que trabaja sus poemas y el proceso que plantea en su conjunto, Anábasis maqueta es desigual. Hay poemas, como el ya citado, o “Ser original” y “Güera Miss Clairol“, entre otros, que logran quedarse en la mente del lector; no así algunos en los que se diluye lo que más le interesa a Faesler expresar: “la gran verdad / del trance natural que nos rodea.” Este trance está lejos de plantearse como lo inefable: más bien describe con realismo el inconsciente, en tanto que la imaginación mantiene una relación viva con el mundo que la alimenta y provoca. –