Las ciencias sociales y la universidad

Desde los años universitarios del presidente, las ciencias sociales han cambiado de forma radical: cayó el bloque soviético y la democracia liberal es preferida como sistema de gobierno. En la UNAM se debate y critica toda forma de pensamiento único.
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Más que a menudo, la razón de Estado ha querido avasallar la libertad de pensamiento y, en particular, la que critica su sinrazón y el poder en que se afianza. Hoy vemos dirigir la virulencia de ese vicio del poder contra la UNAM desde la investidura presidencial.

El presidente de la República ha lanzado acusaciones contra esa universidad e insistido en que debe recibir una “sacudida”. Las acusaciones se concentran en la supuesta complicidad de la institución con el neoliberalismo y la sacudida la produce, por ahora, él mismo con sus declaraciones. Entre sus afirmaciones más recientes está una particularmente inexacta: que las ciencias sociales en la UNAM y sus facultades se “llenaron de conservadores”. Al ser imposible profundizar en lo que quiso o quiere decir el presidente, dada la inaccesibilidad de su tribuna, convienen algunas reflexiones.

Las ciencias sociales han cambiado radicalmente de cuando él estudió la licenciatura en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (ingresó en 1973 y se tituló en 1987) al momento actual. Las ciencias sociales en el mundo y en México en particular están marcadas por dos acontecimientos fundamentales de nuestro tiempo que se les imponen como parámetros ineludibles: el derrumbe del comunismo soviético y la preferencia dominante de la humanidad por la democracia liberal como sistema de gobierno.

Me atrevo a decir que ambos eventos también impactaron el mundo de las ciencias naturales y su enseñanza, así como el papel de la universidad internacionalmente. Basta observar cómo las ciencias que habían estado comprometidas con la carrera armamentista de la guerra fría pasaron a una etapa de desarrollo exponencial de globalización y crecimiento del conocimiento científico-técnico poco menos que asombroso, aunque no exento, por cierto, de raíces bélicas, como lo ha sido siempre en la historia de la civilización.

Las ciencias sociales, particularmente aquellas que abrevaban de forma directa o indirecta del pensamiento marxista, se enfrentaron necesariamente a revisión y autocrítica para encontrar de nuevo fundamentos epistémicos y ontológicos con los que encarar un mundo que es irreconocible bajo las ópticas previas y un futuro imposible de conciliar con la utopía que brotaba de esa fuente: el socialismo como “superación” del capitalismo y transición al comunismo. Esa tradición había quebrado desde sus inicios. Los escritos del último Engels y del Kautsky de madurez dieron la razón a la socialdemocracia, y la evolución “teórica” del leninismo como interpretación del marxismo condujo al estalinismo porque contenía en su seno los fundamentos epistémicos que lo hicieron posible, en particular, debido a la degradación dogmática (y supuestamente “científica”) de la democracia a “dictadura de la burguesía” y el mandato igualmente siniestro de que debía ser trocada por la “dictadura del proletariado”.

En las ciencias sociales que solía practicar la izquierda biempensante antes de la caída del Muro de Berlín, el comunismo soviético se impuso como un verdadero obstáculo epistemológico, mientras que otras ramas del conocimiento científico social se desarrollaron con mayor soltura (la teoría de la elección social, la economía del bienestar, la antropología, la teoría de los sistemas complejos, la teoría de la información, entre otras) y ofrecieron desafíos que aquellas no dejarían caber en sus repertorios.

Pasado el siglo que arrancó con esos debates, el derrumbe del imperio soviético ocurrió por su inviabilidad endógena, deliberadamente agudizada por Estados Unidos al conseguir la supremacía militar en la última etapa de la guerra fría. Desde el interior del comunismo soviético se desataron fuerzas sociales y políticas que clamaban por la democracia y denunciaban la dominación totalitaria de las nomenclaturas de los partidos comunistas como una opresión sin precedentes (cuyas cenizas siguen humeando en China y en Cuba). Antes, en Europa, sobre todo en Francia, Italia y España, se desarrolló con éxito una nueva visión de la realidad y del futuro posible (y deseable) gracias al eurocomunismo y a los partidos socialdemócratas. En el pensamiento económico, social y político aparecieron corrientes nuevas que aún se sostienen en algunos de los pilares de esa tradición bajo la forma de marxismo analítico, y que proponen una reformulación aún más drástica de las tesis originales de Marx y Engels, si bien conservan su pregunta original: ¿es posible llegar a un estado de cosas en que el ser humano se desprenda de la necesidad?

Sin detenerme en la minucia de esos acontecimientos, que merecen tratarse por separado, el impacto que han tenido en las ciencias sociales ha sido fulminante: deslegitimaron la práctica de la crítica y la crítica de la práctica que se hace desde el lugar autodefinido de un oráculo basado en el supuesto de una ciencia exterior al pensamiento ordinario de la gente (el “socialismo científico”), al que liberaría, en una epifanía, de la enajenación. Además, llevaron a la formación de un campo alternativo que reconoce la siguiente premisa: el marxismo carece de los fundamentos necesarios –que presume tener– para encarar el mundo, y si algo le sobrevive es la indignación moral ante la milenaria injusticia que practican los seres humanos entre sí y que Marx plasmó magistralmente en su obra.

Más allá de la indignación, hoy estamos obligados a entender los mecanismos detrás de la injusticia y a ofrecer maneras innovadoras de trascenderla. A esta premisa le acompaña otra: si la injusticia puede ser trascendida, no podrá ser mediante la injusticia misma, es decir, mediante la supresión de las libertades y conquistas sociales que han sido posibles en el orden liberal, sino solamente a partir de él, y sin apelación a una razón superior al lenguaje ordinario de los hombres.

En otras palabras, ningún proyecto político que pretenda hegemonía sobre las capacidades plenas de libertad de expresión y deliberación puede ser legítimo. La democracia es un medio y un fin en constante desarrollo, y las ciencias sociales tienen el deber de investigar sus condiciones y la forma en que pueden incorporarse a ella los procesos de decisión que conduzcan a verdaderas alternativas para superar los males de las sociedades realmente existentes (es decir, las capitalistas, porque no hay otras, solo variantes de ellas). El futuro, por ende, no deviene (solo) de la teoría ni de la fuerza ciega de la historia, sino de la práctica de la libertad, que no debe tener otro límite que las reglas de la democracia política.

Esta fuerte corriente en las ciencias sociales puso en cuestión el viejo proyecto de “cambio revolucionario” al reconocer la evidencia histórica de que en la democracia es posible modificar el orden económico y social sin recurrir a la violencia ni a la dictadura que necesariamente les sigue. Las revoluciones son, así, fenómenos que ocurren, tragedias gloriosas si se quiere, pero no un expediente necesario per se. Dicho sea de paso, otro tanto le ocurre, de manera menos reconocida, al gramscismo, cuya fidelidad leninista lo hace naturalmente inviable en condiciones de libertad de decisión democrática.

En la corriente de política económica dominante desde hace 40 años, el vituperado neoliberalismo no es otra cosa que el más adecuadamente llamado fundamentalismo de mercado. Si, por el contrario, se estudia el pensamiento económico en otras de sus vertientes, como por ejemplo la del institucionalismo histórico, puede observarse que siempre se reconoce y se reclama la función del Estado en sus formas de “libertad positiva”, para decirlo en palabras de Isaiah Berlin. En la vulgata antineoliberal se confunde este fundamentalismo de mercado con todo lo que le ha acompañado sin necesariamente originarse en él, incluida la democracia como forma de gobierno. La trágica consecuencia de esta vulgata no hace más que tirar al basurero el sistema nervioso del cambio político no violento. De ahí que decir “democracia neoliberal” no es sino una aberración intelectual, por más que distinguidos académicos hayan usado la expresión para designar sociedades en que, no obstante la democracia, se haya impuesto el fundamentalismo de mercado.

Por lo demás, abunda la investigación empírica que ha examinado sociedades que, precisamente gracias a la presencia de sistemas político-culturales democráticos, han cambiado sus condiciones de desigualdad y establecido sistemas de bienestar que ya hubieran querido en los países ex socialistas. A esos países, los escandinavos, se ha referido en no pocas ocasiones el presidente López Obrador.

Indudablemente, las ciencias sociales que colocan los valores de la democracia en el centro de su quehacer conviven en la universidad con otras corrientes que quieren recuperar –en vano, creo yo– el carácter revolucionario y antisistémico del conocimiento social de modo holístico, y fundan su visión de la sociedad futura –su utopía– en un determinismo dogmático y carente de base científica que, aun así, les permite afirmar falsamente que con toda certidumbre es posible desterrar el capitalismo y fundar un orden superior. Los resultados son tan lamentables como la misma pobreza de sus fundamentos teóricos e intelectuales: ahí están de muestra Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por cierto, una de estas corrientes tiene un bastión relevante en el Foro de São Paulo.

Es la UNAM la universidad donde más investigación y docencia se ha hecho para evidenciar los errores del fundamentalismo de mercado y en la que más se ha examinado el pensamiento y las políticas neoliberales. Esto se puede demostrar bibliográficamente sin problema alguno. Pero no olvidemos que es también una de las universidades en las que se da el debate y la crítica de toda forma de pensamiento único al que aludo aquí. Me temo que el presidente olvida que un Estado verdaderamente democrático no puede reclamar como intrínseca a sí mismo ninguna doctrina filosófica o científica, porque al hacerlo dejan de ser ciencia o filosofía para volverse razón de Estado. Ese ha sido uno de los errores más graves del neoliberalismo, como ha sido el caso con otras doctrinas económicas impuestas desde el poder político, entre ellas el marxismo. Y ni hablemos de las doctrinas religiosas. Así pues, debemos decir un nunca más a la razón de Estado desde las ciencias sociales y las humanidades.

Por supuesto que otra cosa sería hablar de las reformas que necesita la Universidad, pero eso no se puede hacer si el terreno de juego no está sembrado de buena voluntad. En rigor, la decencia política obliga a reconocer qué instituciones, además de la universidad, han fallado en sufragar el currículo para elevar la instrucción del pueblo. Si así fuera, bienvenido el debate.