Javier Marías: Instrucciones para describir la niebla

En sus más de cincuenta años de trayectoria, el escritor madrileño no solo consiguió crear un mundo literario, sino también unas reglas propias para juzgarlo, algo poco común.
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Javier Marías ha sido uno de los escritores más destacados de la democracia española y el que ha tenido mayor reconocimiento internacional. Ha muerto demasiado joven pero ha estado mucho tiempo en activo: publicó su primera novela, Los dominios del lobo, a los 19 años; la última, Tomás Nevinson, apareció en 2021. Su mundo, y en particular el mundo de sus últimos libros, era limitado: esto no es un demérito; una característica frecuente en los grandes artistas. Había conseguido, un poco a la manera de Almodóvar en el cine, que el lector comprendiera instantáneamente que aplicar las reglas que aplicaría a otras novelas estaría tan fuera de lugar como invalidar una película de Walt Disney porque resulta inverosímil que los animales hablen. En ese sentido, no solo consiguió crear un mundo literario, sino también unas reglas propias para juzgarlo, algo poco común.

Por una parte era una literatura que buscaba y exhibía la influencia de las tradiciones de otras lenguas; y a la vez era un mundo vinculado a un Madrid determinado, a cierta herencia ilustrada y liberal. En buena medida su mundo es una cadencia, una sintaxis muy particular que llegó al manierismo, una manera de combinar la observación y la reflexión, de capturar -incluso léxicamente, acumulando sustantivos o adjetivos- algo que siempre resultaba ambiguo y brumoso. Esa prosa, cargada de recovecos y bromas privadas, volvía musicalmente a algunos temas y jugaba con el tiempo, acelerándolo o dilatándolo (ejemplos: la noche en Fiebre y lanza, la primera entrega de Tu rostro mañana; la escena del mechero de Berta Isla). Uno de sus maestros fue Juan Benet, y en un texto que le dedicó y que está recogido en Pasiones pasadas decía que a veces lo veía discutiendo “una cuestión literaria más como si fuera un técnico o un teórico que un novelista”. Cuando un escritor habla de un autor que admira en parte habla de sí mismo; Marías decía que era más un autor de brújula que de mapa, pero su destreza técnica es asombrosa. Seguramente al pensar en él imaginamos de entrada una literatura propensa a las digresiones y la especulación, heredera de la mirada de Henry James y de los monólogos amargos y descacharrantes de Bernhard. Son libros inteligentes sobre personajes inteligentes. Por otro lado, siempre fue un escritor de novelas de aventuras, y su literatura y su visión del mundo -con sus espías, con sus traiciones y lealtades, y algo de espíritu caballeresco: levemente anticuado, profundamente libre- tenían algo infantil, en el mejor de los sentidos. Posiblemente algo de eso tiene que ver con que siempre fuera un autor disfrutable y entretenido.

El éxito y su preocupación por la obra y su recepción le daban un aire huraño y a veces antipático. Tuvo polémicas, algunas más amargas que otras. Cuando empezó rechazaba la literatura experimental pero también cierta tradición del realismo español. En eso había paralelismos con otros autores de su generación pero tuvo un éxito superior al de la mayoría: subió un escalón más. Su obra era ambiciosa -incluso en volumen: fue creciendo en páginas, hizo series de libros-; experimentó con los géneros; no se apartaba de su tono ni de sus temas. Mis preferidas son Todas las almas y Fiebre y lanza, la primera de Tu rostro mañana. Era de centro izquierda, se negaba a recibir premios sufragados con dinero público, pensaba que las distinciones a escritores por ser escritores eran absurdas, no se dejaba arrastrar por las modas ideológicas, fue valiente. Algunos, mucho más tediosos que él, lo llamaban “angloaburrido” en su juventud; otros, que no conocían mucho más que su propio sectarismo, lo llamaban en su madurez “pollavieja”, sobre todo por sus columnas, donde a veces dijo cosas sensatas que nadie más se atrevió a decir.

Marías elogiaba de Benet la capacidad de ver, y eso también se podría vincular a su obra. En sus libros hay muchos traductores, intérpretes, gente que se dedica a estudiar los matices de una palabra o un acento, o que tiene un talento natural para eso, y uno de sus temas son las trampas de la memoria: abundan en su obra los narradores en primera persona, un tanto neuróticos y de los que no acabas de poder fiarte nunca. Es curioso que su último texto para El País esté dedicado a la traducción. Fue traductor y pasó al castellano a varios de sus maestros: a Laurence Sterne, a Thomas Browne, a Joseph Conrad, a Robert Louis Stevenson. Aparecen en Vidas escritas, una colección de perfiles que es una especie de poética a través de autores admirados (y en algún caso detestados). Entre los primeros están Isak Dinesen, Conan Doyle, William Faulkner, Henry James, Vladimir Nabokov, Stevenson; entre los segundos, Thomas Mann. Joyce no le caía demasiado bien, pero la semblanza es divertida. Podría decirse que la traducción y sus dificultades -cómo aprehender una experiencia y cómo comunicarla- es el tema de su obra. Yo lo primero que leí suyo fueron traducciones: la edición de los poemas de Stevenson que llevaba por título uno de los versos del “Réquiem” donde el autor de La isla del tesoro pedía que escribieran unas palabras sobre su tumba:

“Aquí yace donde quiso yacer;

de vuelta del mar está el marinero,

de vuelta del monte está el cazador.”

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