He viajado mucho, literariamente hablando, en los últimos quince días, que son los que he empleado en leer las algo más de quinientas páginas de apretada tipografía –y sin índices, ay– que ocupa esta biografía de Álvaro Cunqueiro a cargo de Antonio Rivero Taravillo; quiero decir, he viajado a donde biógrafo y biografiado me han querido llevar: a Galicia, Barcelona, Irlanda, Bretaña, incluso Suecia y Dinamarca, con no pocas excursiones colaterales –de ahí los quince días empleados– a, por ejemplo, alguna que otra recóndita sala de cine donde ver La marca del hombre lobo y algún que otro excusable bodrio –o no tanto, porque ahí está también la salvable Chantaje a un asesino– a cargo de Enrique López Eguiluz, el cineasta que, según Rivero Taravillo, se interesó por llevar a la pantalla la novela de Cunqueiro Un hombre llamado Orestes.
Estas son algunas de las malsanas derivas de mi curiosidad, que tanto se parece a la dispersión. Lo que me lleva a pensar, por contraste, en que el hoy llorado Antonio Rivero Taravillo, que falleció poco antes de que se publicara esta monumental obra suya, encontró en este tipo de libros el antídoto perfecto para ese mal que padecemos quienes queremos abarcar mucho. Porque, en efecto, en las tres grandes biografías que compuso –de Luis Cernuda, de Juan Eduardo Cirlot, y esta de Álvaro Cunqueiro–, a las que cabría sumar lo que de documentadas biografías tienen algunas de sus novelas, se aprecia el impulso opuesto a la dispersión: el empeño de concentrar en cada uno de los libros que uno escribe la totalidad de la experiencia propia, el conjunto de los intereses de uno, la gavilla de miradas sobre lugares, personas, circunstancias y libros que uno ha atesorado a lo largo de toda una vida.
Cunqueiro es Galicia, de eso no ha de caber la menor duda, como Josep Pla es Cataluña, Miguel Delibes es la Castilla de posguerra o, más modernamente, Xuan Bello es Asturias. No quiero decir con ello que no haya otros importantísimos escritores en esas tierras; pero el caso es que los nombrados se han convertido en referentes irrenunciables de cualquier lector medianamente informado que quiera evocar la imagen literaria de esos territorios. También es cierto que una virtud de la literatura, incluso de la literatura documental, es su capacidad de tender puentes entre lugares distantes, y de hacerlo de tal modo que el dibujo de esos puentes coincida con el del mapa mental de quien los traza. Con Cunqueiro, efectivamente, amanecemos en el Mondoñedo de su infancia, recorremos las calles de la bulliciosa Vigo, donde fue director del influyente periódico local, saltamos continuamente a Barcelona para pasearnos por ella de su mano y de la de su amigo catalán Néstor Luján, seguramente abocados a algún buen restaurante donde ambos reputados gastrónomos atentarían seriamente contra su salud degustando abusivamente de los manjares de la tierra… Tales son las coordenadas biográficas del personaje. Pero también viajamos en su compañía a donde físicamente el gallego quizá no fue tan propenso a ir, pero sí su biógrafo: a Irlanda, por ejemplo, muy presente en este libro ya desde su prólogo, donde comparecen los Thuata dé Danann o antiguos dioses de la mitología irlandesa, conocidos de Cunqueiro pero también muy queridos de Rivero, experto en materias irlandesas y avezado traductor de autores de esa tierra.
La evidente existencia de ese “puente” entre tierras célticas, implícito en el mapa mental de Cunqueiro y más aún en el de su biógrafo, no es óbice para que este recalque en más de una ocasión el hartazgo de su biografiado respecto a ese celtismo impostado que en ocasiones parece pesar sobre las reivindicaciones identitarias de su tierra. Su mirada era más amplia y, como destaca Rivero, abarcaba “el grueso de la tradición cultural europea, amén de los hitos de la japonesa, la china y la americana, más ecos de las tradiciones africanas”. La afirmación no es tan desmesurada como parece: efectivamente, la cultura de Cunqueiro es tan vasta que uno se pregunta cómo logró adquirirla sin salir apenas de su entorno y frecuentando poco más que las bibliotecas locales.
Cierto que a las referencias ciertas y bien asentadas sumó un número casi inconmensurable de inventos, mixtificaciones y alardes de falsa erudición que pronto se convirtieron en marca de la casa –en eso tampoco fue el único: compitió en ese terreno, por ejemplo, con el catalán Juan Perucho–. Pero también es posible que esa fantasía desbordante y esa facilidad para convertir la referencia erudita en acicate para la ficción fuese también síntoma de una cierta debilidad de fábrica, que su biógrafo no vacila en enunciar, aunque con educada contención, ya desde el prólogo: “Es duro decirlo así, pero Cunqueiro traicionó al gran escritor que llevaba dentro por las treinta monedas de plata de las cuantiosas colaboraciones […], por los oropeles que su figura otorgaba a otros.” También en el epílogo de esta biografía, que es un magnífico ensayo interpretativo de la figura del escritor gallego, su autor se reafirma en lo dicho: “Aquí es ineludible llorar –afirma– que se hubiese dispersado en tantas banalidades, en tantos juegos florales y conferencias, y no dedicara más tiempo a lo importante: su obra escrita.” Hay que especificar que estas líneas un tanto acerbas preceden unas páginas en las que se hace uno de los ejercicios de apreciación literaria más encendidos, sin dejar de ser convincentes, que uno ha leído en mucho tiempo.
Y es que el entusiasmo no resta objetividad al biógrafo, y viceversa. Puede verse en el propio desarrollo del libro. Ya hemos hablado de la cumplida introducción, a la que siguen, pongamos, unas cien páginas que narran la infancia y juventud de Cunqueiro, sus inicios como escritor y la coyuntura en la que lo sitúa la guerra civil de 1936-39. Predomina en ellas la narración, también la mirada aguda, a veces incluso irónica, del biógrafo al referirse a un mundo lejano pero que todavía es posible evocar desde la mirada actual de, como es el caso, un paseante atento. Galicia se hace muy presente en esas páginas, que el lector percibe de inmediato que deben tanto a la documentación como a la propia presencia del biógrafo viajero en esos escenarios; y, en ese sentido, son páginas vivenciales. Lo mismo cabe decir, jugando con los paralelismos, de las últimas cien páginas del libro, el espléndido capítulo dedicado a los años finales del escritor gallego, de nuevo pausadamente recreados en su propio entorno, antes de ceder paso, como decíamos, al epílogo en el que Rivero Taravillo resume la importancia de su biografiado, pondera sus grandezas y debilidades y encomienda su figura a nuestra ya más que estimulada curiosidad de potenciales lectores suyos, si es que no lo éramos ya.
Más arduo resulta ponderar lo que viene en medio. Narrar la madurez del escritor gallego no ha debido ser fácil, y aquí no tenemos más remedio que conceder algún crédito a las palabras de su hijo César, citadas en la introducción: “En general, la vida de Álvaro Cunqueiro, como persona privada, fue la de un burgués de clase media, carente de acontecimientos relevantes y llena de cómodas rutinas.” Rivero Taravillo se encarga de demostrar que esto no fue exactamente así, al menos en los años de la guerra y primera posguerra. Por razones fácilmente comprensibles, el galleguista conservador y republicano moderado que fue Cunqueiro se hizo entonces ardiente falangista, al menos de fachada, y dejó a la posteridad una imagen suya de esos años que a la postre resultará contraproducente; pero, a la vez que ensaya este alineamiento interesado, se embarca durante unos años en una deriva de hechos dudosos e incluso delictivos –que muchos desnortados exégetas suyos de hoy celebran como “gracias”– que le reportarán descrédito e incluso cárcel. Vendrá luego un lento proceso de rehabilitación, que lo llevará a convertirse en una figura respetable y respetada, tanto en el ámbito social como en el literario. Y será bajo esa figura de personaje público como lo veremos, a lo largo de las trescientas páginas centrales de este libro, repetir tediosamente, ahora sí, una y otra vez las mismas rutinas –conferencias, artículos aquí y allá, comilonas, juegos florales–, minuciosamente documentadas por Rivero Taravillo y ocasionalmente salpimentadas con alguna que otra pulla por parte del biógrafo, pero quizá también de no fácil digestión para el lector. Que, no obstante, puede sacar de ellas la provechosa lección de apercibirse de que, a esos respectos, la vida literaria en España ha cambiado poco: que los escritores, incluso los afamados –o sobre todo los afamados–, no viven exactamente de lo que escriben, o no solo de ello, sino también del rendimiento social que ello les procura en forma de sinecuras, colaboraciones dispersas, conferencias, invitaciones y demás. Esta extrapolación es mía, no del biógrafo, pero al lector no le cabe la menor duda de que a este le ronda por la cabeza; quizá porque él también fue, y brillantemente, un freelance de la pluma y sabía de qué va el paño.
Merece la pena, pues, viajar a lo largo de un par de semanas –en mi caso: sé que otros lectores han sido más rápidos– a la Galicia intemporal de Cunqueiro y a la eterna España del “escribir es llorar” –no tanto en el caso del escritor gallego–, aunque ello se haga, paradójicamente, de la mano de este alarde de información sólidamente anclada en un espacio y unos tiempos muy concretos, nada “intemporales”. A esto lo llama Rivero una “biografía anglosajona”, es decir, muy nutrida de datos pero también abierta al comentario e interpretación, es decir, a la escritura personal. Él mismo es, fue, un escritor de estirpe anglosajona, o más bien un ponderado “hombre de letras” al estilo de los que se suelen dar en esas latitudes: es decir, cultísimo, políglota, trabajador, ecuánime, tolerante, liberal. Cunqueiro en sus mejores momentos lo fue también. Uno y otro han sido, en lo que respecta a su entorno literario, flagrantes excepciones.