El viajero Nooteboom en su hotel nómada

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“¿Cómo se convierte uno en europeo?”, se pregunta en su pequeño libro o recetario melancólico Cómo ser europeos (Siruela, 1993) este holandés errante de nuestros días que es el escritor Cees Nooteboom (La Haya, 1933). Frente a este enigma teórico que muy pocos ciudadanos actuales de la Unión podrían responder ante sus hijos sin temor a sonrojarse y perder los papeles, es decir, a quedar como completos idiotas ante la trascendental tarea de la transmisión del saber, Nooteboom, gran irónico sin fronteras, pero a la vez “viejo europeo” cargado de Historia, de Historias yuxtapuestas y ligadas, de azares y lenguas en ocasiones secretas (“el neerlandés es, con el albanés, el idioma más secreto del continente”), responde de una forma palmaria, simple: “Siéndolo, cualidad que se adquiere, por ejemplo, naciendo en los Países Bajos”. ¿Qué habilidades especiales se precisan para seguir siéndolo más allá del prosaico y breve momento del nacimiento?, se preguntará más de uno. Y entonces viene la larga lista de deberes, y fatales obligaciones, que cada uno puede rellenar mentalmente para aplicar el formulario técnico a su propia nacionalidad:

Quienquiera que esté dispuesto, en la persona de sus ancestros, a rechazar el asalto del mar, a secar las tierras, a dejarse gobernar durante la Edad Media por borgoñones, a trocar, ya en el amanecer de los tiempos modernos, ducados y condados por un conjunto de provincias y a federar éstas en una república de los siete Países Bajos unidos; quienquiera que tenga a bien guerrear con España durante ochenta años, colonizar un archipiélago al otro extremo del mundo, defender unos cuantos restos de monopolio librando batallas navales con los ingleses (pueblo que, siglos después, conserva la amargura de cada derrota bajo la forma de expresiones como double Dutch, Dutch uncle o going Dutch); quienquiera que desee, Bátavo resucitado, dejarse enrolar un tiempo por un hermano de Napoleón en un sueño francés de grandeza imperial y, cien años más tarde, ser aniquilado durante cuatro años por ejércitos alemanes, no sin haber persistido, al mismo tiempo, en contar, comer arenque, comerciar, mantener seca su tierra y también, gracias a Dios, en pintar, inventar microscopios y relojes de péndulo, en afinar el derecho marítimo y acoger a europeos de todos los orígenes expulsados de sus respectivos paraísos…

Europeos y, tendríamos que añadir, un gran número de exiliados y transplantados múltiples que arrastran consigo una variedad cada día mayor de paraísos fallidos, o cercenados, como lo atestigua actualmente la presencia en los Países Bajos de numerosos escritores en lengua neerlandesa venidos de las partes más remotas del planeta, desde el ugandés Moses Isegawa y el iraní Kader Abdolah al marroquí Abdelkadar Benali o la china Lulu Wang.
     Políglota (habla un perfecto español), nómada desde sus comienzos no sólo a través del viaje, del movimiento, sino de un buen número de géneros migratorios (poesía, novela, ensayo, periodismo, libros de viajes) que ha cultivado con igual pasión a lo largo de su vida, la amplia obra de este autor, eterno candidato al Premio Nobel en lengua neerlandesa, junto a su amigo el flamenco Hugo Claus, está representada, en sus traducciones al español, por novelas como Rituales (Edhasa, 1987), En las montañas de Holanda (Edhasa, 1990), La historia siguiente (Siruela, 1992), ¡Mokusei! (Siruela, 1994), Una canción del ser y la apariencia (Galaxia Gutenberg, 1998), El paraíso está aquí al lado (Galaxia Gutenberg, 1998), o la última aparecida, El día de todas las almas (Siruela, 2000), una gran y ambiciosa obra finisecular y laberíntica, ambientada en Berlín, y digna heredera, para clausurar el tormentoso siglo XX, del Berlin Alexanderplatz de Döblin o de flâneurs del extravío a lo Walter Benjamin. Por otro lado, con su ya insustituible libro de viajes por España, de minucioso y nada convencional despliegue de conocimientos y observaciones en torno a la cultura y el arte español, publicado con el título de El desvío a Santiago (Siruela, 2001), Nooteboom entraría a formar parte de ese panteón hispánico del siglo recién acabado reservado excepcionalmente a los ojos no autóctonos que mejor se han acercado o más agudamente han mirado nuestra tierra. Un panteón donde morarían desde el hoy de nuevo recordado y celebrado Gerald Brenan a Norman Lewis, Orwell, Hemingway, John Dos Passos, Malraux, Pieyre de Mandiargues, Robert Hughes, Hans Magnus Enzensberger o el mismo Peter Handke. A su vez, y gracias a ser un habitante fijo de la isla de Menorca al menos cuatro meses al año, Nooteboom se ha convertido en otro de los extranjeros ilustres, como Robert Graves, de identidad prestada balear. Una “esquizofrenia europea incurable”, como él la llama, que combina con otros dos puntos “de partida”, Berlín y Ámsterdam, desde donde se dirige hacia sus habituales e incesantes viajes encaminados a seguir construyendo su “hotel ideal en cinco estaciones y cuatro continentes”, la “suma cabalística” que encerraría “todos los números de las habitaciones de todos los hoteles” en los que se ha alojado a lo largo de su vida, como dice en su último libro aparecido en nuestro país, Hotel Nómada (Siruela).
     Un hotel que, en este caso, transportó consigo, entre los años sesenta y setenta principalmente, a través de depauperados países africanos de “difícil ubicación” y de independencias recientes, como Gambia y Mali, o a través de la Bolivia revolucionaria del Che y de Régis Debray, sacudida sin piedad por las condiciones infames en las que vivían mineros y campesinos, por gobiernos sucesivos y violentamente desalojados, o por la presión de “los barones del estaño” y de los poderosos vecinos del norte…
     “¿Hasta qué punto puede uno comprender su mundo?”, se preguntará Nooteboom con estupor, con pesar, ya al final, recorriendo con “un tremendo cansancio” (“no el ocasionado por los efectos del viaje, por las impresiones y la altura de esta tierra, si no por el tiempo, el tiempo en forma de Historia”) el Museo de Antropología de México. “¿Qué sería para un niño de Tenochtitlan ver una mariposa volar por el aire y posarse a su lado sobre una flor? ¿Sería para él un guerrero muerto que ha acompañado ya al sol en cuatro ocasiones o una mariposa más entre tantas otras?” “Sólo un perro podría caminar por aquí sin inmutarse”, se dice a sí mismo, paseando por delante de vasijas que han sobrevivido a la muerte y entre esqueletos desencajados por “la danza macabra” del tiempo.
     Intentando imaginar actos de barbarie y “civilizaciones que se conquistaron, se exterminaron y se hundieron las unas en las otras”, el holandés que una vez inventó en una novela montañas inexistentes para su país desprovisto de ellas, el niño que a los seis años perdió a su padre en un bombardeo de la aviación inglesa y desde entonces sintió “que algo había sido radicalmente borrado por un poder aniquilador venido de lejos” (“dejándome con las manos vacías pero con una fascinación permanente por el pasado”), emprende de nuevo su camino, de atrás hacia delante, y a la inversa, hasta donde sea capaz de soportar, de conocer: “El pasado me pertenece hasta donde sea capaz de soportarlo”, dirá en Hotel Nómada.
     ¿Existe el lector ideal? ¿Tienen nacionalidad los libros? Quizá en el caso de Nooteboom ese lector tendría que venir de Alemania, país donde se le considera todo un clásico moderno y donde sus ventas se disparan de forma más que notable. Dentro de poco, en el próximo mes de octubre, será su gran consagración editorial en ese país: aparecerán en la Editorial Suhrkamp sus Obras completas. También este año la cadena Arte rodará un programa especial dedicado a él, en las partes más diversas del continente europeo, para celebrar su setenta cumpleaños. “Como buena muestra de la diversidad europea, Hotel Nómada ha tenido una selección distinta en cada país”, explica Nooteboom. “Los ingleses eligieron Birmania y Australia. Los alemanes sacaron todo un tomo dedicado a Asia, con capítulos dedicados a Japón, Irán, Malasia, Tailandia y otros lugares, así como un tomo separado dedicado a Europa, exceptuando mis escritos sobre España. Luego vino este actual, que allí apareció con el título inicial de Hotel Nooteboom. El libro ha tenido muy buenas críticas en todos los países donde se ha ido traduciendo, pero tengo que decir que, quizá, no sea un libro para los ingleses. No acaban de entrar en él, en este tipo de literatura de meditación, de reflexión”. Una mezcla de ensayo y novela, de exposición de ideas y desarrollo narrativo de una historia, que siempre ha estado presente en los libros de este autor y que ha hecho de su literatura de ficción una literatura poco apta para el consumo rápido, para las lecturas programadas con base en el estrés frenético ambiental y las pocas ganas de implicarse intelectualmente, en profundidad.
     Volviendo al tema o modo de vida sustancial en este escritor que es el nomadismo (“una forma adaptada de zingarismo, con la desconfianza que eso suscita: alguien que nunca está o que puede volver a irse en cualquier momento”), en una conferencia sobre la inmigración en el continente, celebrada en Groningen en 1992 y recogida en Cómo ser europeos, Nooteboom decía: “Creo que este siglo, y sin duda esta región del mundo, no soporta ya el nomadismo, cualquiera que sea su forma: solicitantes de asilo, refugiados, boat people, zíngaros o vagabundos”. Nuevas formas de intolerancia antigua y tribal marcan los movimientos y los desplazamientos. En 1975, Nooteboom se encontraba con un fotógrafo inglés delante de la mezquita de la ciudad santa de Qom, en Irán. Reconocidos como “infieles” por un grupo de mollahs vestidos de negro, excitados y vociferantes, fueron rodeados, y uno de ellos le lanzó a la cara un espeso escupitajo “que todavía tengo la impresión de sentir cuando lo recuerdo: Proust tenía su magdalena, yo, mi escupitajo”. Proveniente de una familia católica, también le recuerdo que en alguna parte de su obra describió una escena violenta que le ocurrió a alguien de su familia, en la infancia: “Era mi hermana. Hay una parte de Holanda que aún ahora es muy protestante, muy fundamentalista. Por ejemplo, si sacan la mayoría en algún municipio, no se puede ir a nadar o practicar deporte en domingo. Cuando tienen que llevar a sus hijos a vacunarlos de la polio, se niegan… El caso es que durante un día sólo a mi hermana tuvieron que mandarla a una escuela protestante y allí la acorralaron, le escupieron y la insultaron con la palabra con que se nombra despectivamente a los católicos en Holanda. Cuando años después pasó aquello con el fotógrafo en Irán, la escena de fanatismo me volvió a la memoria. Lo que es curioso en las actitudes de los intelectuales es que recuerdo que en aquellos momentos Jomeini estaba aún exiliado en Francia y Foucault, que era homosexual, se había manifestado en su favor en numerosas ocasiones, porque se trataba simplemente de ir contra el Sha. La paradoja intelectual, como en tantas ocasiones, es enorme, ya que más tarde los homosexuales serían perseguidos en el Irán que ellos habían defendido”.
     A lo mejor es la precipitación el signo primario que los marca a muchos de ellos, le digo. Creen que tienen que correr sin demora hacia algún lado, que opinar sin dilación, que reaccionar tan pronto ocurren las cosas. “Yo me curé de todos estos falsos mitos, mitos de la izquierda principalmente, que es mayoritaria en medios intelectuales de países como Holanda, en Budapest, cuando era muy joven y donde estuve por casualidad en el año 1956, como corresponsal. Nunca se me olvidará la ansiedad, la esperanza, con la que se me acercaban las chicas y los chicos y me preguntaban: ‘¿Vienen ustedes a ayudarnos?’. Intelectuales que conozco, que han ido a todos los congresos posibles, desde Varsovia a La Habana, cuando, aún hoy, a alguien se le ocurre comentar delante de ellos algo sobre la dictadura cubana, siguen insistiendo, sin haber variado un ápice, en sus opiniones. No ceden, dicen tan sólo: ‘Yo no escupo sobre el manantial del que he vivido’. Se han equivocado muchas veces. En esto me he llegado a sentir algo solitario, porque muchos de mis amigos persistían en sus posturas. Yo nunca fui de derechas, pero en Budapest vi escenas terribles, cadáveres de miembros de la policía secreta tirados por el suelo, con la boca llena de billetes y la gente escupiéndoles mientras pasaba… Cuando uno luego narraba este tipo de cosas tan sólo contestaban: ‘Muy bien, sí, pero no se puede hacer la revolución sin romper huevos’. Yo siempre les respondo que el único país donde se tomó verdaderamente ‘en serio’ la literatura fue la antigua Unión Soviética…”
     Su novela El día de todas las almas estará principalmente dedicado al tema de la memoria, al trauma, herida supurante o tentación de olvido que arrastra toda memoria. Su libro gira como en un “ser para la muerte” en torno a Berlín, en torno a esa ciudad símbolo y eco de tantas cosas, que “había sufrido una turbulencia sin límites y cuyas consecuencias eran todavía visibles: si ibas de un lado al otro, atravesabas un extraño rictus, una cicatriz que seguirá viéndose durante mucho tiempo”, pero ¿qué cree él que sucede con la memoria de un país como España, que a sesenta años de haber acabado una cruenta guerra civil se pone de repente a desenterrar los huesos de sus fusilados? “Yo lo que conozco bien es Alemania y allí los primeros veinte años después de la guerra la gente no quería hablar ni de culpa ni de duelo. Pero después empezó la recuperación, la catarsis. Ustedes hicieron la transición, pero no se puede hacer la transición al mismo tiempo que el duelo. Es como un proceso de reflexión. Por ejemplo, yo, en Holanda, tenía dos amigos que estuvieron en Buchenwald. Pues bien, estas personas, veinticinco años después de la guerra, comenzaron lo que se ha llamado el ‘síndrome de campo de concentración’: pesadillas, depresión profunda… Si uno considera a los países como personas, se trataría de esto: de una herida enorme que en el caso de la transición se tapa y pasado el tiempo, cuando llegan los complejos, hay que ir al psiquiatra: hay que hablar de la juventud, de lo que ha pasado, de los traumas”.
     Expulsado de todos sus colegios, desde los franciscanos a los agustinos, un día, aún adolescente, coge la mochila, le dice adiós a su madre y haciendo autostop se lanza al descubrimiento de “Europa” por primera vez. Desde entonces no ha parado. A través de todo el continente, llega hasta Suecia y Noruega. Pero Provenza era su obsesión, su verdadero destino: el sur, el mundo mediterráneo. Algo más tarde, con apenas veinte años, publicará su primera novela, Philip en de Anderen (Philip y los otros, que en España aparecería con el título de El paraíso está aquí al lado). El libro se convierte en un éxito rotundo en su país. ¿La travesía empezó muy pronto, no?, le digo. “Hay, en efecto, un momento en que la vida cambia a través de las historias que se suceden. Recuerdo muy bien ese momento y recuerdo también que ya nunca paré. Era el año cincuenta y tres, tenía diecinueve años. Mi primer viaje fue hacia el norte. Luego me encontré con una chica francesa de la que me enamoraría y que en mi libro yo convertiría en china. Pero el libro lo escribí antes de ir a Provenza, es una Provenza de la fantasía, hecha de libros, en especial de uno que me dio ella y que nunca he releído: Le Mas Théotime, de Henri Bosco”.
     Más tarde, en 1957, tras el sonoro éxito obtenido con aquella primera novela, el joven Cees se embarca en un barco, un carguero llamado Gran-Rio que va hacia Surinam, pasando por Trinidad. Allí trabajará de marinero. Tiene 23 años. “Yo entonces era un soñador, pero ya había tenido experiencias duras, como el divorcio de mis padres. Además era algo difícil, en el sentido de tener componentes de la personalidad semiautistas. Primero estuve residiendo con una familia y no funcionó, luego me enviaron a unos monasterios, en los que se supone que tenía que estudiar, pero de los que me acabaron expulsando. Vivía en un mundo complicado y cerrado, de fantasía. Nunca pude acabar unos estudios convencionales, ni pude ir a la universidad, lo que a la larga se convirtió en un beneficio. La curiosidad que tenemos puede ir saliendo perfectamente por todos lados. En aquel tiempo, siendo marinero y trabajando en un barco con casi todos los marineros negros, a lo largo de todos los puertos del Caribe, vi un mundo completamente distinto. Mi mundo de soñador se encontró a sus anchas. A la vuelta publiqué un libro de relatos, que no hace mucho ha aparecido en Francia con el título de Le matelot sans lèvres. Para los lectores de mi primer libro fue algo chocante porque eran cuentos crueles, horribles, basados en aquella experiencia de vida en el mar”.
     “Viajar también es algo que hay que aprender, es una permanente transacción con los demás en la que, al mismo tiempo, uno está solo”, decía Nooteboom en el prólogo a aquellos primeros relatos, que en 1993 se volverían a publicar con el título de El rey de Surinam. ¿Ha cambiado en algo la idea del viaje? Y no es que tenga que haber por fuerza algo de nostalgia en esto. Simplemente hacer notar que, en el tiempo en que Cees Nooteboom empezó a viajar, no existía aún el turismo masivo, el turismo “social”, de prestigio tenuemente cultural, tal y como se da ahora, cuando se lee poco pero en cambio se viaja para comunicar luego a dónde se ha ido a parar, qué tanto de lejos o de exótico era el punto de destino. En otras épocas la gente se recomendaba libros —incluso libros de poesía—, hoy la gente se recomienda viajes. Existe el Dios del viaje, alentado por el Dios del mercado, que obtiene de ese movimiento planetario continuo dividendos más altos que a través de la incitación al conocimiento o a través de la enseñanza del arte. “En esto —dice Nooteboom— creo que sí, que hay dos especies de viajeros. Aunque esos de los que hablas son casi todos viajeros de dos o tres semanas al año. No es una vida, es un momento de no vivir la profesión habitual, la rutina, de evadirse, como quien se interna en un monasterio por un tiempo. Y que conste que no hay nada malo en esto. Pero, por otro lado, también conozco a gente joven, hoy en día, que, por ejemplo, al acabar el bachillerato, se va durante un año y medio alrededor del mundo, trabajando al mismo tiempo. Esto lo hicieron los hijos de un amigo mío que vive en Menorca. Estuvieron en Australia, en América Latina. Éstos creo yo que son auténticos viajeros y sin duda les cambiará sus vidas. Con un viaje organizado no creo que cambien mucho. Está bien, es interesante que se vayan por un tiempo lejos de su casa, al Yemen, a Kenia, a donde sea, y que conozcan los problemas del mundo. Pero no es lo mismo que yo hago normalmente, que es un viaje sin límites, que es mi vida habitual. Yo viajo de otra manera, pero para eso hay que tener una cosa: tiempo. A las personas que van con un grupo a Siria o Egipto para un viaje cultural, las respeto, pero nunca será lo mismo que tomar un avión en solitario, ir a Bangkok y preguntar dónde están los autobuses que van al norte e iniciar así una aventura personal. Aunque no estoy nada de acuerdo con esa visión pesimista de la poesía: cuando he hecho lecturas he comprobado que la gente sigue viniendo, que se llenan las salas. En todos los países es una minoría, de acuerdo, pero sigue siendo una minoría ferviente, atenta. Vienen sinceramente a escuchar. Se crea un gran silencio alrededor. Eso es muy importante en nuestros días”. –