Milkman

El primer capítulo de Milkman, de Anna Burns, novela ganadora del premio Man Booker en 2018, y editada por Alianza de Novelas.
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El día que fulano de tal me apuntó al pecho con una pistola, me dijo que daba asco y amenazó con pegarme un tiro fue el mismo día que murió el lechero. Se lo cargó una de las brigadas del Esta­do, y a mí que matasen al tipo me dio igual. A otros sí les importó, y algunos de ellos eran esos que, como se suele decir, me conocían de vista pero no de hablar conmigo, aunque hablasen de mí por­ que ellos mismos (o, mejor dicho, el primer cuñado) habían hecho circular el rumor de que yo estaba liada con ese lechero, de que yo tenía dieciocho y él, cuarenta y uno. Yo sabía los años que tenía el hombre, no porque le hubieran pegado un tiro y hubiese salido en los medios, sino porque antes de eso, durante meses antes de que lo mataran, la gente, los del rumor, habían hablado de que cuarenta y uno y dieciocho era asqueroso, que veintitrés años de diferencia era asqueroso, que él estaba casado y yo no debía meterme donde no me llamaban, porque había un montón de personas discretas de las que pasaban inadvertidas a las que bien había que echarles un ojo. También había sido culpa mía, al parecer, lo del lío con el lechero. Aunque yo no tenía un lío con el lechero. No me caía bien, y su insistencia y los intentos de tener un romance conmigo me asustaban y me confundían. El primer cuñado también me caía gordo. Entre sus compulsiones estaba inventarse cosas sobre la vida sexual de los demás. Sobre mi vida sexual. Cuando yo era más pequeña, cuando tenía doce años y él apareció en un momen­to de debilidad de mi hermana mayor porque ella había cortado con su novio de hacía años que la había engañado, este tipo nuevo la dejó embarazada y se casaron de inmediato. En cuanto me co­noció, empezó a hacerme comentarios vulgares sobre la almeja, la raja, el higo, la chona, el conejo, la chirla, el bisílabo; y usaba pa­labras, palabras sexuales que yo no entendía. Él era consciente de que yo no las comprendía, pero también de que sabía lo suficiente para pillar que iba de sexo. Eso le gustaba mucho. Tenía treinta y cinco años. Doce y treinta y cinco. Otros veintitrés años de dife­rencia.

Así que hacía sus comentarios sintiéndose con derecho a ello, y yo no decía nada porque no sabía cómo responderle a una persona así. Jamás soltaba nada cuando mi hermana estaba de­lante, pero siempre que ella salía de la habitación, se le encendía un interruptor dentro. Lo bueno es que no me intimidaba física­mente. En esa época, en aquel lugar, la violencia era la vara de me­dir que todo el mundo usaba para juzgar a los que los rodeaban, y a él se le veía que no era así, que no actuaba desde esa perspectiva. De todos modos, su naturaleza depredadora me paralizaba. Resu­miendo, él era un mierda y ella estaba fatal por culpa del embara­zo, por seguir queriendo a su novio de hacía años y, además, no daba crédito a lo que él le había hecho y no se fiaba de que no la echase de menos, aunque no la echaba de menos. Y ya estaba con otra. Mi hermana mayor no veía al hombre que tenía en casa, no veía al hombre mayor con el que se había casado a pesar de ser demasiado joven, y demasiado infeliz, y de estar demasiado ena­morada (y no de él) para estar con él. Dejé de visitarla por muy triste que estuviera porque no podía soportar las palabras y las caras que ponía el primer cuñado. Seis años después, mientras él aún intentaba rascar algo conmigo y con mis demás hermanas mayores, cuando las tres lo habíamos rechazado (de forma directa o indirecta, con educación o con un «vete a tomar por el culo»), el lechero apareció en escena de la nada, sin que tampoco nadie lo invitase, aunque él era mucho más amenazador, mucho más peli­groso.

 

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