A Chava, que tocaba las canciones de Stevie en fiestas de luz y sonido.
Aún lo hago en la tercera edad, pero en mi pubertad era práctica común que cuando algún éxito musical me gustaba, lo escuchaba hasta saciarme auditivamente. Los dinosaurios se acordarán conmigo: grabábamos en casetes, desde la radio, los hits, y con esa selección personal nos dábamos gusto cuantas veces queríamos.
Eso me sucedió a los doce años con “Sir Duke”, del exuberante álbum doble Songs in the key of life (1976), que este 28 de septiembre llegó a su medio siglo de vida. A la distancia de cinco décadas, entiendo que representaba para mí la canción pop perfecta: alegre, entusiasta, rítmica, tarareable, jubilosa. Aunque en casa vivía rodeado de la radio en inglés y español y de la música de las grandes orquestas y bandas que escuchaba mi papá (tan fan de George Gershwin como de Glenn Miller), ahora también puedo suponer que ese caramelo de apenas tres minutos con cincuenta y cuatro segundos era mi ingreso, sin boleto de retorno, al mundo del jazz, porque en él Wonder no solo celebraba explícitamente a varios de los grandes del género (Count Basie, Glenn Miller, Louis “Satchmo” Armstrong, Duke Ellington y Ella Fitzgerald), sino que lo hacía con un certero crossover tan contagioso que era imposible escapársele. Una sección de alientos potente y desatada, un piano con reminiscencias de ragtime y un canto con el que yo podía imaginarme a Wonder con el rostro hacia el cielo, en su clásica pose de júbilo musical.
“Escribir la transformación de un gusto de infancia, y que el gusto, por otros motivos, siga siendo eso”, como justifica Edgardo Scott en Por qué escuchamos a Stevie Wonder (Gourmet Musical Ediciones, 2020): por eso me dije que debía redactar un comentario sobre este histórico álbum, gran vendedor (11.6 millones de copias hasta la fecha) y sin duda la consagración del cantante, compositor, tecladista y armoniquista afroamericano. También porque estoy convencido de que quien lo oye con atención (y luego repasa sus grandes grabaciones del período 1972-1979: Music of my mind [1972], Talking book [1972], Innervisions [1973], Fulfillingness’ first finale [1974], Looking back [1977] y Stevie Wonder’s journey through “The secret life of plants” [1979]) confirma que Wonder no solo es fabricante de endulzantes a la “I just called to say I love you” ni de sosa corrección política y chatas buenas intenciones, como las de “Ebony and ivory”, para algunos, el punto composicional más bajo de Wonder y Paul McCartney, genios de la tonada popular.
Robusto, pletórico, diverso, ostentoso en sus rangos y alcances, Songs in the key of life (refirámonos a partir de ahora a él como Songs) es el cénit de un artista con la extensa experiencia del niño prodigio e hipersensible (“Little Stevie Wonder” empezó a actuar en público a los once años de edad). Bebé prematuro, ciego de nacimiento, Wonder tuvo el don del oído y la música desde pequeño. Nativo de Saginaw, Michigan, Stevland Hardaway Morris fue fichado por Motown, el legendario sello de soul, R&B y pop afroamericano de Berry Gordy Jr. que terminó por conquistar el gusto del gran público en los años 50, 60 y 70. Ese fructífero período de excelencia musical coincidió con el control que tuvo sobre su carrera: Wonder ganó poder de decisión sobre derechos de autor, arreglos, procesos de producción, conciertos, imagen y hasta el arte de las fundas de sus grabaciones. “En poco tiempo –escribe Joel Selvin en un reportaje publicado en marzo del 2003 en la revista Mojo– su música sería escuchada en cada rincón del globo, cambiando para siempre la forma como la música se hace y se toca.” Sus exitosas negociaciones sentarían un precedente para otros artistas, no solo afroamericanos.
Songs también es un ilustrativo producto de la época: unos años 70 que intentaban dejar atrás la guerra de Vietnam. Apenas unos meses después de su lanzamiento, el triunfo electoral del sureño demócrata Jimmy Carter hizo pensar en la posibilidad de avanzar rumbo a una sociedad con menos tensiones raciales y desigualdad, con más equidad y oportunidades para todos los estadounidenses. Que décadas más tarde Wonder haya actuado en la ceremonia de inauguración de Barack Obama, el primer presidente afroamericano, en 2009, y que lo haya vuelto a hacer en la inauguración del Centro Presidencial Obama, el pasado junio de 2026, en Chicago, no permite echar las campanas al vuelo si uno se planta en estos años de Donald Trump, de renacidas y no tan veladas amenazas del supremacismo blanco.
Pero regresemos a la música. Detenerse un poco más en algunas piezas y aspectos de Songs puede servir para calibrar su relevancia (no por nada en 2005 fue incorporado al Registro Nacional de Grabaciones por la Biblioteca del Congreso, que lo consideró “cultural, histórica o estéticamente significativo”). Los volúmenes 1 y 2 (así los llamó el artista) no tienen desperdicio, no hay canciones de relleno. Oír las diecisiete más las cuatro que se publicaron en el EP “A something’s extra” y que ahora están integradas en el CD y en la grabación disponible en plataformas digitales, es una de las grandes experiencias que ofrece la música popular estadounidense.
Coloco, pues, la lupa sobre algunos tracks. “Village Ghetto Land” podría ser la pieza para gestionar el ingreso de Wonder al panteón de los grandes compositores de todos los tiempos. Pop de cámara, le digo yo. Lo más sorprendente es que en este urgente apunte social, que sigue vigente en plenos años 20 del siglo XXI, no está en acción un solo instrumento de cuerdas, aunque así lo parezca: todo es producto del Yamaha Electronic Polyphonic Synthesizer GX-1 de Wonder, quien lo apodó “la máquina de los sueños” y lo programó de tal modo que emula el ataque, el vibrato y el timbre de un ensamble de cuerdas acústico. El contraste es delicioso, certero y de una fina ironía: un recorrido por el ghetto con una perfecta impostación de los refinados sonidos de las atildadas salas de conciertos.
Tras esta joyita, se desencadena “Contusion”. Hay que recordar que en 1973 Wonder sufrió un accidente automovilístico contra un camión que transportaba madera, yendo su primo John Harris al volante. Un voluminoso tronco se estrelló contra el parabrisas. Wonder pasó dos semanas en coma. La pieza, instrumental, es de una vitalidad y una elegancia supremas. Todo Songs ostenta una gracia pop, una accesibilidad admirable, pero si en “Sir Duke” está la intención de amalgamar el pop con una suerte de jazz más clásico y tradicional, en “Contusion” hay rasgos del energético jazz rock, o jazz de fusión, que se estilaría a lo largo de los 70. La pieza no hubiera sonado fuera de lugar en el repertorio de Mahavishnu Orchestra, Weather Report, Return to Forever o Passport, pero con un acento y una fluidez que la ponen al alcance de un público más amplio. Mike Sembello, el notable guitarrista de sesión en esta y otras piezas, después lograría gran éxito con “Maniac”, un hit que se desprendió del soundtrack de la película Flashdance, en 1983.
Los dos volúmenes de Songs son estudios de caso de ambición artística, versatilidad, imparable empuje (con sesiones de grabación de hasta tres días seguidos con apenas tiempo para comer y dormir), llamadas a músicos a deshoras, y una musa inagotable que llevó a postergar su lanzamiento en varias ocasiones. Con humor, el equipo humano involucrado llegó a fabricar y vestir camisetas con la leyenda “Ya casi acabamos”. El volumen que Zeth Lundy dedica a Songs en la colección 33 ⅓ (Bloomsbury, 2007) abunda en el contexto que le dio vida y en su amplia significación y estela cultural. Musicalmente, yo no dejaría de enfatizar la búsqueda de Wonder en el ámbito de los teclados electrónicos, con una diferencia notable con géneros y aproximaciones que vendrían después: sus sintetizadores suenan con groove y alma; cargan el espíritu del funk, exudan swing; jamás son gélidos metrónomos que remitan a robots sin carne ni deseos. Otra notoria cualidad de Wonder es su capacidad para sacar de la chistera baladas soul y r&b que, si bien emparentadas, nunca suenan como una hilera de calcas.
Tan vasto e inspirado instrumentista es Wonder que es posible volver a escuchar “Isn’t she lovely”, la suave, cadenciosa y rítmica celebración por la llegada al mundo de su hija Aisha, como la proeza de armónica que es. También es posible aventurar que asumir así el tema de la paternidad gozosa le abrió puertas más tarde al John Lennon de Double Fantasy para componer “Beautiful boy”, en alusión a su hijo Sean.
Las notas del LP y el CD abundan en detalles no solo de los propósitos espirituales, políticos y sociales del álbum (“y si es una nota que tú también sientas, puedes sumarte y cantar conmigo”); también los agradecimientos de Wonder, lo mismo a Jeff Beck, David Bowie, Carole King y James Taylor, que a Alice Coltrane, Chick Corea, Quincy Jones, The Jacksons, Sérgio Mendes y Frank Zappa, hablan de sus relaciones y de la vitalidad musical y cultural de los años 70.
No sé si Songs fue iluso, idílico en exceso o hasta ingenuo. No tengo duda de que fue necesario, oportuno y generoso. La llamada pacífica, amorosa y de concordia de un hombre a sus conciudadanos con lo que mejor ha sabido hacer por décadas: música. “Black man”, otro de los temas imprescindibles, podría parecer esquemático: un torbellino funk en el que profesores y alumnos en plan de llamada y respuesta enumeran no solo personajes afroamericanos relevantes en la historia estadounidense; también judíos, chicanos (el hoy controvertido César Chávez), asiáticos y anglosajones. La canción se defiende porque funciona como pieza musical, al grado de ser la más redonda y contagiosa del volumen 2. El catador atento de la tradición de la música popular negra del siglo XX hasta se percatará de unas notas que anticipan “Thriller”, de Michael Jackson.
Reitero, de nuevo, en defensa de Stevie Wonder: no es solo el meloso cantante y compositor que le llama a su mujer para decirle que la ama. En sus años de refulgencia, pasó de ser telonero de The Rolling Stones a ocupar el primer plano en los escenarios del mundo. Artífice de afiladas y certeras flechas funk, como “Superstition” y “Higher ground”, y líder de la lucha ciudadana para instaurar en Estados Unidos el Día de Martin Luther King Jr. (que inició en 1980 y fructificó en 1983), también es el autor de Songs in the key of life, el álbum que a mis doce años de edad, nerd, cuatro ojos, pero ya precoz melómano, fue una Caja de Pandora en positivo: pura maravilla, alegría, ganas de moverme y una fe, que me dura hasta ahora, en la parte luminosa de la condición humana. ~