El misterio de Echaveste

En la historia de los embajadores estadounidenses en México hay pocas figuras con gran conocimiento del país. María Echaveste no es diplomática de carrera ni tiene ninguna experiencia significativa en la región.
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El nombramiento reciente de la nueva embajadora estadounidense en México me hizo recordar un reportaje de la revista The New Yorker, escrito por su editor, David Remnick, sobre “el nuevo antiamericanismo de Vladimir Putin”. El protagonista del relato es Michael McFaul, el exembajador de Estados Unidos en Moscú. Es una historia fascinante de diplomacia. McFaul asumió el puesto en enero del 2012 después de haber dedicado su vida al estudio de la Unión Soviética y Rusia. En el primer periodo de Obama fue el principal asesor del presidente sobre la región. Sus colegas lo reconocen como la máxima eminencia en el tema y un recorrido por su biografía basta: McFaul ha estado involucrado en la vida rusa desde mediados de los ochenta, cuando era un estudiante universitario de poco más de veinte años de edad. En los noventa viajó de nuevo a Rusia para tratar de apoyar la consolidación de la democracia postsoviética. Para 2012, cuando finalmente llegó a Moscú como embajador, McFaul ya había acumulado treinta años de estudio de la complicadísima dinámica política rusa. Era, en pocas palabras, el estadounidense mejor calificado para ocupar ese puesto que es, sobra decirlo, absolutamente crucial para Washington. Resulta revelador de la enorme dificultad del puesto que, con todo y ese caudal de sapiencia, McFaul duró apenas dos años en Moscú. Tras sufrir el ataque frontal de la maquinaria propagandística de Vladimir Putin —que desconfío de él desde el primer momento— el embajador pasó más tiempo defendiendo sus credenciales que avanzando la agenda estadounidense en Moscú. Hoy está de regreso en Estados Unidos, escribiendo con frecuencia sobre la creciente megalomanía de su antiguo Némesis en el Kremlin. Para sustituirlo, Barack Obama nombró a John Tefft, un diplomático de carrera con décadas y décadas de experiencia en la región. Tefft es, digamos, el segundo estadounidense mejor calificado para ocupar la embajada en Moscú. ¿La lección? Con una misión diplomática de ese tamaño no se juega. Los riesgos son demasiados.

En la historia de los embajadores estadounidenses en México hay pocas figuras como Michael McFaul, de alto calibre y gran conocimiento del país. En casi doscientos años de difícil relación con México, Washington ha utilizado con frecuencia la embajada para foguear protodiplomáticos, acomodar amigos o, en el peor de los casos, como escenario para urdir conspiraciones deleznables.

Hay, claro, algunas honrosas excepciones. Pienso, por ejemplo, en Jeffrey Davidow. Al llegar a México, Davidow ya acumulaba años de estudio no solo sobre nuestro país sino sobre América Latina. Había sido embajador en Venezuela y comprendía plenamente lo que enfrentaría México con la promesa de la alternancia. Davidow asumió su papel con sensatez, intensidad y hasta gozo. Prueba de ello es su libro El oso y el puercoespín. Como McFaul en Rusia, pocas personas mejor calificadas que Davidow en su tiempo para ser embajadores en México.

Tristemente, me parece imposible decir lo mismo de María Echaveste, recién nombrada por Barack Obama como candidata para suceder a Anthony Wayne. Echaveste no es diplomática de carrera ni tiene ninguna experiencia significativa en la región, salvo un breve periodo en Bolivia en el 2009. Tiene cierta práctica en el mundo académico, pero no es, ni de lejos, un especialista como McFaul. Trabajó en la Casa Blanca de Bill Clinton en cargos de relativamente bajo perfil. Su aparente vocación en política doméstica (política migratoria) no coincide con el camino que, hasta donde parecía, habían acordado ambos gobiernos para la relación bilateral: no creo que la señora Echaveste tenga entre sus prioridades el fortalecimiento de la relación comercial, objetivo principal (casi único) del canciller Meade.

¿Cómo explicar su nombramiento, entonces? Quizá se trata de un guiño a la comunidad hispana. Parece que el principal activo de la señora Echaveste es ser a) hija de inmigrantes mexicanos y b) mujer hispana. La nota a mediados de semana no fue que Barack Obama había preferido ignorar a diplomáticos de carrera con amplísima experiencia en México, gente respetada y admirada en nuestro país como Roberta Jacobson o John Feeley, sino que la nueva embajadora sería una mujer hispana, hija de inmigrantes: la biografía electoralmente redituable como argumento profesional. Es una lástima. La embajada de Washington en México no está hecha para cubrir cuotas. Es un puesto complejo, con una historia llena de dificultades. Un cargo que merece más respeto.

(El Universal, 22 de septiembre, 2014)

 

 


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