Un premio de un millón de euros

La empresa pública AENA, que gestiona los aeropuertos españoles, ha anunciado un premio literario. ¿De verdad hacía falta?
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

AENA, sociedad estatal mixta mayoritariamente pública (un 51%), anunció hace unas semanas la creación de un premio literario de un millón de euros al mejor libro ya publicado en el año anterior, o sea, 2025. Se esgrimió la necesidad de crear un premio de prestigio en español, que cubriera además los dos lados del Atlántico (¿frente al Nacional de la Crítica?) y que no sea a una trayectoria (como el Premio Cervantes). Se trataba de hacer el Goncourt o el Booker español, vaya. La dotación del Booker es de 50.000 libras; la del Goncourt es simbólica (10 euros); la del Strega alcanza los 5.000 euros. Sin embargo… ¿Qué necesidad hay de un premio de un millón de euros al mejor libro de narrativa publicado el año anterior?, pregunto. Y de haberla, ¿tendría que ser una empresa mayoritariamente pública la que lo otorgara?, pregunto.

Como fuere, en AENA alguien decidió que debían fomentar la lectura y ayudar a sanear el ecosistema literario concediendo un premio de un millón de euros a un libro y 30.000 euros a los finalistas. Faltaría por conocer la remuneración del jurado y de los “scouts”. Del libro premiado y de los finalistas, dijeron, AENA comprará “miles de ejemplares” (o sea, tiradas enteras) que “serán distribuidas, todavía tenemos que valorar si a través de las editoriales o de librerías, de manera proporcional a los aeropuertos que tiene Aena por toda España. La idea es enviarlos a los ayuntamientos y que ellos los distribuyan como consideren, a bibliotecas, escuelas públicas, centros culturales…”, según le explicó la directora de comunicación de AENA, María Gómez, a Andrés Seoane. Si todavía tienen que valorar es que no han caído en que uno de los asuntos más importantes en lo de la edición es la distribución. Espero que hayan valorado ya cómo harán.

Los finalistas ya han sido anunciados: Héctor Abad Faciolince, Marcos Giralt Torrente, Enrique Vila-Matas, Nona Fernández y Samantha Schewblin. Me alegraré mucho por el que se lleve el millón, me caen todos muy bien (mi corazón palpita por EVM). Lo bueno de esta selección, pensando en AENA y en el verdadero problema de la cosa editorial, que es la distribución y el almacenamiento de los libros, es que los cinco libros seleccionados han sido publicados por editoriales con músculo, una pareja para cada gran grupo y el quinto, en Anagrama, que pertenece al grupo Feltrinelli. No sé si los contratados para hacer el scouting habrán tenido eso en cuenta; pero digamos que no se ha colado ninguna sorpresa, nada muy inesperado. Los cinco libros caen y bien y podría ganarlo cualquiera sin levantar muchas suspicacias. Un trabajo muy pulcro. 

Intento avanzar en esta columna, argumento a argumento, suavecito, pero una y otra vez vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué necesidad?

El premio se anunció en una rueda de prensa en la que hablaron Rosa Montero, presidenta del jurado, y Maurici Lucena, consejero delegado y presidente de AENA. “Nos importan mucho los mimbres con los que hemos construido este premio y que pueda volar solo”, dijo Rosa Montero, según recogió Andrea Aguilar en El País: “Rosa Montero señaló como una de sus preocupaciones tratar de sacar a la luz libros que han tenido poca exposición y no solo ‘premiar lo premiado’”. Es muy difícil escaparse de ese vicio, porque con los premios (y becas y ayudas y residencias y, en fin, con el dinero) pasa como con lo que se dice en el Evangelio de San Mateo con respecto a la fe: “Al que tiene, se le dará más… pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”. 

Lucena justificó el premio dentro de las políticas de responsabilidad social corporativa de la compañía: “La lectura es buena y saludable y refuerza la igualdad de posibilidades”, dijo. También: “Esta iniciativa trata de reforzar el hábito de la lectura y estimular que se publiquen buenos libros”. No dudo de las buenas intenciones en que se cimenta el premio, aunque me sorprende un poco la candidez: ¿en qué beneficia el hábito de lectura que haya un premio de un millón de euros (otorgado por una empresa mayoritariamente pública)? Me acordé del poema de Raúl Nuñez que canta Loquillo: “Si me pagaran un millón de dólares por este poema / trataría de terminarlo en seguida”. Yo creo que si de verdad AENA quiere que su RSC pase por el fomento de la lectura, lo que tendría que haber hecho es comprar libros para bibliotecas. O preguntar a las bibliotecas cómo les podían ayudar. Otra opción sería hacer salas de lectura en aeropuertos y dotarlas de libros escritos en español o en cualquiera de las lenguas cooficiales, como en el premio. Para que la cosa no quedara en una postal un poco triste, la labor exigiría cierto cariño y seguimiento. O sea, que se encargara un departamento comercial o algo así, mimarlo como si fueran a sacar dinero de ello, contando con una curaduría que guiara el criterio, por ejemplo.

Si quieren ayudar a que haya un buen ecosistema literario, podrían haberse planteado ayudas o becas, ¡como las que da el Ministerio de Cultura! También hay privadas, como la Finestres (a ensayo), que también da un premio (de 25.000 euros) a la mejor obra narrativa publicada en castellano (otro para el catalán y tiene uno para cómic). En fin, todo eso me lleva a pensar que lo que AENA quiere es una cena pintona, con su entrega de premios y algún discursillo lleno de bondades sobre los libros (que si son fundamentales para el pensamiento crítico, que si leer es vivir dos veces, viajar con la imaginación u otras frases hechas sin desaprovechar la circunstancia del vuelo, etc., etc. –ojalá haya un Las noches de Ortega sobre eso–), ay, ingenieros del alma míos… y salir en las páginas de cultura de los periódicos una tercera vez, el 8 de abril, después del fallo. ¿Y luego? Quién sabe. Se me ocurren, en todo caso, formas de invertir dos millones de euros en fomentar la lectura, etc. un poco más distributivas.

Lo que se valora positivamente entre escritores es el detalle de no dejar a los finalistas sin nada, aunque la diferencia con el monto que se lleva el ganador sea enorme. Pero al menos es algo, porque normalmente, me dicen, se usa a los finalistas para dar empaque al ganador. Es poco dinero comparado con lo que le dan al ganador, sí, pero es dinero y te libras del rollo de la promoción; me dice mi fuente, que se inclina bastante más hacia el pragmatismo y la tranquilidad que hacia el narcisismo. Acabo de leer un libro muy divertido sobre una operación de marketing a gran escala para fabricar un bestseller remozando a Tomás de Aquino, se llama Un millón de ejemplares vendidos, de Carlos Calvería Laguarda. Bastante al principio, dice: “cuando el dinero llama a tu puerta es difícil que puedas concentrarte en nada más”.


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: