Quien busque datos sobre Anne Carson en las solapas de sus libros encontrará apenas una línea: “nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo”. La escritora ha cultivado esa discreción con el mismo cuidado con que otros abonan una florida reputación. Concede pocas entrevistas, y las que da suelen ser evasivas y a veces desconcertantes. Detrás de esa autobiografía mínima hay, sin embargo, una extensa trayectoria: doctorado en Lenguas Clásicas, años de docencia en McGill, Michigan y Nueva York, y una obra que nunca ha separado el trabajo académico de la escritura creativa. Esa fusión es su marca de origen.
Todo comienza con Eros the Bittersweet (1986), un ensayo sobre el deseo en la Grecia antigua que se lee como un poema. Allí Carson propone que el eros nace de una carencia, y que esa falta solo se vuelve visible en un triángulo. El glukupikron (“agridulce”, o más bien, “dulceamargo”) de Safo no describe un placer que luego se vuelve dolor, sino ambas cosas a la vez porque eros significa querer lo que no se tiene. El deseo es el borde entre lo que se posee y lo que falta, y sin él no hay amor ni literatura posibles. La idea reaparecerá en casi toda su obra, como si cada libro fuera otra manera de rondar ese límite. Con Plainwater y Glass, irony and God, libros de 1995, despliega un método de escritura que desafía las etiquetas: ensayo, poema en prosa, conferencia ficticia, entrevista imaginaria… A Carson nunca le ha preocupado resolver esas clasificaciones. Deja abierto el asunto, y de esa apertura brota buena parte de su fuerza.
Autobiography of Red (1998) es tal vez su obra más célebre. Parte de los fragmentos del poeta Estesícoro sobre Gerión, el monstruo rojo y alado de tres caras al que mata Heracles, y lo convierte en un adolescente contemporáneo, herido por la pasión. Su autora la subtitula “una novela en verso”, y es a la vez elegía, historia de amor queer y reflexión sobre la identidad y la mirada. Su secuela, Red Doc> (2013), prolonga el experimento de manera más fragmentaria. En ambas obras, la Antigüedad no es un adorno: Carson traduce, reescribe y la pone a discutir con nosotros. Véase, por ejemplo, If not, winter (2002), una de las traducciones de Safo más influyentes en inglés, donde los huecos del papiro roto se convierten en corchetes en blanco. El texto asume su ruina y permite que también el silencio nos hable. Su acercamiento a los trágicos en Grief lessons (2006) y An Oresteia (2009) también busca ese nivel de interlocución con los clásicos que antes consiguió Guy Davenport, mientras que en Antigonick (2012), con ilustraciones de Bianca Stone, la tragedia de Antígona se vuelve objeto visual.
Poco a poco, Carson ha ido desbordando el formato del poemario tradicional. Por ejemplo, en Nox (2010), libro-objeto, un único pliego dispuesto dentro de una caja, que reconstruye la memoria de su hermano Michael, muerto en el extranjero tras años de ausencia. El resultado combina fotografías, cartas, collages y una larga meditación sobre el poema 101 de Catulo, escrito ante la tumba de su propio hermano. Epitafio y fracaso asumido (se trata de traducir a un muerto), Nox demuestra que la innovación formal de Carson no es artificio, sino la manera honesta de contar aquello que no cabe en un poema convencional.
Se la suele calificar de autora “difícil”, pero quien se le acerque lo suficiente descubrirá un humor seco, que sabe convivir con la peor herida. The beauty of the husband (2001), donde cuenta la devastadora ruptura de un matrimonio en 29 “tangos”, tiene las mismas dosis de ironía que de ternura. Decreation (2005), por otra parte, es un buen ejemplo de su trabajo al conectar referencias en función de obsesiones personales; por encima del enjambre de temas y citas, el libro gira alrededor del concepto que le da título: la disolución del yo creador en tanto creatura. Pero antes de llegar allí, a ese ensayo (y al libreto de la ópera en tres actos) que trata del éxtasis místico en Safo, Marguerite Porete y Simone Weil, uno debe atravesar muchas páginas y múltiples referencias. “Inteligencia”, palabra que los críticos repiten a la hora de hablar de su obra, es en este caso la habilidad para saltar de una idea a otra y mostrar aristas de problemas filosóficos que siempre acaban resueltos en imágenes. Hay, ya se ha dicho, algo de sonriente prestidigitación en este proceso. Muchas veces el lector tiene que contentarse con eso que la propia Carson llama, a propósito de Virginia Woolf, “a fragrance of understanding”, un tipo de placer literario que no excluye el rigor. Y mucho menos la popularidad: Carson ya era figura célebre del establishment literario anglosajón, y ahora lo será más.
Sus últimas obras han perdido, para mi gusto, algo del filo y la originalidad de las anteriores, aunque todas son variaciones de lo que dijo ella misma de un poema suyo: “un intento por entender cómo se siente la vida”. Float (2016) se publicó como un conjunto de cuadernillos sueltos que el lector puede ordenar a su gusto, y Norma Jeane Baker of Troy (2019) reimagina a Helena de Troya a través de Marilyn Monroe. Wrong Norma (2024), su libro más reciente, junta una veintena de ensayos, poemas en prosa, diálogos y collages sobre temas muy disímiles: su padre, Joseph Conrad, Guantánamo, Flaubert, la nieve, la pobreza, el sábado por la noche. La desconexión es voluntaria, de ahí el wrong del título, mientras que Norma apunta a lo normal y a la Norma Desmond, de Sunset Boulevard. En una entrevista, Carson liga ese “error” a la vida académica: siempre se está a punto de estar equivocado, porque todo es jerárquico y juzgable. El libro parece apostar a que la desconexión también es una forma legítima, y a que el yo puede hablar desde la ventriloquia de voces ajenas.
Para el lector hispanohablante, Carson es una autora bastante conocida, aunque dispersa entre varias editoriales. El interés se aceleró cuando recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2020, y desde entonces el catálogo de traducciones ha crecido. Su obra fundacional sobre el deseo circula como Eros dulce y amargo, publicada por Lumen en 2021 en traducción bastante anterior de Inmaculada Concepción Pérez Parra. La novela en verso apareció como Autobiografía de Rojo en Pre-Textos, en 2016, traducida por el poeta Jordi Doce, y también existe en versión de la también poeta mexicana Tedi López Mills para Cálamo. Que poetas traduzcan a poetas ya ofrece cierta garantía. En argentina también tiene ilustres poetas como traductores, de Mirta Rosenberg a Ezequiel Zaidenwerg.
Safo, leída por Carson, llegó con Si no, el invierno, en edición trilingüe (griego, inglés y español) a cargo de la poeta y helenista Aurora Luque. El sello Vaso Roto, con presencia en España y México, ha sido el principal hogar de la autora en nuestra lengua. Allí han aparecido Nox y Norma Jeane Baker de Troya, ambos en traducción de Jeannette L. Clariond, además de Decreación, Albertine (sus anotaciones sobre Proust), el diario de viaje Tipos de agua y Economía de lo que no se pierde.
Este Nobel admite varias lecturas. Es, en primer lugar, un respaldo a la poesía que piensa. La Academia Sueca ha premiado a menudo la narrativa, y los recientes poetas laureados, como Tranströmer en 2011 y Glück en 2020, tenían una obra mucho más tradicional. También se trata de un reconocimiento al diálogo entre las lenguas clásicas y la contemporaneidad, en una época que demasiadas veces descarta el griego y el latín como un lujo inútil. La obra de Carson demuestra, en cambio, que esas lenguas siguen produciendo preguntas vivas sobre el deseo, la violencia, el duelo y la identidad.
Su erudición no tiene nada que ver con la nostalgia de un mundo perdido, ni con el “clasicismo” tradicional. La etimología es apenas un punto de partida. El orbe clásico, omnipresente en sus libros, solo encuentra sentido en tanto fragmento, como algo que se sabe incompleto. Ello es parte de la atracción que suscita toda la obra de Carson: esa exasperada conciencia de lo trunco, lo mismo al juzgar un poema de Safo que otro de Simónides, un verso de Ovidio o ciertos pasajes de la épica homérica; una manera de enlazar, no para reconstruir cierta “demostración” sino para seguir los rastros de un pensamiento. La poeisis aquí es engaste de las ideas, que embonan y se iluminan una a otra como una suerte de puzzle o mosaico, irónico y vibrante. Más que una nueva sabiduría, un desmantelamiento de la sabiduría.
Le anunciaron el Nobel por “una obra audaz e inventiva” mientras estaba en Islandia (país del que tiene la ciudadanía desde hace unos años), y dijo estar “escuchando el viento”. Era predecible esa reacción, algo entre la modestia y la incomodidad. Tal vez esa distancia con la fama forma parte de una ética. Su obra sugiere que escribir es un acto de atención, y que esa atención se desvanece cuando uno se mira demasiado a sí mismo. El premio es también una invitación a leerla como ella ha leído a Safo o a Catulo: despacio, con los silencios y ausencias a la vista, aceptando que algunas cosas se pierden en el camino y que esa pérdida es también una forma de conocimiento. ~