Vernon Lee, jardinera

Escritos cuando su autora rondaba los cincuenta, los ensayos que reúne ‘El jardín de la vida’ muestran que podemos actuar a la vez con aplomo y con ligereza.
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Los jardines son fértiles áreas al aire libre, pero también ideas, disposiciones o actitudes. De entre los más famosos están el de Epicuro y el de Cándido. En 1904, cuando tenía 48 años, la escritora Vernon Lee publicó Hortus Vitae: Essays on the Gardening of Life, que ha publicado hace unos meses Elba con el título de El jardín de la vida y traducción de Guillem Usandizaga. Es una colección de artículos o ensayos breves que, recogiendo expresamente el mandato volteriano, animan a afrontar la propia vida con curiosidad, interés y confianza. No parece casual la edad de la autora. Mucho de lo que escribe en este libro se puede asociar con la mediana edad, entendida por Jung y otros (también por Dante en su mezzo del cammin) como una fase crítica que nos empuja a mirar hacia dentro. Incluso quien se ha acostumbrado a mirar hacia dentro desde la juventud encontrará que la introspección, a medida que se envejece, adquiere otros matices. ¿El matiz de empezar a pasar de todo? No exactamente. 

Pero en la vida no solo cuenta la edad de cada cual, sino la era que esté atravesando el mundo. Siempre podemos llevarnos una sorpresa, pero este es un momento de repliegue. No se trata solo de tener la nariz hundida en un libro para que no reparen en nosotros, sino también de hacer todo lo que podamos para no olvidar que existen cosas buenas, bellas y sorprendentes, y que existimos nosotros y que existe nuestra vida. Y el futuro también, como se puede deducir de las lecturas de contemporáneos y antepasados.

“Debemos estar preparados para empezar de nuevo muchas veces.” Justo esta frase no es de la autora, pero ella la recoge al principio del libro, en las páginas que escribe como dedicatoria, en forma de carta, a su amiga Marie Thérèse Bentzon, también escritora, que fue la destinataria original de la exhortación. En todo caso, Vernon Lee toma el consejo como guía, que resulta muy estimulante. No es solo que debamos estar preparados, sino que no tendremos más remedio. Para empezar de nuevo muchas veces nos ayuda la austeridad, porque así es más fácil despedirse, pero lo que de verdad fertiliza el jardín es la curiosidad. 

El jardín que hemos de cuidar no es exactamente el alma: “La única parte de la vida que es nuestro jardín es la que se encuentra cerca de nuestra morada más íntima, es visible desde las ventanas de nuestra alma y está rodeada por sus paredes”. No todo está en nuestra mano ni depende de nosotros. Cultivemos las parcelas que sí. Así, cada uno de los capítulos está dedicado a una actividad o fuente de placer −o de fastidio−, y la autora siempre las aborda con ojos nuevos. No son exactamente modelos lo que vamos a encontrar en estas páginas, porque lo que ella odia a nosotros nos puede encantar. En ese sentido el libro es una falsa guía. Lo que nos llega limpio a través de las décadas son el entusiasmo, la curiosidad y el sentido del humor cuya expresión propia debemos buscar en nuestras vidas.

Ir al teatro: “Al comprobar con alegría que nos disgustaba por igual esta forma de entretenimiento, juramos con fervor que iríamos al teatro juntas”.

Leer libros: “En general dejaba que el volumen descansara a mi lado sobre la hierba y la menta aplastada del campo fresco, bajo la higuera”.

Recibir cartas: “La carta que todos odiamos, estoy bastante segura de ello, es la carta amable de una persona a la que consideramos repelente”.

Un vestíbulo de hotel: “Compárese el placer de un cuadro escondido en una capilla o sacristía con el agotamiento pletórico de todo un Louvre o una National Gallery”.

Tenerlo claro: “No puede haber mucha amabilidad, por no hablar de amor (ya sea hacia personas, cosas o ideas), en almas que siempre necesitan compañía y prefieren cualquiera antes que ninguna”.

En contra de hablar: “Todos los interlocutores utilizan cualquier palabra, perpetuamente definida y redefinida al azar, en un sentido distinto y con asociaciones bastante distintas”.

El otoño. Interludio: “Al fin y al cabo la vida, al estar ahí, tiene que ser vivida, y quizá la vida se viviría con poco entusiasmo si intuyéramos sus muchas recompensas”.

Irse: “¡Rodando! Qué bien expresa la palabra esa sensación de nada lisa y vacía, con nada que captar o guardar, que juega un papel muy importante en toda nuestra experiencia terrenal; como, por otra parte, es natural ya que la Tierra solo es una pelota, o eso dicen los astrónomos”.

Etcétera.

Algo que sí podemos aprender de Vernon Lee es que es posible proceder con aplomo y a la vez con ligereza.

El jardín de la vida
Vernon Lee
Traducción de Guillem Usandizaga
Elba, 2025
159 páginas


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