Dos poemas

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I. Aejo

Regla uno: calcula antes del riesgo.
La herramienta: una regla.
Todo es construcción.
Se imagina, se crea, se construye.
Unas escaleras, por ejemplo. Unas escaleras sin edificio,
helicoidales, donde solo se baja, se baja y se baja, porque
estas escaleras se hicieron para el descenso. Tu cálculo dice
que puedes seguir construyendo hacia abajo, sin perder el entusiasmo:
¡Aejo!
Te acompañan dioses monstruosos
que baten alas de murciélago
anunciando el crepúsculo, tiñendo de
rojo sus membranas.
El cálculo es correcto.
Tu entusiasmo se mantiene firme:
¡Aejo!
A estas alturas la luz ha dejado de importar.
El abismo es tu territorio: nadie
ha regresado de él, nadie loará sus riberas.
Dominar el miedo sin perder el ímpetu es
lo que mueve al seductor. Descender sin
vela alguna, habitar la profundidad.
El seductor sabe que no caza: él mismo es
la presa que escapa dejando tras de sí,
olvidados en lo negro corazones
desbaratados.
Vértigo. La sensación de dejarse ir:
una ola que se drena y te arrastra. 
Tu corazón pendula. Cansado de
bajar, te dejas caer y el corazón, a
fuerza de oscilar, aprende a batir
las alas. 
Con entusiasmo, persistes: 
¡Aejo! ~

II. Mush

Una mosca curiosa de mi carne al vivo, tras
haberme levantado un pedazo de piel
de mi pulgar, tras haber pasado algunos minutos rastrillando el jardín, tras haber rastrillado el jardín de la vecina, tras haberlo previsto con anterioridad, tras haberlo sentido, como la hierba que crecía descuidadamente en mi jardín y en el de al lado, pesar como un compromiso a realizar. 
Una mosca viene a probar mi carne al vivo, herida hecha en algún momento entre mi nacimiento y el día de hoy. Una mosca previsora. ~


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