Entrevista a Juan Carlos Méndez Guédez: “La literatura no solo va a contracorriente, también llega antes a ciertas ideas”

En 'Round 15', el escritor venezolano explora la relación entre el boxeo, el amor, el abandono y el insomnio.
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¿De dónde procede tu interés por el boxeo? La novela traslada una relación nostálgica.  

El boxeo me habla de tiempos de infancia y juventud. Me habla de amigos con los que contemplaba esas peleas; me habla de mi madre contándome la pelea Foreman-Norton que no pude ver porque me quedé dormido. Me habla también de lunes en los que yo contemplaba a solas las peleas porque se supone que era un ritual compartido por el padre con sus hijos, y yo crecí sin esa figura.

Pensar en mi relación con el boxeo me hace recordar lo que dice Joyce Carol Oates cuando afirma que ella no disfruta de los combates en el sentido habitual de la palabra, pero que la vida es como el boxeo en muchos sentidos, y que, sin embargo, el boxeo solo se parece al boxeo.

Pero volviendo a tu pregunta, hay un hilo que une todo lo que te cuento sobre mi propia relación con los combates: la afectividad, los otros que estaban allí conmigo en ese momento frente a una pantalla de la tele; y lo cierto es que lo afectivo es una búsqueda constante en lo que escribo. Quiero emocionarme y emocionar en lo que narro. Pero ojo, nunca olvido una tarde cuando entrevisté a Yolanda Pantin y ella me recalcó: todos tenemos emociones, las emociones por si solas no bastan para hacer literatura. Así que el boxeo fue ideal para producir esa tensión entre lo sentimental y la creación de una forma en la que la estructura y lenguaje produjeran una emoción perturbadora.

Lo he dicho en otras oportunidades; cuando narras, sabes que esa historia muy probablemente ya figuraba en algo tan remoto como el Cantar de Gilgamesh, pero por eso mismo debes producir la impresión de que eso que cuentas sucede por primera vez en la humanidad. Tienes que crear esa ilusión en el lector, que sienta revivir esa mirada lúdica de la infancia cuando las cosas sucedían por primera vez.  

Eso le pasa a Francisco, protagonista de la novela: en su mente están los boxeadores de su infancia. 

Bueno, es que yo el boxeo actual lo conozco muy poco, pero tengo muy fijadas las peleas que vi en los años setenta, ochenta. Hay como un asombro, como un descubrimiento propio de ese tiempo. Por ejemplo, yo intuí los matices de la solidaridad en una pelea de Nicolino Locche. No sé bien cómo explicártelo, porque sigo pensando en esa pelea que él perdió con Pambelé y siento una profunda y hermosa tristeza. Allí pasó que Locche ya no era el genio que bajaba los brazos, adelantaba la barbilla y con movimientos de cintura hacía fallar al contrario todos los golpes. Esa noche lo estaban destrozando. Entonces, creo que, en el noveno round, sus asistentes lo refrescaron, lo limpiaron, fingieron que todo estaba bien, pero cuando sonó la campana uno lo sujetó por la espalda y el otro lanzó la toalla. Ya no tenía ningún chance, pero Locche no sabía rendirse y sus colaboradores tuvieron que hacerlo por él. Yo de niño, lo que vi allí fue a un hombre que lloraba, un hombre traicionado, pero con el tiempo comprendí que el verdadero gesto de afecto que podía tenerse con Locche era sacarlo de ese ring.

Podría citarte otros combates, otros boxeadores, y lo que buscaría siempre en esos combates es una metáfora de la condición humana; una metáfora parcial, ruda, incompleta. Quizá eso explica que en Round 15 la atención se centre en el personaje protagonista que está viviendo una noche de insomnio y en la figura de Leonel Hernández, un fino estilista que luchó cinco veces por el título y nunca pudo ser campeón. Quizá intuyo allí la idea del destino: un poco como lo veían los griegos, esa fuerza sobrenatural que es superior a las personas, y que te termina alcanzando vayas donde vayas.

Leonel Hernández tuvo cinco oportunidades: en la primera se enfrentó a un fuera de serie como Alexis Arguello y no tuvo chance, otro par de veces no hizo méritos para ganar, pero en otras dos los jueces le robaron la pelea. Perdió de todas las maneras posibles. Hiciese lo que hiciese, el resultado era idéntico. Él mismo se lo declaró a un periodista: yo no nací para ser campeón mundial.

Te hablo entonces de asuntos que me conmovieron años atrás y que me siguen perturbando. Esa pregunta básica que no sabría responderte: ¿existe el destino? ¿hay personas que están marcadas por el destino y otras no lo están?

Más allá del boxeo, la novela es una historia de amor. Transcurre a lo largo de una noche en la mente de un hombre que rememora una relación que ha llegado al último round. Me gusta mucho cómo manejas el tiempo, la longitud de la noche. 

Sí, es una novela escrita con una cierta lógica del insomnio, con la temporalidad del insomnio. En un insomnio cabe todo el tiempo y el tiempo transcurre de otra manera. Así que en esas seis horas el personaje puede recuperar veinticinco años de vida. Allí creo que se notan esas alternancias; está el tiempo de los relojes, y el tiempo interno del personaje.

Fernando Rísquez habla del tiempo del amor como un tiempo sin tiempo; y de entrada puedes pensar en esas horas que parecen congelarse por el hechizo amoroso; pero se me ocurre que esa temporalidad alterada también es propia de la ruptura, de la espera, de la desesperanza final.

Y piensa algo más, el boxeo es un asunto de tiempo. Los combates están muy demarcados. Tres minutos de lucha, uno de descanso, y un número determinado de rounds. Pero sobre todo, el boxeador lucha contra el tiempo; ese tiempo funesto de diez segundos que reposa en el dedo del referee. La idea del nocaut es un estallido de la temporalidad: tienes exactos diez segundos para ponerte en pie.  

Espero que algo de eso se intuya en mi historia.

Yendo a la trama, sin desvelar demasiado porque hay sorpresas, esta es la historia de un malquerido, un personaje de bolero. ¿Qué te atrae de este perfil?

Yo en mis lecturas de juventud comprobé que me interesaban más los personajes frágiles que los poderosos y heroicos. Prefería leer la fragilidad de algunos personajes de Francisco Massiani; a los personajes civilizadores, pioneros y correctos de las novelas de Rómulo Gallegos. Me seducía más una novela como Ifigenia de Teresa de la Parra, a Peonía de Romero-García. Prefería la sugerencia de la duda a la claridad expositiva de ciertos personajes.

Dentro de esa visión de la fragilidad, siempre me conmovió mucho un bolero que le escuché a Javier Solís, en el que se hablaba del malquerido: un hombre resignado a convivir con una mujer que ama a otro hombre. En el discurso cotidiano que yo escuchaba en las calles eso no sucedía jamás, piensa que era un mundo en el que se decía que los hombres no lloraban, ¿cómo iba entonces a ser posible que un hombre aceptase esa debilidad, esa dependencia? Comencé a sospechar que muchas canciones revelaban cosas de las que no se hablaba normalmente. Y luego comprobé que las novelas también operaban de la misma manera. Eran discursos en los que se lanzaba el foco sobre partes de la existencia de las que no se hablaba en la calle.

Por eso me encanta la narrativa de autores como Manuel Puig, Soriano, Bryce Echenique, Massiani, que lanzaron el foco sobre un mundo sentimental, configurado por canciones populares, por discursos considerados menores como las películas de serie B o los folletines, en los que yo encontraba una visión más auténtica sobre los sentimientos que la que se expresaba públicamente.

Contrasta la debilidad del personaje con la contundencia del boxeo. Él es incapaz (como su padre) de levantar la mano a nadie, ni siquiera de imponerse dialécticamente en una discusión, pero ama el boxeo

Es cierto. No me había percatado de ello. Pero la condición humana está hecha de capas, de sinuosidades, de contradicciones. Cierto es que el mundo actual tiene una tendencia hacia lo plano, hacia la ausencia de relieves, hacia una transparencia que no permita las opacidades y que facilite la vigilancia de unos contra otros. Y la literatura siempre va a contracorriente, mientras más veloz sea el juicio colectivo sobre cualquier tema, más lenta debe ser la sugerente exposición que pueda provenir de una ficción basada en un personaje. Lo real es que el protagonista de Round 15 ama el boxeo, pero parece incapaz de defenderse de manera frontal contra los golpes que recibe de la vida.

Recibe muchos golpes eso no hay duda. Quizá le atrae del boxeo que es un deporte con reglas, mientras que él recibe todo tipo de golpes bajos. 

Claro, hay reglas, hay límites, hay separaciones, momentos de lucha, momentos de reposo, y no se puede atacar de cualquier manera. Y en el boxeo hay un principio y un final muy delimitados. La pelea acaba en el último round o un poco antes si ocurre un nocaut. Pero el protagonista de esta novela es insomne, y en el insomnio esos límites quedan borrados. ¿Cuándo comienza una noche de insomnio? No lo sabemos. Todo comienza con dar vueltas en la cama, con sentir que nos arde el cerebro, ¿cuándo termina el insomnio? También lo ignoramos; el amanecer podría ser un límite, pero desconocemos si el insomnio se ha quedado en nuestra almohada, esperando para retornar la siguiente noche. Es posible que esas reglas claras del boxeo le permitan al protagonista de Round 15 atisbar un cierto orden que su sueño le niega.

Sin embargo, a pesar de su debilidad, él sabe tramar y conspirar, un rasgo comúnmente atribuido a las mujeres pero que los hombres también practican.

Fíjate algo, la literatura no solo va a contracorriente, sino que también llega antes que las sociedades a ciertas ideas. Ya desde los años setenta las novelas de Bryce Echenique recalcaban figuras que contradecían la imagen impecable, poderosa, que podía expresarse públicamente de lo masculino. Lo mismo sucede con Manuel Puig o con Francisco Massiani. Elaboraron personajes singulares, que rebatían esa rigidez de las identidades colectivas. Martín Romaña no es la esencia de la identidad masculina latinoamericana de los años sesenta; es solo Martín Romaña. Un ser con capas, con contradicciones, con momentos de exaltación y de quiebre.

Cuando yo era niño, dentro de esa rigidez social que asignaba unos roles muy definidos a cada sexo, se supone que la intriga, el chisme, los dobleces eran propios de las mujeres. Un modo más de descalificarlas, por supuesto; pero yo que fui criado por las veinte mujeres que conformaban mi familia, comprendí que eso era falso. Cada una de ellas era un mundo, cada una de ellas era una singularidad; y de ese mismo modo con los años comprendí también algo muy obvio: hay hombres que sobreviven no desde lo frontal, sino en ese territorio del chisme, del falso olvido, de la pequeña treta.

El personaje de Round 15 se vale de la triquiñuela, del fisgoneo, para lograr su único objetivo en la vida, que es estar junto a la mujer que ama. Eso resultado me interesó mucho. Fue algo inesperado que surgió en la escritura.

Hace poco escuchaba a Marta Sanz y Pilar Adón comentando lo delicioso y sorprendente que es ese momento cuando en la novela todo parece calzar de golpe. Pues algo así me sucedió al ver que este personaje débil, confuso, al que los acontecimientos parecían llevarse por delante, en el fondo tenía unas herramientas sigilosas para salir adelante. De hecho, él llega a compararse a sí mismo con una hiena.

¿Y sabes que me hace recordar? A Chuck Wepner, un boxeador del montón que al parecer es la inspiración de la película Rocky.  Wepner un día tuvo la gran oportunidad de su vida, luchar por el título contra Alí. No tenía ningún chance, pero era su gran oportunidad. Así que allí estuvo aguantando y aguantando, y en el noveno round inesperadamente tumbó a Alí. Al parecer, llevaba toda la pelea intentando hacer trampas, y en ese momento, logró dar un pisotón al campeón y pudo derribarlo. Al final perdió, claro, pero durante unos segundos, su treta dio resultado.

Háblame de la suegra de Francisco, ese personaje –literalmente– omnipresente en su vida.

Yo creo que la literatura efímera, comercial, es aquella que recalca en cada momento las situaciones y personajes con los que una sociedad se siente cómoda. Pero a mí me interesa el desvío, la fisura, el quiebre. La especie de lucha eterna entre las suegras y los yernos es un terreno muy frecuentado por el humor popular; pero es que en Round 15 esa omnipresente suegra se revela como el único nexo real que existe entre Francisco y su esposa. Es ella la argamasa que los ha mantenido unidos. En cierto modo, ambos han sido sus rehenes; y por ese motivo Francisco comienza a extrañarla.

Me interesó esta figura de la suegra porque junto con el protagonista y su esposa conforman un curioso triángulo afectivo. Un triángulo en el que el amor va y viene entre los personajes, pero de una manera turbia, asfixiante.

La ficción narrativa que me importa es esa que descubre en la aparente normalidad un agujero inesperado. Recuerdo ahora El mar, el mar de Iris Murdoch. Allí hay una supuesta historia de amor, de reencuentro, pero lo perturbador es la vuelta que te da la historia al punto de transformar la dulzura del sentimiento amoroso en una tentativa de canibalismo afectivo. Amar tanto al otro que lo encierras e intentas devorarlo.

– De fondo están las dos décadas en que Venezuela ha desaparecido en el abismo. ¿Cómo es conjugar esa triste realidad política con una historia de amor?

Imagino lo dura que debió ser la vida de los españoles que padecieron el franquismo, y la de los cubanos que siguen sufriendo el castrismo. Te lo digo porque tener una dictadura es llevar siempre un peso sobre los hombros, sentir que debes pedir perdón a la vida cada segundo solo por el hecho de respirar. Los que viven allí, porque la padecen cotidianamente; los que están fuera, porque en cierto modo las noticias los persiguen. Es inevitable que eso se filtre a la escritura. Escribir es un modo de procesar ese dolor crónico.

Pero al mismo tiempo, uno no puede hipotecar y entregar la vida a ese dolor. Blanco Fombona confesaba en sus diarios que su odio a la dictadura del General Gómez le destruyó la existencia y su propia obra.

En el caso de Round 15 yo quería escribir una historia sobre insomnio, boxeo, abandono. Por su ubicación temporal era inevitable que la dictadura y su horror estuviesen de fondo. Pero quise siempre que fuese un decorado. El primer plano estaba situado en ese hombre que bebe café una madrugada y comprueba que su destino lo ha alcanzado, que Leonel Hernández no nació para ser campeón del mundo y que él no nació para ser feliz con la mujer que ama.

Hay algo fascinante. En medio del horror colectivo siguen ocurriendo pequeñas historias de la ternura, de lo íntimo. Juana Salabert contaba una vez cómo hubo niños en los espantosos campos de concentración nazis que lograron sobrevivir porque algunos otros presos les contaban pequeñas historias, y también recuerdo la historia de un preso de la dictadura de Videla que usaba las verduras de su comida para pintarle dibujos a sus hijos. Es fascinante esa capacidad humana de intentar salvar algo; incluso la singularidad de una derrota personal.

En Round 15 el espanto de la Venezuela actual sucede tras las ventanas de un apartamento, pero hay un personaje que vive a solas su pequeña historia, su pequeña derrota. Él ha vivido una incompleta historia de amor, pero es lo único que tiene, y desde su memoria logra salvar ese único tesoro que le queda.