El escritor Andrés Trapiello visita El Salón de Gascón para charlar sobre el arte de la atención, los géneros literarios, la ética de no mentir al lector, los límites de la autoficción y la regla de oro de Juan Ramón Jiménez sobre escribir como se habla. También hablan de su traducción del Quijote, de las vanguardias como gran engaño del siglo XX, y de las polémicas literarias. Todo a raíz de su última publicación, la entrega 25 de ‘El salón de pasos perdidos’.
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Aquí, una transcripción editada.
DANIEL GASCÓN: Hola, muy buenas. Bienvenidos a El Salón de Gascón en Letras Libres España. Es un verdadero placer estar hoy aquí con Andrés Trapiello, que es uno de los escritores más importantes que hay en lengua española ahora, pero desde hace varias décadas. Vamos a hablar de muchas cosas, entre ellas de su libro más reciente, que es De todo tiene, que es la entrega 25 del Salón de pasos perdidos, ese proyecto fascinante. Muchas gracias por estar con nosotros.
ANDRÉS TRAPIELLO: Al contrario, yo estoy encantado, honradísimo.
DANIEL GASCÓN: En el libro, y siempre que salen estos libros, hay como esa especie de discusión sobre el género, que a ti en realidad creo que te divierte. Tú dices “esto es una novela.” Incluso cómo empiezas: empiezas con el sueño de una novela, te despiertas, anotas, luego no entiendes la letra, como a tantos escritores. ¿Qué es para ti una novela y por qué describes esto como una novela?
ANDRÉS TRAPIELLO: La novela es un mundo más o menos ordenado, aunque sea un mundo de pesadilla o un mundo kafkiano, pero tiene una cierta lógica y una especie de estructura en la que todo encaja. Por eso lo del principio, medio, desarrollo, desenlace, todo esto es propio de la novela, propio de las obras literarias con esa voluntad. En cambio la crónica, el diario, el reportaje, las memorias, en fin, todo lo que se pega a la autobiografía, en general no lo tiene. Desde luego no tiene argumento, pero a menudo no tiene ni trama. Y en cambio esto sí: hay una voluntad de que la vida de una persona, en mi caso, se ordene de una manera diferente, y el ordenarla hace que cobre un sentido distinto. Si yo, o cualquier persona, nos contara su vida fijándose únicamente en los restaurantes, porque es lo que más le interesa, o en el fútbol, o en la política, o en el sexo, lo que da es un personaje de tacto ficticio, en el sentido de que no siempre estamos comiendo, no siempre estamos en el dormitorio, no siempre estamos en el fútbol, no siempre estamos leyendo.
La decisión que yo tomé desde el principio era la de hacer un libro que diera de una manera más o menos armónica todas las facetas de una persona. Excepto el sexo, que no trato en estos libros, no porque sea intratable, sino porque no encuentro la manera de hacerlo decorosamente desde el punto de vista literario, todo tiene cabida en el libro y se ordena de una manera diferente. Hablando con nuestro querido Jonás Trueba le decía: “En estos libros tanto como el rodaje es importante el montaje.” Yo a menudo algo que ha sucedido en invierno lo meto en la primavera, y por supuesto muchas cosas que han sucedido en el momento en que estoy transcribiéndolas las incluyo. Estos libros se escriben en un periodo de años; a veces eran cinco, luego fueron seis, siete, diez, en este momento quince. Cuando los estoy transcribiendo incluyo cosas que están sucediendo en ese momento. No me importa, porque realmente en una vida ese tipo de hechos, no siendo históricos, dan un poco igual. Y la novela es eso: algo que te da el mundo ordenado y que por tanto te facilita su comprensión.
DANIEL GASCÓN: Has citado a Jonás Trueba y me acuerdo de una frase de Fernando Trueba, que dice “la vida es una película mal montada.”
ANDRÉS TRAPIELLO: Es exactamente igual. Y llevándolo a la parte literaria podríamos decir que no hay malas o buenas vidas, sino vidas mal o bien contadas. No hay gente que diga “no me pasa nada.” Si sabes contarlo bien, te pasarán muchas cosas, porque las cosas que suceden en la literatura suceden en el libro. Tienes que hacerlo de tal manera que el que lo lea lo perciba como vivo, y para eso hay muchas herramientas. Principalmente yo entiendo que la naturalidad es fundamental. Un aforismo de Juan Ramón Jiménez que para mí es la regla de oro de la literatura: “Quien escribe como se habla llegará en lo porvenir y será más escrito y hablado que quien escribe como se escribe.” La gente quiere escribir con una cierta pomposidad, entiende que la literatura es algo muy importante, entonces se da un cierto tono. En el momento que subes el tono, lo normal es que si lo subes mucho te salgan gallos y si lo bajas mucho te ahogues. Con lo cual tienes que encontrar un tono de naturalidad que es el que realmente usamos cuando hablamos. Si las películas españolas a veces nos producen tanto sopor es porque vemos que así solo hablan en las películas; eso quiere decir que esos guionistas realmente no tienen un oído muy fino, porque nadie habla así, nadie habla con subjuntivos en la vida real, ni con subordinadas muy largas. Hablamos normalmente, casi te diría que como escribía Azorín: sujeto, verbo, predicado, punto. Sujeto, verbo, predicado, punto. Y así va muy rápida la acción. Eso es, por un lado, dar sentido a la vida y, por otro, intentar dársela de una manera muy natural.
DANIEL GASCÓN: Esa naturalidad es una de las cosas que siempre me impresionan mucho cuando te leo. También la cantidad de cosas que incorporas a esa naturalidad: ahora decías lo de sujeto, verbo y predicado, pero aquí ha habido un cambio de registro, aquí ha metido una cita de un poema, aquí una broma de uno del pueblo, aquí hay una descripción más lírica. Esa naturalidad es como un río que recoge muchas fuentes.
ANDRÉS TRAPIELLO: Estamos hechos de muchísimos afluentes todos. A lo largo de nuestro día a día, cualquier persona, seguramente en esas 24 horas, quitando las del sueño, tendrá ocho o diez registros distintos: se reirá, tendrá un disgusto, tendrá algo ingenioso que decir, le habrá emocionado algo que ha visto o que le han dicho. Y todo eso, si lo pasas al papel, debe conservar algo de esto. Luego la intencionalidad es importante, y ahí es también un poco lo de la novela: el novelista tiene una intención, quiere contar el mundo, y la manera de contarlo es eligiendo. Si a mí me encargan un libro sobre los escritores en la Guerra Civil, puedo hacer dos cosas: hacer un libro de parte, un panfleto, o ponerme a leer a los escritores. Una vez que los he leído, cuento la impresión, con un cierto desapasionamiento, de lo que ves. Ese punto de vista también ocurre en la vida.
A veces me asusta porque los amigos que han leído los libros, cuando me cuentan algo, siempre dicen: “Oye, me ha pasado una cosa que era como para tu diario.” Y siempre son cosas de una anomalía tremenda, cosas ridículas o esperpénticas, solanescas. Me gustaría, además de ese registro, que sin duda es el más reconocible, que los registros fueran de todo tipo con el mismo peso: el lírico, el político, el de la furia a veces. Un diario en principio solo lo llevamos la gente que somos un poco desgraciados, que estamos siempre con el espíritu de la escalera, diciéndonos: “Tenía que haber dicho, tenía que haber hecho.” Llega uno un poco descorazonado a casa e intenta remendarse a sí mismo, remendarse los costurones que la vida le ha hecho, las cornadas que le ha dado. Al final queda más o menos reconstruido en el libro. Pero es importante que el tono sea natural, y sobre todo intentar —no siempre lo consigue uno— ni quejarse ni presumir. Que la queja trae descrédito, la frase esa de Gracián, no te quepa la menor duda. A los diarios hay que venir ya quejados y llorados de antes, porque si no es un poco imposible no volcar en el lector todo eso.
DANIEL GASCÓN: ¿Y cuál era el alcance del proyecto cuando lo iniciaste?
ANDRÉS TRAPIELLO: Cuando empiezas un proyecto no sabes nunca realmente cómo serán las segundas partes, si las habrá o no, pero yo entendía que el proyecto debería continuar. Lo que me hacía realmente ilusión era tener fuerza, arrestos, voluntad para hacer un tomo y otro y otro, porque quería componer una especie de mosaico de mi tiempo, de mis contemporáneos, de la gente. Y los mosaicos no se hacen con una o dos teselas: necesitas como mínimo un cesto de ellos para ir poniéndolo. Otra cosa es que lo que representes luego sea apropiado o no, se parezca o no a la realidad, tenga algún interés o no. Pero lo que quería dar era un poco la visión de ese tiempo, que es una visión que no se ajusta en casi nada a los periódicos. Este año, por primera vez, ha coincidido el libro con la publicación de los artículos que publicaba yo en el mismo año 2011 en el Magazine de La Vanguardia. Lo que me ha sorprendido fundamentalmente es que de todo lo que yo hablaba en el periódico no hablaba en absoluto en el libro. Era como una cierta esquizofrenia: la vida de esta novela en marcha no se compadece con la vida de los artículos, de la política, y eso lo he dejado siempre de lado, no ahora.
DANIEL GASCÓN: Es curioso. Quizá porque es lo que te puede venir más a la cabeza, como la vida literaria, la vida del escritor, cuando piensas en los diarios: los retratos satíricos, esa escena que se repite mucho en tus libros de “voy a un sitio a dar una charla”, que es como el escritor va a trabajar. Esa escena está mucho en el libro, pero luego hay un mundo que me parece muy interesante y que es quizá todavía más infrecuente, que es la experiencia de la vida familiar y las preocupaciones familiares. Eso está mucho en el libro y lo veo poco en la literatura.
ANDRÉS TRAPIELLO: La primera parte, es decir, el escritor que normalmente va de escritor, va en representación de sí mismo, paseándose y haciéndose un poco de promoción. Yo, bien porque a mí no me ha tocado más que una vida de gregario, de novillero, nunca he sido matador de toros de grandes plazas, la visión que he dado de lo que me ha correspondido, que es una vida bastante gris de escritor, es inusual, porque la gente normalmente cuenta lo mucho que le quieren, el caso que le han hecho, lo mucho que ha triunfado. Pues yo he contado todo lo contrario, pero no para quejarme, sino con una cierta perplejidad y con bastante humor. Esas cosas, decía Carlos Pujol, la vida del escritor era, como decía él, “hacer la carrera”: estás un poco expuesto en una esquina a ver lo que pasa. También es verdad que la vida literaria es el gran oxímoron: o es vida o es literaria. La vida literaria realmente es un poco de risa. A lo mejor en otros países que son más cultivados, no, pero la nuestra, o la que yo he vivido, es una vida bastante gris y bastante sufrida, y además las habicuelas que nos solventamos aquí son pocas, y hay que ponerlas muy a remojo para tragarlas.
En cuanto a la vida familiar, es verdad que tiene muy mala prensa de siempre, porque la felicidad tiene mala prensa en general. La frase famosa de Tolstói es una frase mal traída porque ha tenido mucho éxito: “Todas las familias felices se parecen, solo las desdichadas lo son cada una a su manera.” Primero, no hay una familia enteramente feliz ni enteramente desdichada; en medio de estas familias generales, el ser humano siempre encuentra un hueco para sobrevivir, y a veces la supervivencia ya es la felicidad. En medio incluso de los grandes dramas el ser humano encuentra un modo para ordenarse. Es verdad que a veces la vida es tan canalla que acaba arrastrando a sus criaturas por el barro, y te da una pena enorme. Pero piensa: si Cervantes, con toda la vida desdichada que tuvo, fue capaz de escribir sin perder el humor, quiere decir que eso es posible. Que después de Auschwitz no solamente es posible la poesía, sino que la poesía es más necesaria que nunca, incluso en Auschwitz.
La literatura solo ha aceptado la familia en tanto que fuente de desavenencias, de tragedias, de tiburones que se devoran unos a otros. Pero lo que es absurdo: yo recuerdo en uno de los primeros tomos del diario haber escrito algo así como un aforismo que decía: “Los escritores todos quieren ser como Humphrey Bogart en la pantalla, pero en cambio en la vida real quieren estar en Malibú con Lauren Bacall en bañador tomándose un whisky.” Hay una disociación. No puedes ser tan esquizofrénico como para querer una vida familiar literariamente contada, de dramas, de estacazos, de desencuentros, de dolor, mientras que en la realidad todo el mundo aspira a la felicidad, a la dicha, al entendimiento, a la alegría. Nadie quiere por sí mismo, salvo que estés con una enfermedad mental o sufras una patología moral especial, estar lejos de la dicha propia y la de los demás. No es que el hombre sea un lobo para el hombre, pero tampoco hay una especie de bondad universal: somos la mezcla de los dos. Y para eso está la cultura: la cultura está para hacer la vida agradable a ti en primer lugar y al que tienes al lado. Y en muchos casos, sin la vida agradable del que tienes al lado, tú no podrías serlo. Por eso hay una especie de contrato de interés entre las gentes, y eso se puede contar. Primero que lo contó de una manera hermosísima en España fue Unamuno. Lo que pasa es que parece una literatura de segunda, como si la felicidad fuera algo de menor categoría, y es lo contrario: la felicidad es mucho más complicada de contar, porque el sufrimiento es muy fotogénico, la pobreza es muy fotogénica. Llevar con dignidad la riqueza y la buena suerte normalmente acaba siendo bastante torpe: te haces un engreído. Es más difícil ganar que perder en general. Por eso a los gananciosos a veces resulta tan difícil soportarlos, no porque la ganancia o el éxito o la felicidad sean malos en sí, sino porque quienes normalmente los administran no saben hacerlo. En cambio, al menesteroso, al que tiene mala suerte, todos le compadecemos porque vemos en él algo de nosotros mismos. Y hay una especie de hermandad con ellos que es también engañosa, porque el que sufre sufre solo. En cambio, la alegría sin compartirla no vale nada.
DANIEL GASCÓN: Es muy curioso, porque tú también a veces recoges la oralidad: “esto me han contado.” Y si no lo escribes tú, no se entera nadie. Se pierde.
ANDRÉS TRAPIELLO: Se pierde. Y son cosas importantes a veces. En el caso de las Machado es importante porque la figura de la que se habla es alguien tan importante como Antonio Machado. Pero a veces no necesariamente, a veces es gente anónima y a veces solamente una frase. En este libro hay una frase oída este mismo año que he incluido ahí, porque no tengo ningún tipo de remordimiento ni de escrúpulo. Los estudiosos lo llevaban muy mal al principio, porque exigían que los diarios tuvieran una fecha, una entrada con un día. Hay una frase que escuché en el Rastro en enero, cuando estaba con las pruebas de este libro, que me divirtió muchísimo: dos gitanas jóvenes de luto, dos hermanas, muy enfadadas las dos, en plena disputa familiar. Estaban poniendo su puesto de ropa del mercadillo, y una de ellas, la mayor, la pequeña le estaba sacando de quicio. En un momento determinado, cuando yo paso a su lado, le dice: “Mira, Conchi, vamos a dejarlo porque me poseo.” Me pareció que era un hallazgo eso de “me poseo”: me voy a poner completamente endemoniada si seguimos hablando. Eso es muy pequeñito, es como una piedrecita en el camino, pero es una piedrecita muy bonita. Los niños hacen eso, tienen esa curiosidad por la realidad, y por eso tienen en su caja de zapatos sus tesoros, que para ellos son tan valiosos como para un avariento las monedas de oro. Y a veces uno tiene la suerte de ir por la vida y encontrarse una esmeralda del tamaño de un puño. Y en general eso le sucede a todo el mundo. Hay gente que dice “no me sucede nada.” No es verdad. Todo el mundo estamos a tres pasos de conocer al Papa, y esos tres pasos casi se cumplen en casi todo el mundo. Lo único que tienes que hacer es ser tú quien eslabona esos pasos. No hay ningún secreto en esta novela en marcha, en estos 25 tomos, pero el secreto es el de la atención. Si estás atento, las cosas suceden.
DANIEL GASCÓN: Me acuerdo de un artículo de Iris Murdoch citando a Simone Weil sobre algo como la ética de la atención. Me parece que eso es lo que está muchas veces en los libros. Recuerdo, por ejemplo, una escena en la que ves a una madre y a un niño: la madre está hablando con una amiga, y el niño ve una bandera que se echa a volar y entonces imita el vuelo. Solo tú ves que está imitando el vuelo.
ANDRÉS TRAPIELLO: Claro, claro. Y es muy bonito. La madre no lo había percibido. Seguramente lo que estaba hablando con su amiga no era banal, pero el prodigio estaba en el niño, que de pronto había una comunicación. Era en la calle Alcalá, un niño pequeñito de tres o cuatro años fascinado con una lavandera. Una bandera en Madrid, además, que parece más extraño. Nuestro amigo Ramón Gaya, el pintor, un día le enseñaba a otro amigo unas estampas japonesas; era una acuarela conocida con un paisaje japonés, una barca donde hay un tipo con una caña, un pescador entre la bruma. Y le preguntó: “¿Cuál crees tú que es el tema de este cuadro?” El amigo dijo: “Pues la espera, porque está esperando.” Y Ramón Gaya dijo: “No, la atención, que no es lo mismo. Porque hay que estar atentos, pero no hay que esperar mucho. Si esperas normalmente te acabas decepcionando, porque uno tiende por optimismo antropológico a esperar más.” Ramón Gaya decía también aquello de “me gusta mucho la gente, pero espero muy poco de ella.” Este es también un poco mi caso: me encanta la gente, pero espero poco de ella.
DANIEL GASCÓN: También está en el libro esa frase de las Machado, “el duelo de los niños es corto.” Y dices tú: nadie nacido después de la Guerra Civil diría ya esta frase.
ANDRÉS TRAPIELLO: Sí, sí. A las Machado, además, sus vidas son un sufrimiento homérico realmente: una se va a Chile, otra se va a Moscú, otra se queda aquí, toda una familia destrozada y todas ellas al mismo tiempo reconstruyendo sus vidas. Y por eso dice una de ellas, cuando le preguntan si fue muy doloroso: “No, porque el duelo de los niños es muy corto.” Te duele, pero inmediatamente la vida tira hacia adelante. Juan Ramón Jiménez, que es un hombre neurótico, medio loco, con una vida en el fondo también muy desdichada, tiene una frase como para ponerla en la viga del castillo de Montaigne: “No os toquéis en el dolor.” Hay gente que está todo el tiempo tocando el dolor, y cuando ya la herida parece que ha cicatrizado y le ha salido la postillita, viene la impaciencia de arrancarla otra vez, o bien por curiosidad a ver si se ha curado del todo, o bien porque quieren sufrir.
DANIEL GASCÓN: Estaba pensando en lo que decías de los estudiosos desconcertados por las fechas. A veces pones, cuando parece una cuestión factual o ha muerto alguien, una nota de 2026. Y recuerdo, por ejemplo, una entrevista que tenías con Arcadi Espada sobre este asunto, y dices una frase que parece un poco de Groucho Marx: “No me fiaría de ningún lector que se dejara engañar por mí.”
ANDRÉS TRAPIELLO: Sí, porque entonces quiere decir que no es muy listo. Yo no quiero engañar a nadie. A veces me han dicho: “Con estos libros no haces amigos.” Yo escribo no para hacer amigos, sino para hacer lectores, aunque es verdad que algunos de esos lectores han acabado siendo amigos. Pero mi propósito era hacer lectores, y al mismo tiempo contar las cosas de una manera que no sea excluyente. Me resulta muy antipático el libro que no tiene pelos en la lengua. En general entiendo que he sido mucho más amable con la realidad de lo que la realidad es. A veces me tomo como un pintor de corte: cuando dicen de Goya “¡hay que ver qué hombre, qué agudeza en su mirada para retratar a los Borbones, esa dinastía degenerada!”, Goya era un pintor de corte que les sacó cien veces más guapos de lo que eran, y ellos le pagaban muy bien sus cuadros, agradecidos. Yo siempre he procurado que mis retratos sean generalmente mucho más amables. La realidad es muchísimo peor.
Y precisamente porque no quiero, entre comillas, “hacer sangre” con nadie, muy raramente cito con nombres y apellidos, porque me interesa más lo que se cuenta de esa persona que la persona misma. Los cito con una X. Y entonces ha ocurrido que mucha gente, cuando tú puedes decir “he estado con X, un tonto redomado”, había veinte personas que se postulaban y decían: “¿Cómo has tratado a fulano de tal?” Y yo les decía: “Yo no he pensado en ti nunca.” Pero si dices de alguien que es una persona inteligente o maravillosa, nadie viene a decirte “muchísimas gracias”, porque nadie se reconoce en eso. Se ve que somos una especie bastante desdichada, que todos estamos muy apaleados.
Respecto de las X, a mí me ocurrió que teníamos en nuestra casa una persona que nos ayudaba con los niños, que habíamos traído del pueblo, la que crió a nuestro hijo Guillermo: una chica joven, mucho más joven que nosotros, pero gran lectora. El tiempo que le dejaban libre las tareas de casa y los niños se leyó toda mi biblioteca y leía estos diarios en parte porque se hablaba mucho del pago de San Clemente, de las viñas de Extremadura, de sus padres, de gente que ella conocía. Un día, leyendo uno de los pasajes del diario donde yo cuento una visita a Toledo con un poeta, una visita bastante ridícula y descacharrante, y digo que era solo una décima parte de lo que fue en la realidad, ella se divirtió muchísimo y vino a decirme: “Oye, Andrés, este hombre que fue contigo a Toledo, este subnormal, ¿quién era?” Y yo le dije: pues fulano de tal, un poeta muy conocido, en aquel momento el poeta más conocido que había en España. Y me dijo: “¿Y quién es fulano de tal?” Porque no le sonaba de nada, no venía de ese mundo. Esto es de lo que se trata: que el diario sea un diario que acoja a todo el mundo, seas o no de este mundo desdichado nuestro de la literatura, que es un mundo muy reducido y bastante contaminado por vanidad, por frustraciones, por deseos desmedidos a veces, y presentarlo de una manera amable.
Es verdad que en el libro la vida literaria, y eso está bastante medido por mí, como la familiar, es muy poca. Lo que pasa es que como los lectores, muchos de ellos, vienen de la literatura o están en la literatura, les produce un cierto morbo saber quién está detrás de esas X, pero a menudo son puras invenciones.
DANIEL GASCÓN: Habrá alguno que por no salir proteste: “Yo estaba ahí y no he salido”.
ANDRÉS TRAPIELLO: A mí me ha ocurrido, ha habido gente que me ha reprochado: “es que en esos diarios solo hablas de fulano, mengano y zutano”, y le parecía un agravio que él no estuviera… normalmente bien, porque la gente quiere aparecer bien, no solamente quiere aparecer, quiere aparecer guapo.
Es muy difícil hablar de la gente porque cuando se identifica no acepta muy bien cómo la vemos. Yo recuerdo que fuimos Miriam y yo a oír en Aranjuez una zarzuela barroca, un concierto con las cuatro o cinco cantantes haciendo los papeles principales. Maravilloso. Eran gente desconocida, pero grandísimos músicos, y realmente conmovedor, de esas cosas que te da la vida de las que luego hablo en estos libros. Pero en ese caso hice además un artículo. Dije: “Qué maravilla estas gentes, todavía ocurre esto de que vas a un sitio, no te esperas nada y te dan algo realmente sublime.” Cuando terminó el concierto, como yo tenía algún amigo entre los músicos, nos fuimos todos a tomar una cerveza por la noche, a las 11 o 12. Y entonces empiezo a describir a los músicos y digo: “Lo más prodigioso es que estas gentes, que han estado dándonos algo sublime, cuando se quitaron sus galas, sus fracs, sus vestidos de noche, y se presentaron a tomar la cerveza, llevaban unas camisillas arrugadas, unos zapatos maltratados, porque todos tienen unos sueldos muy ajustados.” Pues se quedaron los músicos con esta última parte, con los zapatos y las camisillas, y decían indignados: “¿Qué no le gusta de mi camisa? ¿Qué no le gusta de mis zapatos?” Y yo les decía: “No, no, si lo que estoy haciendo es el contraste de una vida arrastrada, que es la que llevamos todos, con la capacidad que por un don divino te han dado los dioses para producir algo hermoso.”
DANIEL GASCÓN: Estaba pensando en algo que tiene que ver con el diario, pero también en general: antes cuando contabas lo de Las armas y las letras, que es una tarea que podrían haber hecho los académicos y que no hicieron, me parece que has tenido muchas veces algo de ir por libre. Ahora yo quiero saber cómo son nuestros escritores, me los leo yo, no me dejo guiar. Estos son los libros que me apetece escribir a mí, ya encontraré el género. Y me parece que en un momento en que mucha gente de tu generación tiene el aprendizaje muy marcado por el boom, tú quieres leerte a los escritores del 98 y del 14, y tu poética de formación viene mucho de allí.
ANDRÉS TRAPIELLO: Yo creo que es así, pero tampoco es un mérito mío. Creo que todos los escritores que a mí me han interesado han recorrido el mismo camino. El mismo camino es un camino no trillado: quiero llegar a un determinado punto, voy a ver cuál es el camino que más me va a aportar. Si tengo que hacer el camino que ha recorrido todo el mundo, lo normal es que no queden ni piedras. No es tanto pensar a la contra, sino pensar de otra manera. Cómo buscar un provecho que de otra manera no tendría. Pero no solamente con eso: a veces son encargos. Las armas y las letras fue un encargo. Pero la biografía que hice de Cervantes fue un propósito personal. Alguien me decía: “¿Cómo vas a hacer tú, con qué bagajes, una biografía de Cervantes? Que esto es una cosa monumental.” Y digo: con ninguno. Yo me gusta mucho Cervantes, quiero saber cómo es, leeré todo lo que se ha publicado y con lo que lea daré lo que buenamente pueda. Y así han sido casi todos mis libros. Si yo me encuentro un manuscrito o un dossier de la policía en la Cuesta de Moyano, yo entiendo que eso es una llamada del destino: una casualidad ha puesto en mis manos un dossier de la policía política de Franco, un dossier secreto. Pues voy a ver qué hay detrás de esto. No soy historiador, pero soy un lector cuidadoso y lo haré como mejor pueda. Con los libros de El Salón de pasos perdidos es un poco lo mismo: el punto de vista es personal, no se atiene a los cánones del género. No se puede mezclar la realidad con la ficción, dicen. ¿Quién lo dice? Yo mezclo lo que quiero. Lo que sí es cierto es que hay una cierta deontología del escritor, que es no mentir. Y por eso uno de los tomos del diario que tienes aquí son solo hechos. Solo hechos reales o de ficción, pero que no entran en contradicción con la lógica, con el sentido y con la realidad. Son hechos literarios o reales, pero no están ordenados para que yo obtenga a través de la mentira un cierto beneficio. Por eso estoy desde hace muchísimos años cansado del mismo ejemplo: Recuerdo que Umbral había sacado el libro Leyenda del César Visionario y me lo había mandado, y habíamos coincidido en una conversación que se produjo en el Palacio del Pardo, que había sido de Franco. Me dijo: “¿Qué tal? ¿Qué te ha parecido?” Digo: “Estupendo. Pero si haces una segunda edición, deberías cambiar un nombre en la novela, porque pones que en la Salamanca del año 36 aparece Rafael Sánchez Mazas, que era un falangista, paseando rojos, y es todo lo contrario. Rafael Sánchez Mazas estaba en Madrid y lo estaban paseando a él, y lo fusilan, no lo matan, pero lo fusilan.” Y digo: “Tiene fácil arreglo: en vez de llamarle Sánchez Mazas, con que le llames Sánchez Tazas ya está arreglado.” Y entonces él, que era muy listo, se quedó tres segundos meditando y dice: “No, no me conviene, porque entonces el efecto Sánchez Mazas se jode.” Hombre, sí, ese efecto se jode, pero estás mintiendo. Como si yo saco una novela y digo “me he encontrado esta tarde a la mujer de Francisco Umbral haciendo la calle en la esquina de la calle de la Ballesta”, y me dicen: “Quítalo.” “No, no, es que entonces el efecto Umbral ya desaparece.” Ese respeto con la realidad hay que tenerle: es una línea roja que no se traspasa. Últimamente con lo que llamamos autoficción, los novelistas a veces la traspasan de una manera demasiado alegre, y yo creo que eso está mal. Al lector de estos libros no le voy a mentir en asuntos importantes. Puedo decir que a un personaje histórico le he visto tomando el té, pero como dice Tolstói en Guerra y Paz, si Napoleón ese día llevaba unas botas de charol verde, eso da igual; lo que no hace es poner en boca de Napoleón cosas que no dijo históricamente, ni colocarle en sitios distintos.
Y a veces yo mismo me he saltado mis propias normas. Normalmente mis personajes son una X o unas iniciales. Pero si yo fuera a ver al Papa, por ejemplo, y saliera de la conversación diciendo “he estado con X, que me ha dicho que no cree en Dios”, pues hombre, es igual. Ahora, si es el Papa, tengo la obligación de decir “acabo de estar con el Papa y me ha dicho algo muy razonable: que no cree en Dios.” Eso sí tiene sentido. El escritor siempre tiene las leyes literarias y tiene que aplicarlas con responsabilidad. Lo que no puede hacer es convertirlas en un cafarnaún donde yo hago la regla y la excepción. No puedes jugar con tantas barajas.
DANIEL GASCÓN: Hay una cosa divertida, que es cómo aparece el libro en el que estás trabajando. Aquí aparece que estás trabajando la nueva edición de Las armas y las letras, y en otro momento dices “me gustaría hacer una novela del XIX” y luego dices “me gustaría ser un falsificador de arte.” No es del XIX, pero Me piden que regrese sí que es una novela más convencional y el protagonista es un falsificador.
ANDRÉS TRAPIELLO: Me habría encantado ser un falsificador de arte moderno. La pena es que está muy perseguido por la ley, porque mueve muchísimos millones. El concepto de arte ha cambiado con el tiempo, pero sobre todo el concepto de falso. Tú presentaste el libro de Félix de Azúa, que va sobre eso: todo el gótico es una falsificación. ¿Qué diferencia hay entre un Mondrian auténtico y un Mondrian falso? Estéticamente ninguna. Es verdad que cuanto más sofisticado es el arte, más difícil es falsificarlo. El problema que tuvieron los Vermeer no tiene ojos en la cara: Van Meegeren falsificaba castañas.
Para el descrédito de la historia, lo peor del siglo XX han sido las vanguardias, a mi modo de ver. Han sido una sección de la alta decoración en el mejor de los casos, y eso incluye a buena parte de Picasso: ha sido un poco el engaño de todo el siglo XX. Pero la soberbia del siglo XX es muy superior a la soberbia del siglo XVIII. En el siglo XVIII nadie pensaría que la historia los iba a meter en un armario, y sin embargo nos ha quedado del XVIII solo Chardin y algunos pintores más íntimos, mientras que los grandes triunfadores de ese siglo no han quedado. En el siglo XX pasará lo mismo: vendrá un siglo que pegará un barrido a todo, porque el siglo XX ha sido básicamente el siglo de las tonterías, no solamente el siglo de los crímenes y las atrocidades, sino estéticamente el siglo de las tonterías. Y no en vano las vanguardias tienen ese nombre militar que caracterizó el siglo XX, tanto el fascismo como el comunismo. A imitación de las vanguardias políticas, los artistas las adoptaron también. “No es lo mismo”, dicen. Bueno, sí es lo mismo: empezó siendo lo mismo. Y otra cosa es que se invirtió tanto dinero en ello que políticamente, por fortuna, el comunismo y el fascismo no han tenido chance en nuestro mundo contemporáneo, pero las vanguardias siguen cotizándose. Cuando a la gente ya no le duela tanto perder los miles de millones que ha invertido, dirá: “Bueno, esto fue una locura de mi abuelo”, igual que con los tulipanes de Holanda. El arte moderno irá todo a un trastero, yo creo. No lo puedo probar ni nadie me lo puede contradecir porque ocurrirá más tarde que pronto: a la gente le molesta mucho perder su dinero y sus herencias. Yo no pondría un Mondrian en mi casa ni siquiera como decoración. Lo que pasa es que el arte moderno lo han puesto como el que tiene un talón bancario expuesto en la pared: cuando llegamos a una casa y vemos un De Chirico, lo traducimos en dinero, igual que los coches y las joyas. El arte es la traducción del dinero. El patrón arte no es el patrón oro, y ya lo siento por los que hayan invertido, pero verán su fortuna reducida a cenizas.
DANIEL GASCÓN: Estaba pensando ahora, cuando hablabas de esos paralelismos o divergencias entre la cultura y la política, que tú has rastreado y a veces participado en muchas polémicas literarias, las trifulcas de escritores. ¿Por qué te interesan, por qué te divierten tanto como testigo y como participante ocasional?
ANDRÉS TRAPIELLO: Por citar otra vez a Ramón Gaya, que le pasó un poco lo mismo, él decía: “Yo no soy polémico, resulto polémico.” Todas las polémicas en las que me he visto, todas estas pendencias en las que he estado metido, han sido un poco malgré moi, a pesar de mí. Yo en un primer momento siempre he dicho: “Aparta de mí este cáliz, porque no quiero ni hablar de Gil de Biedma, ni hablar del 27, ni hablar de Alberti.” Pero a veces pienso: alguien tendrá que decirlo. Es tan evidente que esto es un disparate. Y en la política pasa lo mismo. Lo último que yo hubiera buscado por mi naturaleza sería, por ejemplo, salir en un mitin en la plaza de Colón contra los indultos que Sánchez dijo que no iba a hacer y hizo. Pero la vida te pone en esos lugares, y uno tiene que apechugar con ellos: decir en público lo mismo que piensas en privado, y hacer en público aquello que en privado dices que harías llegado el momento. Que no haya mucha distancia entre lo que piensas y lo que haces, y desde luego ninguna distancia entre lo que piensas en público y lo que piensas en privado.
Es verdad que con el tiempo mis hijos Rafael, Guillermo y Miriam me dicen que en los últimos libros se me ve más tranquilo. Pero yo creo que no es tanto eso: el medio se ha acostumbrado a ti, ve que tampoco eres un energúmeno. Y también es verdad que tú has modificado el medio, y por tanto las cosas que hace cuarenta años decías y que llamaban tanto la atención, ya no la llaman. Yo tuve polémicas en la literatura española defendiendo a Juan Ramón Jiménez, defendiendo a Manuel Machado, defendiendo a escritores como Sánchez Mazas o Foxá. O Pío Baroja, o Azorín, por ejemplo, o en el caso de Unamuno como poeta, todo el mundo ponía un cierto “ya se sabe, es un poeta muy duro de oído”. Eran objeciones un poco ridículas, infantiles. El medio ha cambiado. Cuando yo empecé a escribir, la literatura española era poco menos que la literatura franquista, y esto ya no se sostiene. Esas polémicas que se producían en el pasado, yo creo que ahora no se producen no tanto porque yo me haya pacificado, sino porque el medio se ha visto modificado por este tipo de batallas que hemos dado. España es un país en el que durante cincuenta años escritores como Clara Campoamor o Chaves Nogales no tenían lugar porque eran combatidos por los dos bandos. Hoy están perfectamente asumidos por la academia, la crítica, los periódicos, los escritores, los lectores. Y esas polémicas, si yo las hubiera podido evitar las hubiera evitado, porque mi naturaleza no es esa. Yo me vuelvo a casa después de una cosa de estas hecho polvo. Eso sí me honra: siempre ha sido con gente que ha sido tanto o más que yo. Nunca he tenido polémicas con gente que consideraba más débil o más descacharrada. Nunca me he metido con nadie al que encuentre más débil. Eso es feo.
DANIEL GASCÓN: Y quizá en los últimos tiempos, también por este libro, por Próspero viento y por artículos que siempre has escrito de política, esa parte de comentarista político ha cobrado mayor relevancia.
ANDRÉS TRAPIELLO: Se ve más porque el medio es mayor. Es verdad que ahora escribo más sobre política. Lo que hago son artículos escritos con una cierta voluntad de permanencia: aunque la circunstancia que los origina se olvide, porque en la política todo se olvida, que el artículo tenga en sí mismo un cierto valor literario. En este momento, yo creo que en España se está escribiendo la mejor literatura política en mucho tiempo. Hay gente muy buena escribiendo artículos políticos semanalmente con una visión original y muy acertada, no dos o tres, sino muchos. Hay una docena, dos docenas que todos los días leo en la prensa, en seis o siete periódicos, y como mínimo cuatro artículos que están muy bien hechos. Los míos en concreto están compitiendo con escritores muy buenos, y son artículos en los que me exijo que la visión que dé del mundo sea personal, meditada, que tenga detrás una ideología y una manera de entender el mundo, pero que al mismo tiempo sea una visión que pueda leerla todo el mundo. Artículos inclusivos más que exclusivos. Estamos en un mundo muy polarizado, pero con todo querría que nadie pudiera decir “lo que cuentas de la realidad es mentira.” Que puedan decir “estás equivocado, no lo comparto, pero son artículos respetables.” Es muy difícil no moralizar si de pronto te encuentras con que el expresidente del Gobierno Zapatero guardaba en su caja fuerte 105 joyas. Esto es enormemente goloso para un escritor moralista como todos lo somos, sobre todo si alguien te ha estado señalando durante veinte años como reaccionario, equidistante, sectario, facha. De pronto hay una cierta justicia poética en la vida.
DANIEL GASCÓN: Antes de empezar a grabar hablabas de la relación entre la política y la cultura. Una de tus frases más citadas es que los escritores que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura. ¿Crees que esa percepción todavía existe en el presente? ¿Crees que la derecha todavía no sabe manejarse, que la izquierda sigue teniendo ese interés por la cultura?
ANDRÉS TRAPIELLO: Esa frase en un primer momento era exacta: los escritores que habían ganado la guerra habían perdido los manuales de literatura. Pero enunciada al revés también es lo mismo: por el hecho de haber perdido la guerra, los manuales fueron enormemente generosos con escritores que no valen una perra gorda. Prados, Altolaguirre, que son realmente gente muy mediocre, por no hablar de otros que tienen interés muy parcial, Pedro Garfias, etcétera. También en el caso de los pintores: los que perdieron la guerra perdieron también las galerías de arte, los museos, el mercado, como nuestro amigo Ramón Gaya, Moreno Villa y otros muchos pintores. En este momento ya no es así. Estos cuarenta años han modificado el clima. La gente ha empezado a leer el 98 y se ha dado cuenta de que Galdós es mucho más entretenido, infinitamente más entretenido que Francisco Ayala o que Max Aub, y mucho más hondo. Que un poeta como Juan Ramón o Machado son mejores poetas que Rafael Alberti, ¿qué le vamos a hacer? Y que Rafael Alberti, leído con desapasionamiento, dice uno: “Pues según en qué cosas tampoco es tan distinto de José María Pemán.” Y eso, que antes producía en la gente convulsiones enormes, ahora está normalizado. Y es bueno porque ha incorporado a cien escritores donde antes solo había cincuenta. El único mérito que yo creo que tuvo Las armas y las letras fue ese: presentar a los lectores a cien escritores donde antes solo había cincuenta. Decir: usted compare. Usted puede leer a Alberti y gustar de Alberti, pero sepa que si no lee las prosas de Pemán a lo mejor se pierde algo. Pemán era un monárquico que en la guerra tuvo un comportamiento bastante deleznable, como lo tuvo Alberti también por otro lado. Es decir, te enseña a incluir en tu cultura cosas que eran muy contrarias entre sí. Esto ya está sentado; ha sido una conquista. Puede ocurrir que alguien intente hacer una regresión: hay gentes que están intentando, como dirían ellos, cargarse a Chaves Nogales, presentándolo como un cobarde, pero llegan tarde. Ya no podrán.
Y en general, con la memoria histórica ha habido un momento peligroso, pero la gente está muy harta y dice: “Oye, esto es una cuestión de los dos bandos. A lo mejor no fueron muy buenos ninguno de los dos, ni tampoco tan malos ninguno de los dos.” Las élites de los partidos están todavía dando estas monsergas moralistas falsas, absolutamente. Pero la ciudadanía también es más adulta, está más preparada, ha leído más que hace cuarenta años, yo creo.
DANIEL GASCÓN: Me acordaba de cuando mi padre me dio tu artículo sobre tu padre en la batalla de Teruel.
ANDRÉS TRAPIELLO: Sí. Fue un artículo que yo escribí muy conmovido porque mi padre acababa de morir, y yo había estado en Teruel unos meses antes. Mi padre siempre nos había hablado de ello. La coda del artículo la dio Luis Landero, que me llamó, no era amigo mío en ese momento, era un conocido, tampoco lo es ahora íntimamente, pero es una persona encantadora. Consiguió mi teléfono y me llamó para decirme: “Mi padre estaba igual que el tuyo ese día en esa ciudad, pero en el otro bando.” Y me contaba exactamente lo mismo de ese día. Lo que contaba el padre de Landero y lo que contaba el mío eran muy parecidos. En España ha habido un relato muy común, y por eso la gente después de la guerra no quería hablar de ella, ni los de un bando ni los del otro. Hay hijos de franquistas o de falangistas cuyos padres no les han hablado de aquello, miles. Hijos de gente del exilio cuyos padres tampoco lo han hablado, miles también. Aquello quedó enterrado, y bien. Hoy hay un artículo de Nicolás Redondo, estupendo, sobre esa tercera España, la mayoritaria: una España liberal, tolerante, que quiere integrar y no excluir. Que algunos quieran hacer su agosto dividiendo en un lado o en otro es otro problema. Pero en ese sentido España es hoy mucho más madura que hace unos años, sin duda. Que la quieren polarizar como no se hacía desde hace cuarenta años también es verdad.
DANIEL GASCÓN: Bueno, para terminar, porque hay tantas cosas y veo que no hemos hablado de la poesía, hay un proyecto tuyo que me impresiona tanto como la biografía de Cervantes, que es traducir el Quijote al español actual. ¿Cómo te cambió o cómo te afectó como escritor ese contacto tan estrecho con ese libro?
ANDRÉS TRAPIELLO: Yo ya lo conocía mucho, obviamente. Surgió de la manera siguiente. Yo había escrito por amor al Quijote una secuela, Al morir don Quijote, y ahí me encontré con que el único pasaje literal del Quijote en esa novela eran los consejos que da don Quijote a Sancho cuando va a la ínsula. Cuando hice el corte y pegué ese pasaje en mi libro, que yo cantaba muchísimo y que traduje, nadie se dio cuenta. Hice la promoción del libro, que fue estupenda, y venía mucha gente a decirme: “Me ha encantado su libro, es precioso. Y claro, me han entrado unas ganas enormes de ir al Quijote. Pero cuando he ido al Quijote no lo entendía.” Y añadían: “Escribe usted muchísimo mejor.” Y entonces yo decía: pues bueno, esto hay que remediarlo, porque no era uno ni dos, era muchísima gente, españoles que no entendían el Quijote. Y así empecé a hacerlo. Fue un trabajo maravilloso: durante catorce años reservaba un trocito de cada tarde, casi todas las semanas. A veces era una hora, a veces cuatro, a veces media hora; hacía una página si se me daba bien y lo cerraba. Y fue entenderlo realmente. Probablemente si yo tuviera que poner en primer lugar uno de mis trabajos literarios, pondría este, por el bien que creo que he hecho a unos cientos de miles de lectores que no habían podido leer el Quijote, que querían leerlo y que por fin lo han leído, como lo puede leer un lector culto en alemán, en francés, en chino, en inglés, en japonés: con las mismas armas, con la misma comprensión y con el mismo gusto. Las novelas son para leerlas todas seguidas, pasando páginas a toda velocidad, sin notas, sin tropiezos. Imagínate que nos tradujeran a Shakespeare en el castellano del siglo XVI: sería otro tormento.
DANIEL GASCÓN: Pues muchísimas gracias. Que leáis esa novela, pero también esta novela extensa y fantástica que es El salón de pasos perdidos, y todo lo demás que escribe Andrés, de quien pienso, al contrario de lo que él se dice, que escribe mucho pero demasiado poco para el placer que provoca a tantos lectores.
ANDRÉS TRAPIELLO: Muchísimas gracias, Dani.