Erratas públicas

Las erratas son un problema milenario que apareció con la escritura y permanecerá. Porque no puede haber cultura sin cuidar la calidad, un registro de erratas de los libros editados –disponible en la web– sería un gran servicio a la sociedad.
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Alfonso Reyes cuenta en La experiencia literaria (OC XIV 185) “el caso de aquel libro en cuya última página se quiso asentar una declaración orgullosa: Este libro no tiene erratas, y la fatalidad hizo que se pusiera: eratas”.

Se ha perdido la tradición editorial de incluir en cada libro una lista de las erratas advertidas demasiado tarde para ser corregidas. La fe de erratas, impresa en la última página o insertada en hoja aparte, llevaba como encabezados: Página / Línea / Dice / Debe decir.

Era una admisión honesta y un gran servicio a los lectores. Muchos procedían de inmediato a corregir su ejemplar en las páginas indicadas. Algunos hacían su propia fe de erratas, marcándolas sobre la marcha de la lectura, aunque no había manera de que otros aprovecharan su trabajo.

Afortunadamente, hoy es posible renovar ambas tradiciones electrónicamente, creando un servicio público de erratas en la web.

Hay que distinguir erratas, lapsus, gazapos, errores y caprichos. La errata es puramente tipográfica: un error de tecleo. En el lapsus se escribe una cosa por otra. Los gazapos son pequeñas inexactitudes del autor. Error es un concepto más amplio: incluye todos los anteriores más otros, como los errores de traducción, los errores y omisiones en los índices, las imágenes que no concuerdan con el pie de página, los empastelamientos, etcétera.

A diferencia de los errores, el capricho es voluntario. Juan Ramón Jiménez prefería escribir je en vez de ge: “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!”

Hay daño, pero no malicia, en erratas, lapsus, gazapos, errores o caprichos.

Una lista de todo tipo de errores en un libro rebasa la fe de erratas, a la cual hay que limitarse en el sitio web.

¿De quién puede ser la iniciativa para crearlo?

Lo ideal, por supuesto, es que los buenos editores pongan el ejemplo, publicando en la web su fe de erratas, como antes la imprimían. De cada título editado o reeditado (no meramente reimpreso) subirían a la web un registro: ficha catalográfica, fe de erratas y opción de colaborar para voluntarios (limitados a señalar erratas). En una etapa más avanzada, se podrían incluir opiniones publicadas sobre el libro.

Los autores podrían sumarse como voluntarios o hacer su propio sitio para el conjunto de sus libros.

Cabe soñar en una Wikifedeerratas que integre todos los libros de los cuales haya señalamientos publicados, los organice con programas de búsqueda y facilite su consulta en un solo lugar.

Paralelamente, sería bueno crear un premio anual para libros sin erratas. El corrector recibiría dinero en efectivo (al menos otro tanto de lo que recibió por la corrección). Además, junto con el editor, recibiría el reconocimiento de estar en una lista de honor.

Los programas de corrección automática dejan mucho que desear. A veces son contraproducentes: cuando hacen correcciones disparatadas. Por ejemplo, en el primer párrafo de este artículo, no permitirían escribir eratas: automáticamente lo “corregirían” a erratas.

Ninguna tecnología puede prescindir del cuidado personal de los textos. Las erratas son un problema milenario que apareció con la escritura y no desaparecerá. Hay erratas en las tablillas cerámicas sumerias, en los rollos de papiro, en los códices de pergamino, en los libros impresos, en los audiolibros y libros electrónicos.

El amor al libro y las ediciones bien hechas son fundamentales para la cultura. Si nadie ve la diferencia entre las buenas ediciones y las piojosas, el oficio se irá reduciendo a islotes de abnegada excelencia.

El oficio se trasmite por los viejos métodos de aprendizaje: trabajar como ayudante de alguien que sepa. Sería bueno crear becas, no de estudios, sino de aprendizaje en la práctica, renovando la figura del aprendiz meritorio. Esto consistiría en que algunos tipógrafos eminentes aceptaran ayudantes deseosos de aprender, sin pagarles un centavo. Los meritorios cobrarían por tres años en un fondo de becas con este fin.

La licenciatura de letras debería enseñar a leer libros completos. Y puede enriquecerse ofreciendo la opción de aprender a editar, en todos los sentidos de la palabra: tipográfico, editorial, intelectual y filológico.

Mejorar la calidad como servicio al lector cuesta. Pero el costo es ridículo en comparación al beneficio social. Sin calidad no hay cultura. En la naturaleza, una errata en el código genético produce monstruos. Y lo mismo sucede en la cultura, si se descuida la calidad.

Bendito sea Erasmo que, en plena gloria, corregía pruebas para su amigo el editor Aldo Manuzio. Merece veneración como santo de los correctores. ~

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