Escritores sin mercado: los desterrados

Quienes escriben dentro o fuera de Venezuela enfrentan un dilema clave: no tienen mercado.
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La frase, de entrada, es tan breve como áspera. Atenta contra la ambición artística, contra la idea humanista, por no decir romántica, de la literatura; contra la versión más amable que tenemos de nosotros mismos.  Me la dijo hace muchos años Jorge Herralde en la sobremesa de una comida en Coyoacán, en Ciudad de México. Hablábamos del destino de los escritores y de las escritoras de Venezuela, un país que –ya en ese entonces– empezaba a construir firmemente su derrumbe.  

En aquel momento, me sentí incómodo, traté de reaccionar con algún tipo de cuestionamiento, hice un manoteo un poco inútilmente. Los años le dieron la razón a Herralde.  Hoy las estadísticas son abrumadoras. Desde la llegada de la autodenominada “revolución bolivariana”, han desaparecido el 80% de las librerías y otros puntos de venta de libros. Según la Cámara Venezolana del Libro, actualmente solo hay 52 librerías en el país.  La crisis económica, que estalla en el 2013, antes de que se establezcan las sanciones internacionales que pueden alimentar la –tan eficaz como falaz– narrativa del “bloqueo,” es la consecuencia natural de todas las políticas implementadas por Hugo Chávez, perfecto ejemplo del populismo petrolero que –durante sus gobiernos– saqueó la riqueza nacional y destruyó la frágil institucionalidad de la nación.

El salario mínimo en Venezuela es aproximadamente, dependiendo de las variaciones cambiarias, de 1 dólar por mes.  Ese también es el sueldo de un profesor en cualquier universidad pública.  La gente hace maromas y se reinventa para trata de conseguir ganar 20 dólares mensuales.  Es lo mismo que vale un libro.  Chávez mandó a imprimir 500 mil ejemplares de Los miserables y ordenó que fueran repartidos gratuitamente en las plazas públicas de ciudades y pueblos.  Hoy nadie puede comprar un libro. Casi un tercio de la población –9 millones de personas– ha huido hacia el exterior.  Y el país se ha llenado de historias que bien podría haber escrito Víctor Hugo. 

El ecosistema literario venezolano, donde debían fluir natural y libremente los escritores, los libros y los lectores, está destruido. Tanto los escritores que vivimos en el exterior como aquellos que se encuentran en el país nos encontramos suspendidos en un mismo territorio que poco a poco se ha ido deshaciendo: el espacio de la palabra escrita y del intercambio simbólico, la experiencia de la lectura. Es una identidad que, incluso en la era digital e  intentando cualquier tipo de resistencias, ha ido perdiendo su cuerpo y sus lenguajes.  

Escribir, publicar y tratar de vender libros en Venezuela es una proeza épica y muchas veces desoladora para todos aquellos que integran y participan de cualquier manera en el circuito editorial. A la situación económica catastrófica también hay que sumarle las dificultades y los riesgos que conlleva trabajar con contenidos en un país donde una mujer acaba de ser juzgada por mandar un audio telefónico a sus vecinos, llamando a votar en contra de Nicolás Maduro en las pasadas elecciones de 2024. Con los cargos de “traición a la patria y conspiración”, esta mujer ha sido condenada a 30 años de prisión. Las palabras son muy peligrosas.

La ilusión de que afuera hay una vida literaria posible –fructífera, prestigiosa, rentable– es un espejismo natural y tentador.  A veces, la manera intermitente en que la tragedia venezolana puede o no encender de nuevo el interés mundial, logra algunos avances, ciertas publicaciones, un leve ruido en las redes sociales que puede volver alimentar, o mantener algo latente, la fantasía de que el exilio es una oportunidad. Sin embargo, es larga y prolija la tradición de escritores que –por una u otra razón– debieron abandonar sus países de origen para refugiarse en otras tierras.  Muchos de ellos han dejado constancia de esta condición en sus libros de ficción, en ensayos, en artículos y entrevistas. La extranjería casi podría ser un género literario.  Una idea recurrente recorre el espíritu de estos textos: la pérdida de contexto y por lo tanto la pérdida de sentido; la noción de ser nadie; el tránsito del reconocimiento al desconocimiento absoluto como un vértigo crucial que define una nueva forma de vivir. La supervivencia del exilio conlleva la soledad y la ausencia, la nada de ser una voz sin tribu. 

En “Llorar a las orillas del Mapocho”, Augusto Monterroso relata su vida de exiliado guatemalteco en Chile, estando en el trance de necesitar dinero y de conseguir finalmente que una revista comercial le encargue la traducción de un cuento de Ellery Queen. La faena de llevar al español un texto mediocre sobre un crimen entre lanzadores de béisbol termina en hartazgo, en estallido, rabia e impotencia: en una renuncia. Al final, sentado a las orillas del río Mapocho, en Santiago, el escritor llora “de humillación” y solo sueña con unas copas de vino que puedan devolverle la esperanza. 

Ya se sabe: cultural y creativamente, son múltiples y enormes las ventajas de la migración. El desarraigo, el encuentro con lo desconocido, la experiencia de la otredad han nutrido y desarrollado todo lo que somos. La historia de la humanidad es, finalmente, la historia de la diversidad.  A veces violenta y atroz, pero también, a veces, generosa y abierta, cordialmente festiva. No siempre, sin embargo, los protagonistas de las migraciones, pueden vivir y reelaborar sus experiencias de esta manera.  Serguéi Dovlátov, quien logró escapar de la Unión Soviética y sobrevivir entre el periodismo y el vodka en Nueva York, dejó un testimonio en su libro Oficio de las angustias y preocupaciones que tenían quienes planeaban escapar del horror disciplinado de la revolución rusa: “Preparar la emigración es imposible. Imposible prepararse para un segundo nacimiento. Imposible prepararse para la vida de ultratumba. Solo queda resignarse.”

He tratado de girar, de forma menos cruda, alrededor de la primera frase de este texto. Ahora sin comillas: escritores sin mercado.  Al desaparecer la comunidad lectora original, la primera interlocución que tiene la escritura, se produce de inmediato el vacío. Por más grande que sea, la diáspora no es considerada como un mercado articulado, capaz de responder a los procedimientos de la industria. Por más digitalizado que se encuentre el negocio editorial, tampoco garantiza una cohesión identitaria, no construye una nación. Lo que ocurre ahora en Venezuela –que lamentablemente se da de igual manera en Cuba y en Nicaragua– adquiere una dimensión mayor y más brutal porque se trata, ya no de algunos casos aislados, emblemáticos, o de un grupo de escritores determinado, sino de las generaciones literarias de un país que intentan sobrevivir como extranjeros, tanto dentro como fuera de su propio territorio. 

Pero hay una épica del desarraigo que insiste día a día en la palabra escrita. Cumpliendo con una de las persistentes paradojas de la historia, cuanto más vacío y más censura, también surge con más fuerza la urgencia por nombrar y por contar.  De donde menos se espera o se sospecha, afuera o en interior del país, aparecen nuevas iniciativas, voces distintas, propuestas innovadoras…

En el fondo, todos de alguna forma hemos sido desterrados. Escribimos con las raíces al aire, tratando de inventar un nuevo mapa, un espacio donde leernos, el lugar –sin tierra– donde estar de nuevo juntos.


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