Bárbara Mingo Costales

La psique es un solado a sardinel

Con las quiebras por la pandemia, con la crisis y la guerra, con la inflación y con el paso del tiempo, no es posible que vaya a quedar ya en pie nada que sea anterior a nosotros, que nos conecte con lo que es más viejo.
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Como se sabe, todo el mundo está muy alterado, y como todo el mundo habla de lo alterado que está todo el mundo, es como si tuviésemos permiso para entregarnos a las rarezas y caprichos de la mente. Esto alienta comportamientos y pensamientos más barrocos cada vez. Yo siento que estoy en mis cabales, pero cómo saberlo a esta distancia. Lo inquietante de encontrar envejecido a un actor es cómo estaremos nosotros. 

Si en los demás detectamos un desafuero es que nosotros estamos desaforados hacia dentro. Si a ellos los veo raros, cómo no estaré yo. La serenidad puede entenderse como una forma de locura. Hay un poema de Pound en el que pienso a menudo. Es el que dice: “Who am I to condemn you, O Dives”, etcétera (¿Quién soy yo para condenarte, yo que estoy tan amargado por la pobreza como lo estás tú por tus inútiles riquezas?). Lo que iba a pasar ya ha pasado y lo importante es la actitud con que lo vamos a afrontar. Cómo conservar no ya el corazón entero, sino al menos un talismancillo pulido que podamos acariciar de vez en cuando, como el fetiche que usan los niños para dormirse. Pero quizá no sea así. Quizá podamos conservar mucho más. Leo en una novela cómo los personajes se sientan a una mesa de madera en una taberna sevillana y me pregunto si alguna vez me volveré a sentar en una taberna sevillana con el mismo desparpajo que ellos, y sobre todo con el mismo desparpajo que yo misma la de antes. Si quedará algo de lo que había antes.

Con las quiebras por la pandemia, con la crisis y la guerra, con la inflación y con el paso del tiempo, no es posible que vaya a quedar ya en pie nada que sea anterior a nosotros, que nos conecte con lo que es más viejo. Una taberna tiene ya consciencia de su añejez. Un bar tradicional ahora tiene consciencia de su encanto, del mismo modo que ahora todos estamos al tanto de nuestro valor. Los bares son selfies. En la novela hablan también de los braseros y aunque ahora es posible que vuelvan a ponerse de moda, diría que habían dejado de usarse. Puede que vuelvan muchas antiguallas que habíamos desechado. Puede que lo más parecido que quede a mi alrededor a un tabernero sevillano sea yo. Eso me hace pensar en la gente de antes, en cómo una persona podía llegar a tratar a siete generaciones. La suya, y hacia atrás: la de su madre, la de su abuela, la de su bisabuela, y hacia delante: sus hijos, sus nietos, sus biznietos. Y así estaba en contacto con mundos muy distintos en el plazo de una vida. Pero quizá esa coincidencia solo ha durado unos pocos años, en los que la maternidad temprana ha convivido con la larga esperanza de vida.

Pienso en los cambios de costumbres y en el Imperio Austrohúngaro, y cojo un libro de Joseph Roth (Crónicas berlinesas, Minúscula, 2006) y lo abro al azar con objetivos adivinatorios: “Los viajeros con bultos no sueltan sus bosques ni para sentarse. Puede que la decisión de volver a coger la carga después de que la columna vertebral se haya sentido durante media hora libre para siempre pese más que un bosque de abetos. Recuerdo que, siendo soldados, cuando nos anunciaban una parada breve, de apenas unos minutos, después de una marcha de varias horas, no nos quitábamos las mochilas sino que seguíamos cargando con ellas con una desgracia fiel hasta el tormento, como quien carga con un enemigo con el que se ha aliado para siempre”. La verdad es que no había preguntado nada.

Hace unos días escribí sobre Cántico inútil, un libro de Ernestina de Champourcin recién reeditado, y como es un libro muy aéreo me hizo pensar en El aire y los sueños, de Gaston Bachelard. Mientras escribía el artículo me levanté a coger el libro de Bachelard por si me podía servir para el artículo, o sencillamente para tenerlo al lado y acariciarlo como si fuese un talismancillo o un fetiche como los que usan los niños para dormirse, y se quedó fuera de su sitio en la estantería. Por eso, unos días más tarde, al verlo a mano, lo abrí para leerlo. La solapa marcaba dónde lo había dejado la última vez, y liberé al libro de la marca y entonces quise ver quién lo había traducido. Pues lo había traducido nada más y nada menos que la mismísima Ernestina de Champourcin. Lo mejor de todo es que Cántico inútil es un libro de los años 30, mientras que El aire y los sueños es de 1943 (y su traducción al español de 1956). Por lo tanto, no es posible que Champourcin lo conociese mientras escribía su libro, de modo que estamos ante un caso de complejos viajes en el tiempo y anticipación por persona interpuesta que voy a tratar de resumir: EdC escribió un libro que debería haber sido estudiado en el libro que traduciría veinte años más tarde. Yo noté esa vibración en el primero de los libros, noventa años y setenta años más tarde.

No es de extrañar. La casualidad sin sentido claro me asalta últimamente. La forma que ha adoptado mi locura, la que no es como la de mis amigos los desaforados, consiste en que me paso el día haciendo pantallazos al teléfono, porque siempre que lo miro es alguna hora como las 11:11, o las 21:12, o las 17:17. También valen las asimétricas pero inconfundibles como las 19:14 o las 19:45. Si alguien no me cree, puedo demostrar que esas horas me asaltan enseñándole la carpeta llena de pantallazos. Solo se lo había comentado a una amiga, que en lugar de preguntarme a qué venía eso me contestó con las casualidades indescifradas que le suelen asaltar a ella. 

Por eso estoy preparada para no sorprenderme del todo cuando una mañana recibo, a modo de postal instantánea, como recuerdo, unas fotos que me manda un amigo que ha ido unos días a París, y resulta que reconozco el lugar. Apenas conozco París, que es una ciudad gigante llena de mágicos rincones, pero en cuanto veo las fotos de la iglesia de madera le contesto “Rue Meynadier, en el XIX”. Mientras él me responde y me pide explicaciones le mando las fotos a mi otra amiga, que se asombra pero que ya está habituándose a estas cosas raras, y me pregunta que quién está ahí y me dice que casi llora, y es porque ella vivía enfrente de esa iglesia y esa es también la razón de que yo haya podido reconocer, entre los mil posibles rincones por los que podía haber paseado y fotografiado mi amigo, ese pequeño rincón de París, la iglesia ortodoxa rusa de Saint-Serge, en Meynadier esquina con la rue de Crimée.

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