Arruinar la complejidad ética en nombre de la ética

Lo woke está cambiando la naturaleza de la educación superior. En nombre de la representación y la justicia social, el talento se convierte en un instrumento de opresión.
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El narcisismo y el provincianismo al servicio de la virtud siguen siendo narcisismo y provincianismo. Este, más que las opiniones políticas específicas de los interesados, es el problema profundo del papel ideológico hegemónico que desempeña lo woke en la educación en los Estados Unidos y en Canadá (y hasta cierto punto en Australia y Nueva Zelanda). Porque el tema principal pasa de ser lo que se estudia a quién lo hace. Porque una vez que se hace de la educación un proyecto en gran medida moral y político, se establece una especie de lecho de Procusto en el que hay que hacer encajar la propia materia.

El ataque en Estados Unidos a las escuelas de élite que hasta ahora concedían la admisión casi exclusivamente sobre la base de exámenes competitivos es un excelente ejemplo de ello. El argumento es bastante sencillo: el alumnado de estas escuelas nunca ha reflejado la composición étnica y/o racial de las comunidades en las que están situadas. Por lo tanto, debe haber algo fundamentalmente erróneo en el proceso de admisión.

La retórica que a menudo ha acompañado a estas afirmaciones suele incluir tergiversaciones de la realidad demográfica que serían cómicas si no fueran tan perjudiciales. La más importante es que estas escuelas de élite son bastiones de la supremacía blanca. Y, sin embargo, la realidad es que si eso fue alguna vez así –un asunto discutible– en 2022 estas escuelas son bastiones del esfuerzo asiático-americano, hasta el punto de que los estudiantes asiáticos-americanos son casi siempre la mayoría en las escuelas de élite urbanas y a menudo también en las suburbanas.

Pero si lo que se espera de la escolarización es la promoción del proyecto de “antirracismo” al estilo de Woke y Kendi-DiAngelo, es decir, si lo central es el imperativo moral de lograr la Diversidad, la Equidad y la Inclusión (DEI), entonces lo que tradicionalmente se ha esperado que haga la educación –enseñar a la gente cosas que todavía no sabe– puede seguir siendo importante pero ya no puede considerarse la prioridad.

Sin duda, no es así como describen el proyecto sus proselitistas. En su lugar, inventan formas cada vez más creativas de ocultar el hecho de que lo que piden es que se acepte que la representación demográfica es más importante que el mantenimiento de los estándares plasmados en los resultados de los exámenes. La “excelencia inclusiva” es cada vez más el eufemismo para ello.

Y sin embargo, por supuesto, la excelencia rara vez es inclusiva. Por eso se llama excelencia. Pero esto es precisamente lo que se cuestiona hoy. Y para hacerlo con éxito, hay que cambiar la naturaleza de la escuela, y hacer que pase de enseñar a los jóvenes materias a afirmar (otro eufemismo: lo que se quiere es celebrar) sus identidades y experiencias, es decir, una enseñanza terapéutica además de politizada. Y así, de nuevo, la celebración posprotestante del yo se convierte en algo primordial.

La educación es ahora como un morality play [una obra teatral de contenido didáctico] donde se oculta el hecho de que asignaturas como las matemáticas o la física son en realidad muy difíciles, y donde lo más importante es el proyecto ético en el que, de hecho, todo el mundo está capacitado para participar. En esta visión de las cosas, hacer otra cosa es excluir, marginar, rechazar; en definitiva, sostener la injusticia.

En nombre de la ética se pierde la complejidad ética. En nombre de la representación, el talento se convierte en un instrumento de opresión, a no ser que se considere que todo el mundo tiene talento, lo que, de nuevo, es una contradicción en los términos. Pero esa es ahora la visión ortodoxa.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en Desire and Fate.

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