Viena roja, de Tryno Maldonado

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El camino de Friedl Aichinger, la protagonista de la novela Viena roja, de Tryno Maldonado (Zacatecas, 1977), parece un martirologio sin objetivo trascendente. Es violinista profesional por pura supervivencia: el magisterio de su instrumento fue la única luz durante un encierro al que se vio sometida por actos inadecuados en los albores de su adolescencia; a partir de entonces ha sido desdichada en lo emprendido a lo largo de toda su vida: su infancia, el primer matrimonio y el segundo. Además queda inválida al meter el brazo para proteger a un hombre en silla de ruedas durante una refriega policiaca.
     La novela sucede en los tardíos años veinte austriacos: la ciudad se conmociona tras la matanza del 15 de julio de 1927, fruto del conflicto de la sociedad dividida tras la caída del Imperio Astrohúngaro, y Friedl vive en el compás exasperante de la alianza en decadencia con su segundo esposo, Harald Forkel (nombre ya aparecido en “Stradivarius”, un cuento de Maldonado), crítico de música que se pierde en los caminos ásperos y estrepitosos de la cocaína.
     Las cartas de Friedl a su maestro y mentor, Arnold Shönberg, integran el cuerpo de la novela. Paradójicamente, el destinatario parece no estar contemplado en la escritura ni en el ritmo de la confesión; las preguntas de confirmación, los guiños y los puntos de toque —propios del género epistolar— no aparecen aquí. Friedl monologa y las recuperaciones de lo dicho, o lo que no aparece referido entre los interlocutores (llamadas telefónicas, telegramas, visitas, etcétera), tienen lugar de manera poco graciosa, como si se tratara de una costura con hilos gruesos. La misma impresión queda tras leer las páginas en las que ella da información a Shönberg sobre la situación social en Viena, donde se asoma la intención de relacionar el estado anímico del personaje con el acontecer del momento. La edificación del contexto muestra a Maldonado como un autor metódico, quien se dedicó a la credibilidad de lo narrado, nombrando personajes emblemáticos como Mahler o los Wittgenstein, además de las lecturas de la propia Friedl —títulos de Julio Verne o James Joyce; sin embargo, el giro hacia lo verosímil es incompleto, pues el anima del personaje se subyuga ante la información y no ante sus propios pálpitos.
     El esqueleto de la novela se desnuda conforme avanza la lectura: la protagonista es infiel y el hecho no la inquieta; su soliloquio continúa sin trocarse en un diálogo verdadero. Habla consigo misma, se aturde, y el alcance narrativo se diluye entre el dramatismo y el lagrimón. No veremos lo que siente Friedl, sino lo que el narrador quiere decir que siente.
     A pesar de lo referido, el lector de Viena roja puede sentir fascinación por las primeras páginas, en las que la tensión en la voz del personaje es acertada, invita a que la sigan y seduce por un cautivador tono confesional. El encanto se pierde conforme se acumulan las desgracias: el punto de quiebre de lo fatídico llega con la rotura del antebrazo durante una manifestación a la que el personaje ni siquiera había planeado asistir. Los ojos redondos que nos quedan al leer este pasaje de transpiración épica bien pueden deberse al facilismo de lo terrible, pero también representan un logro técnico: el autor coloca el punto de vista de la narradora en el centro de los hechos y revela, así, el comienzo de una escritura perspicaz.
     La sacudida del lector continúa cuando Friedl, de vuelta en casa tras un periodo de hospitalización, se enfrenta a la inutilildad de su brazo de violinista. El ultraje físico es, entonces, el medio para conmover al lector. En cambio, en las líneas de sus cartas, queda lejos el estremecimiento de la psique o del alma del personaje, como si le faltara brío o redondez. Cuando el narrador procura dejar ver lo abstracto en la mente de Friedl, recurre a lugares comunes: “Deberíamos tener siempre claro que la violencia no es un fenómeno natural, sino una aberración que deforma al ser humano y que no hace sino devolverlo a un estado primitivo. Una vida libre de violencia es una puerta abierta a una visión del mundo más amplia y llena de posibilidades.”
     Las lamentaciones de Friedl van aumentando de tono carta con carta y, de manera proporcional, se estrechan las posibilidades significativas de su historia. El personaje parece ideado como una dama ultrajada, y en sus diálogos se percibe el dejo de una heroína de novela rosa, buena y victimizada. Cuando se da cuenta de que su alumna es amante de su marido, dice: “¿Por eso su paulatino cambio de actitud hacia mí? […] ¡Claro! Pasé de ser su mentora a ser su enemiga!” Y, cerca del final, en la última carta a Shönberg: “Pero se vale hacer lo contrario y presumirse tan digna como la que más. Se vale rendirse ante la inercia y no por eso ser menos digna.” Sus intuiciones parecen ingenuas y le restan cualidades enigmáticas. La labor narrativa en la voz de la mujer no se ve consumada; habla como un personaje en la mente del autor cuando apenas éste piensa su discurrir. La plasmación de la idea no da en el blanco, sólo lo ronda.
     Viena roja inicia con colores discretos y posibilidades de silencio, para seguir vestida de luces de neón y ruido. ¿El destino de Friedl derivó de su osadía o su deseo? Si es así, habría que dejarla vivir y desear a su modo. Zolá ya castigó a Naná llenándola de aftas por su promiscuidad. –

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