Los muertos no se van nunca. El suicidio de Myriam de Nogales trae a la memoria el intento, afortunadamente fallido, de otra Myriam de Nogales, la madre de la escritora Melba Escobar. La dos Myriam, tía y sobrina, quedan así unidas por el gesto, en un caso logrado y en otro no. Melba Escobar, escritora y periodista colombiana, empezó a escribir Las huérfanas tras el suicidio de su prima Myriam, con la que convivió en Bogotá a finales de los noventa. “Teníamos también un gato, Aquiles. Un gato malo y obsesivo que me perseguía y me arañaba cuando buscaba estar sola. Antes de Aquiles hubo también una gata, Renata. Pero Renata murió. Ahora que lo pienso, mi historia ha estado marcada por las muertes a mi alrededor. Bueno, la de todos, claro. Pero yo he venido a hablar de los míos, que son los que conozco. Con la decisión de mi prima, volvieron a bombear en mis arterias los muertos que corrían por mi sangre”.
Repeticiones y ecos. Hay dos Myriam y las dos intentaron suicidarse. Pero no es lo único que se repite en la historia familiar de Melba Escobar: los traslados de vidas y raíces entre España y Bogotá están presentes en cada generación. Dice Escobar que en su familia hay psiquiatras (como su abuelo) y psiquiátricos (su madre, su prima… ). Myriam no es el único nombre que se repite: hay también dos Melba. A la escritora le pusieron el nombre de la hermana de su padre, soltera sin hijos propios –un personaje fascinante–, que se ocupó de las niñas que ya habían nacido cuando tras el intento de suicidio de la madre de la escritora, pasó una temporada en un psiquiátrico para recuperarse de lo que hoy habría sido diagnosticado como depresión posparto. Los ecos funcionan casi como una provocación literaria: “Las historias se repiten una y otra vez, y acaso ponerlo por escrito sea una forma de conjurar el maleficio. ¿Será esto lo que intento hacer aquí? ¿Un acto de psicomagia? ¿Un exorcismo del destino?”
Colombia, España, el telón de fondo. Las huérfanas es una investigación en la historia familiar, en la memoria íntima de la familia, pero de manera inevitable se cuela el contexto histórico y van entrando asuntos más globales, como la violencia, el narcotráfico o las migraciones. Aparecen de manera coyuntural, pero están ahí.
Comprender a la madre. Las circunstancias no eran fáciles para la madre de Melba: había conocido al padre de sus hijas en París, viajó a Colombia sola, embarazada y con una niña. Una vez allí, el recibimiento no fue el más caluroso, no solo por el apodo que le pusieron, “la española”, además llegó en pleno duelo por un sobrino ahogado y el duelo imponía luto y silencio. No había ducha, no había ni agua caliente y el marido tardaba en reunirse con ella. “Mamá se arrojó por la ventana de un cuarto piso once años antes de tenerme. Papá solía estar más fuera que dentro, como un perro callejero, pero esa vez fue el principal testigo de lo que pasó. Ayer, sesenta años después, hablamos por primera vez del tema con mi hermana Laura. Ella dice recordar el sonido del cuerpo al caer. Me lo dice por teléfono desde Bogotá, donde ocurrió el accidente y donde vive. Se lanzó de un cuarto piso, repite”. Las huérfanas establece un diálogo con otras obras, como Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan o con No he salido de mi noche, de Annie Ernaux. Puede leerse también como un intento de comprender a la madre y reparar las carencias de la maternidad de la suya en la propia: “Nunca le pregunté cómo había aprendido a cocinar, quién le había enseñado. Mamá quiso ser la mamá que ella no había tenido, así como yo intento ser la que ella no fue”. Las huérfanas es mucho más, es un libro inteligente, de gran complejidad estructural y profundamente respetuoso con la intimidad familiar.