Coger es coger. La narradora de Diario de una mudanza se echa un noviete que dice que no conoce a “ningún hombre que pueda tener sexo a los setenta sin ayuda”. Está hablando de él, claro. Ella, dice, “expliqué, desarrollé, desplegué. El sexo es un encuentro con otro, es entrega, es perder los bordes, justamente, de quien soy yo y quien es el otro”. Hasta le leyó a John Berger, un párrafo precioso: “El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot entre dos personas que se hace frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos…” Termina de leer y lo mira: “Podía nadar en sus ojos”, escribe. La respuesta de él fue implacable: “Sí –dijo–, pero coger es coger”. Ese noviete es al que en todo el libro llama “el carpintero”, y la historia de amor con él, la que no quiere contar y termina por imponerse. Porque en principio, el libro iba a ser otra cosa: el diario de la mudanza que la narradora y protagonista emprende tras la muerte de su padre y después de que la hija se vaya de casa. Pero la escritora no puede controlar del todo el libro: “Escribir es dejar que emerja una verdad que parece estar por debajo de lo que pasó”.
Nueva vida. Vende su casa, a pesar de que le desaconsejan que lo haga, y pasa por algunas casas antes de dar con la que quiere comprar: el vendedor, Dani, un taxista que tiene el firme objetivo de adelgazar, vive en la planta de arriba. Ella se queda con la de abajo, que tiene un jardín en el que renace una rosa china que le gustaba a la madre, ya fallecida, de Dani. El vecino de arriba es inquietante y tierno. La reforma de la planta de abajo se demora de tres a nueve meses, “Los muertos pueden complicar las cosas”, escribe. Porque este libro, que tiene mucho de registro del cuerpo, de los cambios que llegan con la retirada de la regla, los sofocos, etc., tiene también una parte espiritual, un coqueteo con toda clase de remedios, “terapias, constelaciones, brujas, astrólogos, oráculos”; “alinear chakras, andar en bicicleta, sentarme a meditar, bailé diferentes disciplinas […], incursioné en el ayurveda, en la medicina china, me entregué a sesiones de acupuntura, a masajes tailandeses, californianos, suecos, shiatsu, kodido”… Nada impedía que a las 4 de la mañana se despertara helada de frío.
La memoria del cuerpo. El climaterio o menopausia cambia el cuerpo, y es también un chivato de que se ha llegado a la madurez, y eso significa que hay vida detrás: la narradora se pone a recordar. Diario de una mudanza puede leerse casi como una serie de hitos corporales o físicos de la narradora: el primer beso, un intento de violación, el primer noviete después del divorcio, los masajes, la menopausia… Después del ataque, del que le quedó un ojo morado, se hizo una foto. El lector piensa en Nora Ephron al leer “No tengo escamas en los senos, pero en las reuniones por Zoom, que parecen haberse vuelto inevitables, miro con sobresalto mi cuello, mis párpados cada vez más encapotados”. Sigue: “Camino por el pasillo del cuadro al baño y me agarro el culo. […] Una vez, a los cuarenta y tres años, me di cuenta de que mi culo era hermoso, que había sido más hermoso aún, firme y redondo. La revelación me llegó cuando vi una foto que se había sacado mi amante mordiéndolo. Su selfie y mi culo hermoso”. Hay más culos, el falso, gracias a unas bragas con relleno que se compra su hija en un viaje que hacen juntas a Nueva York y que tiene algo de inversión de papeles hasta que la madre se abandona en un centro de masajes.
De la menopausia a todo lo demás. Hay apuntes médicos sobre la menopausia, también sobre cómo se vio y se trató a lo largo de la historia; aparecen visitas al ginecólogo y falsas alarmas de prolapso; hay también reflexiones lingüísticas a propósito de varias cosas, entre otras, los órganos genitales –Garland es traductora también–; y hay un montón de invocaciones a otras escritoras: Vivian Gornick, Joan Didion, Sharon Ods, Ursula K Le Guin; también Kavafis o Philip Roth, entre otros. Garland se abandona a la escritura y se deja llevar, deja que entren aventuras inesperadas, encuentros en festivales literarios. La mudanza no es tanto de una casa a otra, como de un estado de miedo y zozobra a otro de calma.