Pringados, pardillos y pagafantas de la era digital

Los cuentos de ‘Rechazo’, de Tony Tulathimutte, son piezas largas, en las que nada se despacha sin que se haya exprimido su potencial.
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Rechazo es el segundo libro de Tony Tulathimutte (Springfield, Massachusetts, 1983), después de Ciudadanos particulares (Alba, 2016); entretanto, Tulathimutte ha publicado cuentos en revistas, como el que abre Rechazo, “El feminista”, que se publicó en n+1 en 2019 y se convirtió en la pieza más leída de la web de la revista. “El feminista” puede resumirse –y simplificarse– como el nacimiento de un incel: un joven autopercibido como estrecho de hombros sufre una y otra vez rechazos de mujeres; él, declarado feminista y entregado a la causa, ve como ellas (todas las ellas a las que se acerca) eligen a otros (generalmente, otros mucho menos comprometidos con el consentimiento que él) y él, cuyos hombros siguen siendo igual de estrechos, se hincha en cambio de resentimiento. El feminista es una especie de don Quijote, cuyo seso ha sido secado no por los libros de caballerías, sino por los estudios de género, y no comprende por qué no tiene la recompensa que quiere.

“Fotos” sigue a Allison, también con un largo historial de rechazos y cuya esperanza de encontrar el amor con su mejor amigo se diluye pronto, aunque a ella le cuesta aceptarlo. Kant es el protagonista de “Ahegao o Balada de la represión sexual” –¿con guiño a Nan Goldin en el título?–. En su caso, el rechazo está sobre todo en su cabeza, pero para él es absolutamente real: carga con un historial de palizas y humillaciones en la adolescencia que le impide desarrollar una vida sexual saludable, así que, básicamente, juega a videojuegos y se masturba; también trabaja como programador. “Nuestro superfuturo” es una distopía íntima, resultado de llevar a la práctica eso de convertir la pareja en un equipo, en el que uno saca lo mejor del otro (uno de los méritos del libro es que muestra la ridiculez en que resulta la invasión de las relaciones personales por el lenguaje de las empresas). “El personaje clave” cuenta la historia de Bee, hermana de Kant, protagonista del tercer relato, con todo el misterio que la rodea y que propicia diversas teorías sobre si hay una persona real detrás, si es la invención de un autor y otras hipótesis que la virtualidad de todo el asunto permiten. “Dieciséis metáforas” es un juego metaliterario y autorreferencial: plantea, siguiendo obedientemente el título, dieciséis metáforas del rechazo. Por último, “Re: Rechazo” inventa una carta de negativa de un editor a publicar el libro que acabamos de leer; es un modo de anticiparse a las críticas y de espantar lecturas simplistas, pero el cuento va mucho más allá de esa especie de protección del que se ríe primero de sí mismo, porque es, como todo el libro, excesivo y extremo, va con todo.

Hay algunas conexiones entre los cuentos: el feminista de hombros estrechos y Allison se conocen en el instituto y, ya adultos, se reencuentran y pasan una noche juntos, bochornosa para ambos, que se cuenta desde el punto de vista de él en “El feminista” y desde el de ella en “Fotos”. Nos encontramos con Allison nuevamente en “Nuestro superfuturo”, y Bee es una de las amigas del feminista del primer relato. Además de personajes que pasan de un cuento a otro o reaparecen aquí y allá, todos los cuentos, que componen un muestrario de tipos de rechazo, orbitan en torno al tema de las relaciones sexuales, afectivas o de amistad, y más: es el lugar del individuo frente a la sociedad lo que analizan estos cuentos, y para eso es necesario no solo que esos individuos extremos, en este caso, torpes, reprimidos, con mala suerte, patologizados incluso, actúen, sino que lo hagan en un contexto. Es decir, Tulathimutte no solo construye a esos seres, sino que dibuja también la sociedad en la que crecen, la nuestra.

Salvo “Dieciséis metáforas”, los cuentos de Rechazo son piezas largas, en las que nada se despacha sin que se haya exprimido su potencial. A pesar de que son tragedias íntimas, en algunos casos con consecuencias para la comunidad, el tono es más bien divertido, la risa a veces viene de lo excesivo del personaje (por ejemplo, en la detalladísima fantasía sexual que Kant escribe para que sea filmada, el presupuesto alcanza los 8.000 dólares), a veces de lo absurdo de las situaciones y de la estupidez colectiva. En “El personaje clave”, a través de un acalorado debate en la residencia universitaria autogestionada a la que acude Bee, aparece la discusión de la identidad y las etiquetas: “Yo detesto que juzguen mi vida como el resultado de fuerzas genéricas”, dice Bee cuando se resiste a etiquetarse como “asiática”, por mucho que sus padres sean tailandeses. “Siempre era así con los progresistas blancos: la angustia que su privilegio les causaba se traducía en ostentosas actitudes solícitas; o bien en morderse inútilmente el labio por haber ofendido a alguien; o bien en agresivas confrontaciones en nombre de terceros ausentes”, se queja Bee. Y más rotundamente: “Lo fastidioso de estar en desacuerdo con progresistas es que tienden a asumir que tú estás o a la derecha de ellos o mal informado y urgentemente necesitado de instrucción.” La historia de Bee es la historia de un linchamiento en redes, casi su definición: “es un sacrificio ritual: los males colectivos concentrados –y purgados– en un único pecador ejemplarizante”, explica. Bee es ácida y siempre tiene una salida inesperada: “¿A lo mejor das por hecho que soy el tipo de persona fracasada que solo tiene amigos en la red? Pues te equivocas: no tengo amigos de ninguna clase.” Pasa con varios personajes del libro: no terminas de empatizar con ellos, pero tampoco quieres que les vaya mal, y eso, supongo, ocurre porque son complejos y porque Tony Tulathimutte los ha construido esforzándose en detallar los grises.

Rechazo es un libro apabullante, en el buen sentido, aunque se disfruta con ligereza, no hay lecciones morales, hay un esfuerzo en el estilo y en llevar las propuestas hasta el final. ~


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