España en Filipinas, 1521-1820

El volumen 'Más hispánicos de lo que admitimos 3' abarca los tres primeros siglos de presencia española en Filipinas y estudia cuestiones literarias, políticas y sociales.
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La literatura filipina en español es una de las tradiciones asiáticas más importantes en una lengua europea. Sin embargo, no es muy conocida. Por un lado, los hispanistas tienden a especializarse en España o Latinoamérica. Por otro lado, pocos filipinos dominan el español. Historias generales como La literatura filipina en castellano (1974) de Luis Mariñas son útiles como presentaciones panorámicas, pero no como estudios en profundidad. Además, las introducciones a la literatura hispanofilipina o bien no mencionan el Siglo de Oro o bien lo hacen de pasada. En otras palabras, los textos sobre Filipinas producidos en los siglos XVI-XVII suelen quedar en el limbo.

Dado este contexto, la publicación de More Hispanic than we admit 3 [Más hispánicos de lo que admitimos 3]es una excelente noticia. Editado por Jorge Mojarro, el volumen abarca los tres primeros siglos de presencia española en Filipinas. Sus dieciocho ensayos abordan múltiples aspectos de las interacciones entre españoles y filipinos. Tratan cuestiones literarias, artísticas, históricas, religiosas, políticas, sociales y económicas. Por la extensión de la obra (568 páginas), no escribiré sobre cada capítulo, pero sí sobre los que más me han interesado. Daré los títulos traducidos, pues el volumen está en inglés.

El ensayo “Traduciendo ‘Asia’ en los textos misioneros coloniales filipinos” de Marlon James Sales se ocupa de las primeras historias y gramáticas misioneras del tagalo. El autor utiliza teoría de la traducción porque, en cierto sentido, los historiadores traducen el pasado para el presente. Si bien su corpus está en los márgenes de los cánones literarios tradicionales, aporta información muy relevante. Por ejemplo, la inexistencia de un concepto de “Asia” en aquella época. Sirva de ejemplo la crónica del franciscano Marcelo de Ribadeneyra. Ante la falta de un espacio asiático geográfica y culturalmente unitario, su título se desborda: Historia de las islas del archipiélago [Filipinas], y reinos de la Gran China, Tartaria, Cochinchina, Malaca, Sian, Camboya y Japón (1601).

Otro aspecto incomprendido por los españoles fue la labor pastoral de algunas mujeres filipinas. “Las babaylanes y catalonanes a principios del periodo colonial español” de María Svetlana T. Camacho aborda esta cuestión. Dada la importancia de estas sacerdotisas en los rituales religiosos prehispánicos, los misioneros las veían con recelo. Véase la siguiente cita de Pedro Chirino, el primer cronista jesuita del archipiélago: “Halláronse también dos mujeres tagalas que años había eran catalonas y, aunque cristianas bautizadas, ejercitaban su diabólico oficio” (Historia de la provincia de Filipinas de la Compañía de Jesús, 1581-1606). Cronistas como Chirino ilustran un rasgo característico de la Contrarreforma: la identificación de la diferencia religiosa con el diablo. Todo lo que se apartara del catolicismo era satánico y debía ser combatido. Con el tiempo, las babaylanes y catalonanes fueron suplantadas por los sacerdotes católicos. No obstante, las crónicas narran casos de resistencia femenina a la conquista espiritual. Hace bien Camacho en estudiarlos, pues el tema permite dar a la mujer filipina el protagonismo que merece en la historia de su país.

Por su parte, Kristie Patricia Flannery investiga otro episodio poco conocido por el gran público en España: la ocupación británica de Manila (1762-1764). “Diplomacia militar y construcción imperial en el mundo Indo-Pacífico durante la Guerra de los Siete Años” arroja luz sobre la leyenda negra española, que en este caso jugó en contra de los británicos. Sus oficiales dieron por hecho que los filipinos, oprimidos bajo el yugo español, recibirían la ocupación extranjera con los brazos abiertos. Sucedió todo lo contrario: horrorizados por el saqueo británico de iglesias y conventos, los filipinos defendieron Manila frente al invasor. Como cuenta Flannery, la fe católica compartida fue un sólido vínculo de unión de los súbditos imperiales con la monarquía española.

El otro nexo era la lengua castellana, aunque nunca llegó a implantarse en Filipinas en el mismo grado que en Latinoamérica. Quizás por eso el archipiélago no produjo luminarias como un Inca Garcilaso o una Sor Juana. Pero sí autores notables, dignos de más estudio. Jorge Mojarro los analiza en “La literatura hispanofilipina colonial entre 1604 y 1808”. Apenas hay una decena de autores hispanos de origen filipino (nativos, mestizos o criollos) en este período. Uno de ellos fue Bartolomé Saguinsín, un cura tagalo que escribió un poema en latín (Epigrammata, 1766) para ensalzar al gobernador Simón de Anda y Salazar, que expulsó a los ingleses. No obstante, el grueso de la producción hispanofilipina colonial (crónicas, relaciones de martirios, relaciones de sucesos) fue obra de españoles peninsulares. Ahora bien, Mojarro explica que sí hubo filipinos a cargo de las portadas y los grabados de los libros publicados en Manila. Este capítulo también interesa por su teorización sobre la literatura hispanofilipina como una extensión de la literatura colonial latinoamericana. España conceptualizó las Indias como un espacio transpacífico y también lo fueron muchas de sus crónicas.

Por último, “El arte y la arquitectura filipinos entre la islamización, la colonización hispánica y la resistencia” de Gaspar A. Vibal aborda la evolución de las tres tradiciones mencionadas en su título. Aquí ayuda el hecho de que el volumen, espléndidamente impreso, incluya ilustraciones en color (algunas también disponibles en línea). De este capítulo destacaría las páginas sobre el arte de los primeros de Filipinas. Entre otras muchas obras, Vibal examina las ilustraciones del Códice Boxer (un manuscrito ya reseñado en Letras Libres) y un curioso cuadro de 1684 sobre la primera rebelión de los sangleyes o chinos de Manila (1603). En él aparece San Francisco de Asís por duplicado: por un lado, se arrodilla ante Cristo en la cruz al recibir los estigmas; por otro lado, ayuda a los españoles a expulsar de Intramuros (el centro amurallado de Manila) a los rebeldes chinos.

Hay continuidades en la historia: la representación manileña de San Francisco no puede entenderse sin Santiago Matamoros; la literatura hispanofilipina de los siglos XIX y XX tampoco sin el acervo que la precede. Doy ejemplos. La élite decimonónica filipina conocida como los ilustrados, formada en Europa y encabezada por el héroe nacional José Rizal, estaba muy familiarizada con las crónicas españolas. Su Noli me tangere (1887), la novela fundacional del archipiélago, contiene varios episodios que satirizan la milagrería típica de las crónicas eclesiásticas. Ya en el siglo XX, grandes novelistas (Antonio Abad, La oveja de Nathán, 1929) y poetas filipinos (Flavio Zaragoza Cano, De Mactán a Tirad, 1941) se basaron en las crónicas para recrear la época colonial española en su ficción.

En definitiva, no se puede empezar la casa por el tejado: recuperar la literatura filipina en español implica estudiarla desde sus orígenes. De ahí la importancia de More Hispanic Than We Admit 3, un volumen que sienta las bases para investigaciones futuras.  

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