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Desastres invisibles

Las colas en los bancos, las cajas de las tiendas, las antesalas médicas, las ventanillas públicas y privadas, son tan comunes que parecen normales. Pero destruyen millones de horas de productividad.
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Hay desastres repentinos y visibles, como las inundaciones, que exigen atención inmediata, y hasta salen en televisión. Pero también los hay poco visibles, como el hundimiento de la Ciudad de México, que avanza tranquilamente a la catástrofe.

Las colas en los bancos, las cajas de las tiendas, las antesalas médicas, las ventanillas públicas y privadas, son tan comunes que parecen normales. Pero destruyen millones de horas de productividad.

Nadie se ha puesto a calcular cuánto cuestan los accidentes provocados por los baches de calles y aceras. La muerte, invalidez y daños a personas y vehículos valen mucho más que remediar los baches. Pero los daños los pagan los afectados, mientras que el remedio lo paga el erario; al que le salen más baratos los accidentes que su prevención. En otros países no es así. El erario indemniza y las autoridades pagan el costo político de su ineptitud.

Un cliente abre una cuenta bancaria. Cuando el banco establece una sucursal más cercana, trata de cambiarse y encuentra resistencias (las sucursales compiten internamente y pierden puntos cuando pierden un cliente). Molesto, procede a cancelarla. Intentan disuadirlo con mayor firmeza. Para acabar (o eso supone), saca todo el dinero de la cuenta. Empieza a recibir estados de cuenta en ceros. Temiendo alguna trapacería, va con un tambache de estados en ceros para que los vean. Le dicen: ¿Y usted que pierde? Diez años después, sigue recibiendo estados en ceros.

Un contribuyente del impuesto predial paga por adelantado todo el año. De pronto, llegan recordatorios de pago y hasta amenazas de embargo. El mismo predio empezó a generar dos avisos: uno a nombre del dueño y otro anónimo, dirigido “al propietario o poseedor del predio”. Cuando llegan a embargar, muestra el año pagado y el actuario se retira, molesto (pierde la comisión que esperaba). La historia se repite un año después, y así sucesivamente, a pesar de interponer oficios aclaratorios. Contrata a un gestor, y logra detener los avisos anónimos doce años después de que empezaron a llegar.

Lo mismo sucede en otro predio, con una variante. El propietario trata de corregir su nombre, que está mal escrito. Lo corrigen, y empieza a recibir dos avisos: el de siempre y otro con el nombre correcto.

El Seguro Popular, de inscripción voluntaria, llegó a tener más de 50 millones de afiliados que pagaban una pequeña cuota. Suprimirlo para hacer algo mejor y completamente gratuito (que no existía y todavía está lejos de alcanzar la misma cobertura) fue un desastre innecesario para millones de mexicanos.

De manera irresponsable, los bancos envían tarjetas de crédito no solicitadas. Inducen a los incautos a gastar de más y meterse en problemas.

Las buenas intenciones contra la corrupción, la imprevisión y los trámites lograron el desabasto de medicamentos. Y no sabemos cuántas muertes.

En todos los países, la covid ha provocado mortandad, frenada por la vacunación y otras medidas preventivas. Pero el freno en México fue titubeante, tardío y todavía incompleto. Los 300,000 muertos (oficiales) pasarán a la historia como una ineptitud desastrosa de la Secretaría de Salud.

Los apagones son destructivos. Interrumpen el trabajo, producen fallas en los servicios de televisión e internet, dañan las medicinas y alimentos que requieren refrigeración, los aparatos electrodomésticos, el transporte eléctrico, los servicios de hospitales, hoteles, restaurantes, bancos, tiendas, elevadores, escaleras eléctricas y muchos equipos industriales. Pero, en la oscuridad del apagón, los daños son invisibles.

Telmex tarda semanas en reparar una línea y no paga los daños de quedarse sin teléfono. Ni siquiera descuenta del recibo el cobro del servicio que no dio.

Los beneficios del programa “Hoy no circula” están por verse. Pero ha costado miles de millones de pesos en capital ocioso un día por semana.

Hay quienes creen que Kafka inventó las situaciones kafkianas a partir de su experiencia como modesto empleado público. Pero su experiencia burocrática la vivió como alto ejecutivo de una inmensa compañía de seguros privada. Lo mismo viven los asegurados que sufren un siniestro y tratan de cobrar el seguro. Cobrar se vuelve una novela kafkiana.

Publicado en Reforma el 31/X/21.