Es natural que la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente del gobierno español convertido desde su salida del poder en un confuso híbrido de lobista internacional y avalista de regímenes autoritarios, haya generado reacciones de toda clase. Sin embargo, la más unánime es la que señala su hipocresía: ¿cómo puede ir dando lecciones de moralidad quien ocultaba en su caja fuerte valiosas joyas sin declarar y cobraba cantidades millonarias por facilitar oscuras maniobras políticas? Se ha citado mucho una vieja frase suya: “Ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho”. Que él tuviera mucho y estuviera dispuesto a dar poco, descontadas sus palabras huecas sobre la justicia universal, justifica la acusación de hipocresía: porque hipócrita es quien hace lo contrario de lo que dice. ¿O no?
Quizá no; o no exactamente. Hipócrita es quien finge sentimientos, opiniones o cualidades diferentes a las realmente existentes; es, pues, quien disimula. Pero hay muchos tipos de disimulación y no todos ellos son desaconsejables; algunos disimulan para salvar la vida del prójimo y todos disimulamos a diario para evitar una discusión o ahorrarle un disgusto a quien nos acompaña. ¿Somos, en ese caso, hipócritas? Si lo somos, ¿está mal que lo seamos? Alguna vez se ha fabulado con un mundo en el que todos dijéramos lo que de verdad pensamos en todo momento; el resultado, como cualquiera puede imaginar, es poco estimulante. De ahí se deduce que la hipocresía no solo es un vicio, sino que puede ser una virtud; así titula su último libro la teórica política italiana Nadia Urbinati: L’ipocrisia virtuosa en la edición italiana de 2023 y Virtuous Hypocrisy en la inglesa del año pasado. Su lectura no solo es recomendable, sino que permite establecer una relación directa entre los buenos usos de la hipocresía y la reciente visita del Papa León XIV a España. ¡Qué cosas!
Si las paradojas de la hipocresía forman parte del repertorio de la teoría política del último medio siglo, no obstante, es gracias a otra pensadora singular: la letona de origen judío Judith Shklar. Se ocupó del asunto en Ordinary Vices, publicado originalmente en 1984 y del que Página Indómita publicó nueva edición en español –con el título de Los vicios ordinarios– hace cuatro años. En esta obra, Shklar se propone dar una vuelta a los vicios morales bajo el magisterio de Montaigne: de la crueldad al esnobismo, de la misantropía a la traición. Cuando reflexionamos sobre ellos, señala Shklar, comprobamos que nuestra cultura está formada por un conjunto de subculturas acumuladas en capas sucesivas: viejos rituales religiosos, sensibilidades étnicas, residuos ideológicos. Y de ello se sigue una conclusión realista: la democracia liberal es una receta para la supervivencia colectiva antes que un proyecto orientado hacia el perfeccionamiento de la humanidad. ¡Amén!
Shklar señala que abundan quienes consideran que la hipocresía es el peor de los vicios. Y quienes la sitúan en ese lugar la encuentran en todas partes: incluso cuando no queremos engañar a otros, sino que solo nos engañamos a nosotros mismos, estaríamos siendo hipócritas. Pero si es el caso, ¿en qué consiste exactamente la hipocresía? Originalmente era interpretar un papel en la escena y pasó a considerársela un vicio cuando el hipócrita disimulaba sus verdaderas creencias religiosas o fingía una piedad inexistente. En el marco de una democracia liberal, dice Shklar, hipocresía es el vicio del que puede acusarse al rival ideológico cuando este llega al poder y fracasa a la hora de realizar sus ideales. Irónicamente, la democracia liberal necesita de la disimulación: ¿de qué otro modo podrían alcanzarse compromisos entre quienes defienden posiciones distintas? No obstante, incluso el desenmascaramiento ideológico es una herencia del conflicto religioso; todas las sectas acusan de hipócritas al resto. Y los puritanos lo hacen con especial celo: el miedo a la condena eterna genera una cultura de la inseguridad que Shklar encuentra en el Tartufo de Molière.
Viejos y nuevos hipócritas
Será Hegel quien se pregunte qué pasa con la conciencia humana cuando Dios sale de escena y nos quedamos a solas con nosotros mismos. A su juicio, el nuevo hipócrita es aquel que asigna a su conducta intenciones nobles, desinteresadas y altruistas; convertido en juez de su propia conviencia, se absolverá de cualquier falta. Frente al exhibicionismo moral de cuño religioso, el nuevo hipócrita ha hecho de la sinceridad –¡Rousseau!– un valor supremo. Su equivalente político será la defensa de una causa ideológica, ya que las causas funcionan como las buenas intenciones y “pueden ser usadas para purificar cualquier clase de conducta”. ¡Zapatero! O sea: “Por remota que sea, mientras la ‘causa’ sea moral los actores que dicen promoverla pueden hacer lo que quieran, siempre que les sea posible afirmar que la promueven con sus acciones”. De la misma manera, Shklar apunta que la hipocresía de los ideólogos siempre es la misma: quieren hacernos creer que las necesidades de una minoría satisfacen los intereses morales y materiales de la mayoría. Esta clase de hipocresía es común entre intelectuales; muchos de ellos, huelga decirlo, acostumbran a presentarse como sus fervorosos enemigos.
Resalta Shklar el hecho de que la democracia liberal fue acusada de hipócrita desde el principio: pues ni sus gobernantes eran intachables, ni sus leyes realizaban una justicia completa. Para colmo, la democracia representativa solo puede mantener su legitimidad si refuerza los valores en los que se basa; el inevitable contraste entre lo que el gobernante dice y lo que hace genera así un desencanto que será mayor cuanto mejor orador sea quien se dirige en cada caso a los ciudadanos. En un sentido más amplio, la democracia promete un gobierno popular que no es –que no puede ser– tal: también por ello se la tacha de hipócrita. Pero es que la democracia representativa no puede funcionar sin un cierto grado de hipocresía; los candidatos, a fin de cuentas, tienen que persuadir a los votantes. Y lo mismo vale para los ciudadanos en un régimen político que promete libertad de conciencia y movilidad social: “Una sinceridad que humillase a los demás y un rechazo rígido a todo compromiso arruinarían la civilidad democrática en una sociedad política donde la gente está seriamente dividida en materia de creencia e interés”. Desde este punto de vista, pues, la hipocresía es una virtud cívica. Tal es el punto de partida de Nadia Urbinati.
La pensadora italiana es prudente: la hipocresía no es siempre una virtud; en lugar de expresar un juicio tajante al respecto, hemos de considerar el marco en que la hipocresía puede –o no– estar justificada. Pero su tesis central es parecida a la de Shklar: “en una sociedad basada en el respeto al otro, la gente debería ser capaz de ejercer cierto grado de hipocresía, ya que la insistencia en la autenticidad no siempre es el mejor aliado de quienes tienen principios y creen en ellos”. Claro que a Urbinati no le preocupa la concordancia con la verdad, ya que concibe la hipocresía como un estilo de discurso que opera en el plano performativo rectamente entendido: dado que hablar es un “acto”, la hipocresía tiene que ver con qué decimos y cómo lo decimos. Se trata de una práctica que diferencia entre el respeto a los demás y la adhesión a su concepción del bien. Por el contrario, quien sostiene que siempre hemos de decir lo que pensamos parte de la premisa –quizá inconsciente– de que somos depositarios de una autoridad que puede imponerse a los demás. Es al contrario: la hipocresía expresa la madurez de quien gestiona los desacuerdos sin recurrir a la coerción. Así contemplada, es una virtud liberal. Y se encuentra fuertemente asociada a la tolerancia, una virtud “fría” sin la que ninguna sociedad abierta puede sobrevivir.
De ahí que la contención a la hora de expresar nuestros prejuicios sea indicativa de una sociedad que avanza hacia la civilidad; la hipocresía, como señala Jon Elster, posee fuerza civilizadora. En ese sentido, una sociedad cuyos políticos no se sienten libres de decir todo lo que querrían decir –unos políticos que miden sus palabras– es más cívica que una donde sucede lo contrario, pues en esta última el político lenguaraz de turno da rienda suelta a su discurso a sabiendas de que una parte de la opinión pública le dará su apoyo. Urbinati subraya que la hipocresía a la que ella se refiere es propia de una sociedad liberal que ha reconocido los derechos individuales y el pluralismo social; no pidiéndose a nadie que se comporte heroicamente, se corre en ella el riesgo de que cunda el conformismo. La dificultad estriba en fijar la frontera que separa el respeto cívico de la aceptación ciega: tampoco se debe morir de hipocresía y a veces la rebeldía es imprescindible para construir un orden social más justo o más libre.
La hipocresía en la historia
Sobre los orígenes históricos de la hipocresía tiene Urbinati cosas interesantes que decir; aunque se hayan dicho antes, está bien que vuelvan a decirse. Así como en el mundo griego la hipocresía es –como la retórica– una acción que se ejecuta en público, en el mundo cristiano la relación personal con Dios pasa al primer plano. Se demanda del individuo que no separe su vida interior de su conducta exterior; la coherencia es una virtud suprema. Y así, en los Evangelios se juzga hipócrita a quien no actúa con arreglo al verdadero deseo de ser bueno o lo hace para recibir el aplauso ajeno o alinearse con las normas sociales. En otras palabras, no podemos separar esferas vitales distintas y actuar de maneras diferentes en cada una de ellas. Tiene así sentido que la hipocresía moderna nazca de la separación gradual del individuo y el ciudadano, de la persona que actúa en su esfera privada y la que lo hace fuera del ámbito familiar o personal. Desde los siglos XVI y XVII, la hipocresía recupera su posición en el pensamiento ético-político al tiempo que gana fuerza la moderna separación de las distintas esferas vitales: política, economía, moral.
Sucede que la hipocresía moderna, al decir de Urbinati, no opera en el dominio de la verdad ni debe juzgarse en relación con ella: es una práctica social. Nace con la propia sociedad civil y facilita su existencia. Téngase en cuenta que la tolerancia adopta un papel en el interior de la cristiandad antes de que John Locke la proponga para la sociedad en su conjunto; fracasada la “concordia filosófica” propuesta por las autoridades religiosas de acuerdo con la distinción ciceroniana entre diálogo y retórica, que trataba de separar los dogmas fundamentales de los desacuerdos menores en materia de doctrina que sería razonable tolerar, la oposición entre catolicismo y protestantismo condujo de manera paulatina a la aceptación pragmática de la tolerancia. Antes de su codificación liberal, por lo tanto, la idea de tolerancia sugería la coexistencia pacífica –en espera de una futura reconciliación– entre las distintas ramas del cristianismo. En la medida en que los Estados adquieren una soberanía pronto reconocida en los tratados internacionales y se limitan hacia dentro sus poderes, la tolerancia debía pasar a ser una virtud moral de la gente corriente. Y en ese contexto nace la hipocresía moderna, un vicio menor –dice Urbinati– que se inclina hacia la virtud.
Expulsada la verdad de la soberanía y del Estado, pasamos de la obediencia basada en el miedo a la obediencia basada en el interés racional. Será Montesquieu quien introduzca el comercio, el interés y la mediocridad de los objetivos vitales como indicadores de una buena vida; en lugar de construir una república virtuosa, se trataba de dar forma a una república comercial donde la hipocresía es sostén de las relaciones cívicas. Frente a la república romana, en consecuencia, su alternativa inglesa: la libertad de los modernos. Para los pensadores liberales más románticos, como Mill, la renuncia al individuo original constituye sin embargo un problema democrático; de ahí que elogie al excéntrico y al heterodoxo. No le falta razón; un exceso de conformidad puede ser letal para una sociedad. Y viceversa: si todos nos empeñásemos en ser intensamente originales, el orden social sería inviable. Pero es una cuestión de grado y cabe así reconocer que la hipocresía encuentra su sitio en la democracia representativa, donde nadie puede arrogarse el monopolio de la verdad y el compromiso pasa a ser la esencia de la política. Mientras que las reglas y los procedimientos han de ser “auténticos” y ser respetados por los actores políticos, estos deben rehuir la autenticidad –el romanticismo político– y abrazar la hipocresía. Aunque cuidado: si esta se vuelve patológica, advierte Urbinati, dejará de servir a su propósito estabilizador.
De manera que lo fundamental es determinar sus límites: ¿dónde acaba la hipocresía y dónde empiezan la mentira o el fingimiento inaceptable? Tras ocho años de gobierno de Pedro Sánchez, los españoles se preguntan lo mismo. La respuesta de Urbinati, inspirada por Sir Henry Bolingbroke, es que la conducta privada de los líderes políticos debe estar alineada en la mayor medida posible con su apariencia pública, pues este es el camino más hacedero para quienes desean hacer carrera en una sociedad donde los medios de comunicación y la opinión pública juegan un papel determinante: la suya sería una “virtud interesada”. Entre un político que sigue a la opinión y otro que engaña a la opinión, Urbinati prefiere al primero, lo que le permite hacer una distinción acertada que –otra vez– concierne a los españoles: el político que es hipócrita por resentimiento constituye una fuente de despotismo y corrupción; el político que es hipócrita por conformismo, en cambio, reconoce la autoridad del público y se pliega a ella. Que cada cual haga sus comparaciones.
No todas las hipocresías son iguales
Ahora bien: la digitalización de la esfera pública y la transformación de las redes sociales en una arena decisiva para la vida política son enemigas de la hipocresía entendida como virtud cívica. En las redes abundan las descalificaciones personales, las afirmaciones grandilocuentes, el radicalismo ideológico; afortunadamente, también hay humor e ingenio. Y si la mayoría se siente obligada en ellas a decir siempre lo que piensa, es por su singular composición; como señaló hace décadas Giovanni Sartori, quienes más participan son siempre los más dogmáticos e intolerantes. Para el resto, no existen incentivos para dedicar un tiempo extra a la política; quienes no están en las redes, en suma, son más tolerantes e hipócritas. Va de suyo que en contextos sociales fuertemente polarizados, lo que quiere decir sometidos a discursos políticos frentistas cuyo fin es incentivar la discordia civil, la autocontención se ejercerá con más dificultad.
Bien entendida, la tolerancia proviene de la duda sobre la superioridad de nuestras convicciones: ¿quiénes somos nosotros para comportarnos como zelotes y decir a los demás lo que deben creer o cómo tienen que vivir? Para Urbinati, la llamada corrección política responde a esa lógica negativa: en una sociedad donde conviven los diferentes –aunque vivamos casi todos igual– y se dan oportunidades constantes para la fricción moral o ideológica, tenemos la obligación moral de ejercitarnos en los buenos modales. Aunque la corrección política llevada a su extremo conduzca a resultados absurdos, sostiene la autora, es aconsejable recurrir a ella como mecanismo contra la autenticidad dogmática: “No se trata de educar a la gente en la doblez, sino de hacerlo en la aceptación y el reconocimiento del otro”.
Pero no hace falta ser un defensor de la corrección política en sus formas más dudosas para reconocer el valor de la tolerancia y la correspondiente necesidad de practicar un cierto grado de hipocresía cuando nos relacionamos con los demás en la esfera pública; solo atenuando el disgusto que nos provoca el prójimo será posible mantener la conflictividad social en niveles tolerables. Dicho esto, el conflicto puede asimismo divertirnos; sobre todo ahora que la disputa ideológica y partidista se ha trasladado a las redes sociales y el intercambio de opiniones proporciona un entretenimiento sin pausa: la hipocresía, por contraste, es más aburrida. Por otro lado, mantener cierta distancia es sencillo cuando el poder también la observa: el respeto de los gobernantes al principio del gobierno limitado permite a los gobernados desvincularse parcialmente de la vida política, pues nadie debe temer de esta última una afectación directa sobre su vida; cuando quien ostenta el poder se dedica a politizar la vida privada, en cambio, el ciudadano se ve obligado a reaccionar y deja a un lado –digamos– cualquier hipocresía.
En cuanto a los líderes políticos, la hipocresía se les supone y sin embargo resulta desaconsejable: a diferencia del ciudadano que interactúa con otros ciudadanos en la esfera pública, ellos no opinan sino que hacen. Incluso sus opiniones, cuando ejercen cargos representativos, son acciones. Y si bien de ahí no se sigue que hayamos de exigirles una completa sinceridad, sí han de ser honestos; aun cuando operen en la sombra o encarnen a su personaje ante el público, los políticos deben actuar conforme a patrones reconocibles bajo el esquema de medios y fines. O sea: la disimulación teatral debe estar al servicio de un proyecto político que los ciudadanos reconozcan como genuinamente vinculado a la satisfacción de sus intereses.
Por el contrario, será hipócrita el político que use las buenas intenciones como máscara de la simple lucha por el poder. Dicho de otra manera: el político para quien el poder deja de ser un medio se convierte en el peor de los hipócritas, pues habrá de ocultar a los ciudadanos que no hay para él ningún otro fin digno de atención. Quien así actúa no solo traiciona la confianza del ciudadano, empujándolo hacia el cinismo, sino que socava la legitimidad de la democracia misma. Se pone así de manifiesto que no todas las hipocresías son iguales: algunas son viciosas y otras pueden ser virtuosas. Y, como dijo el juez Holmes sobre la pornografía, las reconocemos cuando las tenemos delante.