Siri Hustvedt: El cuerpo del yo

Los espejismos de la certeza. Reflexiones sobre la relación entre el cuerpo y la mente. Traducción de Aurora Echevarría

Siri Hustvedt

Seix Barral

Barcelona, , 2021, 394 pp.

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La relación entre el cuerpo y la mente es muy antigua, aunque no siempre se ha formulado del mismo modo. Desde el comienzo de la historia del pensamiento occidental ha habido disyunción y a veces una cierta conjunción que no tardó en desaparecer hasta la modernidad, donde nos encontramos las dos viejas opciones y algunas variantes. Para Heráclito no parece haber conflicto entre cuerpo y alma, y para Sócrates es la sede de las facultades racionales humanas. En Demócrito, como cabría esperar, la psykhé está concebida en términos materiales (compuesta de átomos). La narradora y ensayista norteamericana Siri Hustvedt se ha centrado en su investigación sobre todo en la modernidad científica y en la fenomenología, aunque en su obra hace incursiones en algunos filósofos como Descartes, Thomas Hobbes y otros con el fin de dar perspectiva a esta problemática peliaguda que considero que es central a la hora de conocernos (tarea titánica porque sujeto y objeto son, en parte, el mismo) y cuyas posturas expresan en gran medida nuestra visión del mundo. La noción cuerpo/mente a su vez está relacionada con un tema candente de nuestro tiempo: la inteligencia artificial. Trataré de sintetizar sus pesquisas, apuestas y reservas.

Margaret Cavendish (s. XVII), que conoció a Descartes y Hobbes, y autora de numerosos libros ignorados, se preguntó de qué están hechos los seres humanos. Esta pensadora profesó una suerte de panpsiquismo, y por lo tanto no consideró que el hombre tuviera el monopolio del sentido y la razón. Por lo tanto se oponía al autor del Discurso del método y su visión maquinista del mundo animal. También la princesa Isabel de Bohemia, culta y políglota, se preocupó por este tema y se carteó con Descartes, al que le planteó la pregunta de cómo era posible que la mente (no extensa) influyera en lo material. Claro que preguntar, aunque es crucial saber hacerlo, es más fácil que contestar.

Pero si queremos saber si la mente es material, si todo está, como se suele decir y decimos con grosera precipitación, en los genes, o por el contrario la mente tiene una realidad distinta, habrá que recurrir, además de a la filosofía, a las ciencias. Hustvedt nos introduce en una polémica del siglo XX que sigue aún dando que pensar consistente en si en el saber científico hay creencias (Kuhn y Whitehead) o si su epistemología se lo impide a través de la noción da falsabilidad (Popper): las leyes o constantes comprobadas son ciertas mientras no se demuestre lo contrario. Nuestra autora recurre a una amplia bibliografía para adentrarse en este tema, vinculada sobre todo a la biología molecular y las teorías cognitivas. Paso a paso nos muestra cómo se ha extendido el error de que los genes pueden codificar directamente estructuras complejas, aunque muchas veces olvida decirnos que no son cada vez menos los investigadores que defienden esta postura, si bien sigue siendo un recurso tozudo en los divulgadores y en el uso periodístico.

El problema de la ciencia de la mente es que, como ella misma dice, “cada cerebro, como cada nariz y cada persona, es distinto”. ¿Entonces? La ciencia ha de encontrar lo común en lo diverso, y esto, concluyo, supone una inevitable reducción que elimina el factor central: cada cerebro, cada persona, es único. Los partidarios de “todo está en los genes” suponen un locacionismo cerebral para cada actividad mental, y Hustvedt desmonta este supuesto apoyándose en autores solventes que han mostrado la enorme plasticidad del cerebro, algo en lo que Oliver Sacks insistió casi desde el comienzo de su carrera como neurólogo. Para desmontar este supuesto mecanicista y determinista, critica la noción de información, una de las más ambiguas del siglo XX y que se ha utilizado con miles de significados y a veces con uno solo, machaconamente dogmático.

La relación entre el gen y su expresión no es la mera dialéctica entre emisor y receptor y el vínculo entre genotipo y fenotipo no es directo. Los sentimientos y pensamientos se dan en un cuerpo y una experiencia personal. Se trata de algo que ya estudiaron Husserl y Merleau-Ponty. Hay circunstancias, internas y externas (entorno), y esto, aunque nuestra autora no lo cita nunca, lo pensó con profundidad Ortega y Gasset (el gran filósofo que los ergóticos desprecian con una pedantería que los delata). Los que suponen que todo está en la información prescinden del cuerpo y creen que un robot puede ser, en un futuro, como nosotros, algo que Siri desmontan con habilidad y sentido común, como ya hizo hace muchos años Octavio Paz en pocas páginas al discutir estos mismos temas.

Sabemos algo: es un hecho que los estados mentales influyen en la materia (y al revés). El efecto placebo lo muestra, por poner un solo ejemplo. La sugestión es poderosa. Y también que la materia (nuestros estados biológicos, químicos) influye en nuestros sentimientos y pensamientos, pero no sabemos cómo la cultura se trasforma en biología y esta en cultura… La pregunta de Siri es pertinente y para responderla quizás haya que recurrir al concepto de complementariedad, desarrollado con saber científico y filosófico por Michael S. Gazzaniga en El instinto de la conciencia, cuyas ideas no tiene nuestra autora en cuenta, y sin embargo nos parece que suponen una verdadera aportación. Su idea se sintetiza en la idea de que la conciencia es inherente a todo el cerebro. Saber cómo las neuronas interactúan con el lado simbólico (lo que llamamos mente) “solo se logrará, afirma Gazzaniga, mediante el lenguaje de la complementariedad”. Las leyes causales objetivas y las apreciaciones y mediciones subjetivas se darían la mano porque la realidad no está conformada por dos procesos distintos, de ahí la necesidad de la complementariedad en la aproximación teórica.

Volvamos a Hustvedt y a la idea de la mente como una computadora neuronal. Es fácil ver que si inventamos un cerebro electrónico lo haremos teniendo en cuenta algo de los modos de proceder de nuestro cerebro y por lo tanto lo veamos como semejante, pero el nuestro no está hecho de piezas sino que es orgánico, dúctil, holístico, plástico, y crece y desarrolla sus funciones y contenidos en relación a la experiencia propia, el ecosistema y a la conciencia de sí. Las neuronas no se activan como dígitos binarios, además de que, como afirma el filósofo John Searle, recordado por la autora, “los estados computacionales no se descubren dentro de la física, se asignan a la física”. En nuestro cerebro ha jugado y juega mucho la selección natural, aunque nuestra mente –afirma Hustvedt– no pueda explicarse por dicha selección, porque opera en el terreno de la cultura. El lenguaje mismo, sostiene con pertinencia, no es un código incorpóreo que las máquinas pueden procesar fácilmente. Las palabras están dentro de nosotros y en el mundo exterior”, lo cual supone sociedad e indeterminación, remato. Lo que nuestra autora está rondando es algo que algunos filósofos, con conclusiones y planteamientos distintos, se han planteado, como Daniel Dennett, determinista, o Thomas Nagel, que creen en una libertad inherente a nuestra condición, algo que también piensan científicos como António Damasio o Francisco J. Ayala.

Siri Hustvedt se inclina –frente a una teoría computacional, que la haría mecánica– a entender de manera dinámica nuestra mente en un cuerpo, en un individuo, con experiencia social e inserta en un ecosistema. Detecta en los que hacen de la mente un sistema mecánico el viejo horror gnóstico ante el cuerpo, exacerbación del platonismo, aunque en Platón hay una escala del ser, y por lo tanto todos los pasos (sentidos) son necesarios. Defiende –como en otros escritos suyos– la versión de la fenomenología de Merleau-Ponty. Reivindica que para formular adecuadamente una noción de la mente es necesario, como hicieron Vico y la señora Cavendish, tener en cuenta la imaginación y las emociones como atributos esenciales (algo que también, añado, reivindicaron Spinoza, Hume y, herederos de ambos, Damasio).

El libro de Hustvedt es rico en digresiones y sugerencias que no puedo recoger en esta síntesis e invitación a su lectura, pero sí quiero señalar que trata de mostrar que hay muchos aspectos del pensamiento filosófico y científico que se dan como dogmas cuando deberían leerse con algún escepticismo, al fin y al cabo, ninguna de las leyes de la física, salvo tal vez los principios generales de la cuántica, son –escribió el premio Nobel Steven Weinberg- es exacta. Ya Plinio decía, y repetía Montaigne, que la única certeza es la incertidumbre, y Hustvedt nos recuerda que “es la duda bien formulada [yo diría, bien informada] la que siempre acaba derribando los espejismos de la certeza”. Aunque lo que nuestra autora busca, como todos los filósofos y científicos el mundo, es la certeza.

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