Este libro ya está escrito en inglés, solo las palabras están en francés

Por cortesía de Gris Tormenta, publicamos este extracto del libro La lengua es un lugar, en el que el autor hace una aguda crítica a la literatura caribeña y la idea de francofonía.
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En la décima antología de la colección Disertaciones, Gris Tormenta propone visitar una serie de memorias y ensayos sobre autores que se ven inmersos no solo en costumbres y territorios distintos, sino también en medio de palabras nuevas con las que tendrán que renombrar el mundo que ya conocían. Desde el descubrimiento, la mímesis o la rebelión, las catorce voces del mundo reunidas en el libro describen los efectos que los cambios de lengua o de contexto lingüístico provocaron en su vida y escritura.

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Francia y África me han creado. Si elimino una, la otra desaparece al instante. Esa África mítica no existe más que en el Caribe. Es una invención de intelectuales desesperados. Contra la Francia superpoderosa inventaron esta África. Pero no funciona. Es un sueño contra un mito. Demasiada fantasía. Ese universo por completo artificial ha contribuido a crear una élite intelectual realmente esquizofrénica. La Francia colonizadora y el África mítica. Despierten, muchachos, estamos en América. ¿Pero en cuál América?

Interesante pregunta, que no me había hecho al inicio de mi aventura. Y es que es verdad: ¿cuál América? El Nuevo Mundo fue mi respuesta. Descubrí que al hablar de mi abuela en este pueblo de la frontera suroeste de Haití, Petit-Goâve, me situaba en el corazón del Nuevo Mundo. Un mundo real y soñado al mismo tiempo. A partir de ese momento seguí la pista hasta mi infancia. Y fue ahí donde me reencontré brevemente con Chamoiseau. Para dejarlo de inmediato en la terrible cuestión de la forma. Para mí, esa escritura creole, con su abundancia de palabras coloridas, no habla de América. Crea una especificidad que nos hunde más profundamente en el regazo de Francia. La llamamos literatura caribeña con un gusto a fruta tropical en la boca. Para mí también la literatura puede ser una inmersión en las profundidades de la angustia. Si bien todavía hoy le seguimos llamando literatura caribeña, me parece una designación demasiado física y no lo suficientemente metafísica. Como si los individuos nacidos en el Caribe no pudieran llegar a la abstracción. Solo lo concreto nos es posible. La tragedia es que somos profundamente abstractos (los proverbios, los cantos sagrados, las figuras del vudú) en cuanto tocamos nuestra interioridad. Y en cambio huecos y folclóricos al instante en que queremos complacer al Otro. No hay literatura sin interioridad. No hay literatura sin intimidad. Tampoco sin secreto. Hemos perdido esa sensación de secreto porque nosotros (los del Caribe y de otros sitios) le hablamos a alguien (Francia) que estableció esta lengua y que aún la custodia con la más estricta autoridad. Y a todos esos jóvenes de países lejanos que aportan sangre nueva a la lengua francesa y a quienes les hacemos creer que lo que hacen tiene un cierto efecto sobre esa lengua, míralos, más decididos que nunca a pronunciarse sobre esta historia. Es algo insignificante: ¿cuántos son en realidad? No cuentan con ninguna herramienta de control importante. Los diccionarios, los manuales, la programación literaria, los periódicos que se distribuyen en los países francófonos, la academia, la inmensa mayoría de las novelas, los ensayos, los libros de historia y los libros infantiles, todo procede de Francia. Por no hablar de las poderosas casas editoriales o de las extensas redes de distribución. No es poca cosa. Y cualquiera que entre en ese sistema está destinado a ser aplastado. Este es el problema del indigenismo y sus derivados. A primera vista, la demarcación parece clara y visible, pero, cuando se mira más de cerca, se ven los agujeros. Hay una conexión directa con Francia. Y es la lengua.

Tenemos que contar nuestras historias (y muchas de ellas están relacionadas con la colonización de un modo u otro) en una lengua propia. Nuestra lengua francesa. Contar nuestro día a día con nuestras palabras, palabras que miramos fascinados en la palma de la mano como si fueran pepitas de oro: ese es el error en mi opinión. La lengua es demasiado importante en esta literatura creole. Muy a menudo, sin machete, uno se interna en una selva de palabras brillantes, relucientes y multicolores que acaban por marear aun al lector caribeño, sobre todo al lector caribeño que al principio se sorprende de ver tantas palabras tropicales que no conocía, antes de darse cuenta de que el libro no iba dirigido a él. El libro se escribió para mostrarle a Francia que tenemos nuestra propia naturaleza y las palabras para expresarla. Francia aplaudió con las dos manos y enseguida encontró una palabra para definir todo eso: francofonía. Para que aquello no parezca demasiado paternalista (y es aquí donde se da por concluido el asunto, como se dice), Francia elige a dos o tres escritores del lote propuesto por el Caribe y deja de lado al resto. De esos dos o tres escritores afirma que escriben el mejor francés (incluidos los escritores de Francia) de la actualidad.


Traducción de Jacobo Zanella.

La lengua es un lugar es parte de la colección Disertaciones de Gris Tormenta: antologías alrededor de un tema debatido por un grupo heterogéneo de voces o alrededor de una pregunta que sugiere una disertación colectiva. Participan también: Aharon Appelfeld, François Cheng, Edgardo Cozarinsky, Julien Green, Eva Hoffman, Eugène Ionesco, Theodor Kallifatides, Jhumpa Lahiri, Sylvia Molloy, Irma Pineda, Cristina Rivera Garza, Mercedes Roffé y Yoko Tawada. El prólogo es de Pablo Duarte.

ISBN 978-607-99130-7-6

Lee más sobre el libro en www.gristormenta.com/gsn


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