Daniel Gascón: Hola, bienvenidos a Letras Libres, a El salón de Gascón. Hoy tenemos la suerte de tener con nosotros a Arnaud Miranda, autor de este libro que está muy bien, La ilustración oscura: comprender el pensamiento neorreaccionario. Él va a hacer la entrevista en francés y yo voy a intentarlo, y cuando no nos entendamos, intentaremos que vosotros sí que nos entendáis. Muchas gracias por estar con nosotros en El salón de Gascón.
Arnaud Miranda: Buenos días, muchas gracias por recibirme. Estoy encantado de estar aquí, sobre todo por la publicación del libro en español, me hace mucha ilusión.
Daniel Gascón: El libro es La ilustración oscura, o Les lumières sombres. ¿Y qué son las “luces oscuras” o la “ilustración oscura”?
Arnaud Miranda: “La ilustración oscura” es el apodo, o la versión estética, de un concepto más preciso, que es el de pensamiento neorreaccionario. Se trata de una constelación ideológica que nació a finales de la década de los 2000 en el contexto específico de Estados Unidos, pero con un segundo elemento clave: nació en internet. Surgió en blogs gestionados por autores que escribían principalmente bajo seudónimo y que desarrollaron un conjunto de teorías que, aunque heterogéneas, constituyeron una especie de doctrina. Su objetivo, para decirlo de la forma más sencilla, era transformar la democracia en otro régimen: un Estado-empresa liderado por un director ejecutivo, o CEO. Según ellos, al ser más racional y eficaz que los dirigentes democráticos, este CEO garantizaría la seguridad y la prosperidad del Estado.
Daniel Gascón: Señalas que hay cinco puntos en común en el pensamiento de las personas que escriben en estos blogs, a pesar de sus diferencias.
Arnaud Miranda: Sí, totalmente. Eso permite comprender fácilmente por qué hablo de “pensamiento neorreaccionario”. Para aclarar los términos, el pensamiento reaccionario es un pensamiento de derecha, o más bien de extrema derecha, que defiende un orden tradicional considerándolo como legítimo. Lo que intento mostrar en el libro es que dentro de esa historia de la derecha y extrema derecha existen dos grandes familias que no se deben confundir: los conservadores y los reaccionarios. Los conservadores defienden el orden tradicional militando por preservar valores religiosos, morales y políticos dentro de un marco político dado, por lo que están obsesionados con la estabilidad. Aunque no sean los mayores fanáticos de la democracia, no buscan derrocarla, sino jugar bajo sus reglas para proteger los valores que buscan preservar. Los reaccionarios, en cambio, consideran que ya es demasiado tarde para defender esos valores dentro del marco de la democracia o del sistema en el que evolucionan y, por lo tanto, quieren derrocar el régimen político.
Daniel Gascón: Son revolucionarios, pero de derechas.
Arnaud Miranda: Absolutamente. Están obsesionados con la idea de ruptura y cambio de régimen. Por tanto, la neorreacción describe a autores que pretenden romper con el sistema y acabar con la democracia. Para entender por qué hablamos de “neorreacción”, es útil repasar esos cinco puntos que comparten. Los tres primeros son típicos del pensamiento reaccionario clásico desde la Revolución Francesa: la creencia en la existencia de desigualdades naturales que deben reflejarse en el orden social, que para ellos es una desigualdad basada en el coeficiente intelectual, donde los más inteligentes deben ocupar las funciones más altas por ser más racionales; un pesimismo antropológico que sostiene que el conflicto social no puede eliminarse, solo limitarse, exigiendo un Estado absolutamente soberano para evitar que degenere; y el desprecio a la democracia, considerándola no solo corrupta, sino ineficaz.
Los otros dos puntos justifican el término “neo”. Por un lado, su herencia libertaria, algo muy original frente a la tradición reaccionaria, en especial la europea. Al venir de una base que busca reducir o eliminar el Estado, la neorreacción rechaza la idea de que la legitimidad del Estado provenga de los ciudadanos, y afirman que el Estado no es más que una empresa que ofrece un servicio de seguridad y prosperidad, donde los ciudadanos son meros clientes.
Daniel Gascón: Y el Estado no es visto como una familia, que sería la idea conservadora, sino como una empresa.
Arnaud Miranda: Absolutamente, lo cual marca una gran diferencia con el resto del pensamiento reaccionario. Y por otro lado, el elemento quizás más llamativo es el optimismo tecnológico y la idea de desregular la tecnología y el capitalismo para lograr esta revolución política. Aunque históricamente hubo corrientes fascistas tecnófilas, como el futurismo de Marinetti en Italia, aquí van mucho más allá. Los neorreaccionarios más radicales, como Nick Land, pretenden usar la revolución política para generar una aceleración tecnológica que supere a la humanidad, apuntando hacia un futuro transhumanista. Otros, como Curtis Yarvin, ven la tecnología simplemente como una forma de reforzar ese Estado-empresa.
Daniel Gascón: Hay una paradoja interesante: Curtis Yarvin empieza como libertario y se convierte en autoritario.
Arnaud Miranda: Gracias por esa pregunta, es fundamental para entender su trayectoria. Los libertarios en Estados Unidos se basan tradicionalmente en defender los derechos individuales y la propiedad, argumentando que el Estado no debe atacarlos y que, por ende, los impuestos son ilegítimos. Sin embargo, a partir de los años ochenta, una facción liderada por Murray Rothbard dio un giro reaccionario. Al ver que no podían ganar poder en democracia, propusieron hacer secesión del Estado, creando el paleolibertarianismo. Un ejemplo es Hans-Hermann Hoppe, quien a principios de los 2000 defendió que, a elegir entre la democracia y la monarquía, era preferible la monarquía. Yarvin y Peter Thiel provienen de esa tradición, pero Yarvin va un paso más allá en sus textos de 2007: abandona la idea de hacer secesión y propone directamente tomar el control del Estado para derrocar la democracia y reemplazarla por un Estado-empresa gestionado como una monarquía.
Daniel Gascón: Es interesante porque, en su teoría política sobre el poder y la justicia, Yarvin dice que la justicia no importa, lo único que importa es el poder.
Arnaud Miranda: Absolutamente. Esa es la definición del “formalismo”, el primer nombre que le dio a su teoría en su manifiesto de 2007. Su argumento es que los debates en democracia sobre a quién debería pertenecer qué, como la justicia social, la redistribución o las reparaciones históricas, son pura metafísica inútil. Es una forma de no ver la política como lo que realmente es: relaciones de poder y gestión del conflicto. Propone formalizar las relaciones de poder tal y como son, aunque parezcan injustas, simplemente para garantizar el orden y evitar la guerra civil. Es una versión simplificada de Hobbes: eliminar la incertidumbre moral para mantener el orden mediante un Estado absoluto. Pero no es una monarquía dinástica tradicional; su modelo se inspira en las start-ups de Silicon Valley, donde un consejo de administración nombra a un CEO con plenos poderes que, de morir o dimitir, es sustituido por otro CEO elegido, no por herencia.
Daniel Gascón: Y resulta fascinante la contradicción con el populismo: siendo una sensibilidad tan elitista, a veces apoyan a políticos populistas como Trump.
Arnaud Miranda: Así es, y es un punto muy importante. Esta ideología es fundamentalmente antipopulista, pero figuras como Nick Land y Yarvin celebraron la elección de Trump porque lo veían como un “César” que abriría la puerta al cambio de régimen, aunque no fuera su CEO soñado, ya que Yarvin soñaba con alguien como Steve Jobs o Elon Musk. Su visión se opone completamente a la derecha alternativa, o alt-right, de Steve Bannon, que sí era populista y basaba su estrategia en oponer un pueblo blanco y puro a las élites corruptas y a la amenaza extranjera. Para Yarvin, hacer activismo público solo sirve para alertar al enemigo y generar resistencia. Él propone el “pasivismo”: crear una pequeña élite intelectual muy organizada que pase desapercibida o parezca absurda a los ojos del mundo, para luego infiltrarse y convertir a miembros de la alta administración y líderes políticos clave. Y, de hecho, esa estrategia funcionó cuando actores de Silicon Valley, como Peter Thiel o Marc Andreessen, se apropiaron de estas ideas y las conectaron con figuras políticas como JD Vance, quien luego sería candidato a la vicepresidencia. Esto nos enseña que el éxito de una ideología no siempre radica en convencer a las masas, sino en convencer a las personas adecuadas.
Daniel Gascón: Además, resulta muy interesante que sea un movimiento intelectual nacido en internet, en blogs, ya que en los medios tradicionales o en la universidad esta ideología no tiene espacio.
Arnaud Miranda: Sí, y por eso insisto en el término “contracultura”. Lo que surgió en internet en la década de 2010, como la alt-right, el masculinismo o la neorreacción, no es solo un depósito de odio, sino una verdadera contracultura construida desde la marginalidad frente a la ideología progresista dominante en universidades y medios. Utilizan la cultura popular, los videojuegos, películas como Star Wars o El Señor de los Anillos, y formatos propios como foros, cadenas de blogs y documentos en PDF. El trumpismo se apropió de esta contracultura porque los políticos necesitaban presentarse como renovadores y cuasi revolucionarios. De forma similar a cómo las fuerzas progresistas asimilaron la contracultura de los años 60, hoy vemos un mecanismo similar desde la extrema derecha, operado por una base sociológica joven, masculina y blanca.
Daniel Gascón: La “ilustración oscura” es al mismo tiempo distópica y utópica. ¿Qué ocurre cuando llegan al gobierno y se enfrentan a la frustración de la realidad, siendo a veces tan idealistas?
Arnaud Miranda: En efecto, mezclan la utopía y la distopía. Autores aceleracionistas como Nick Land buscan provocar la llegada de un futuro transhumanista e inhumano, radicalmente diferente al actual; tienen un deseo enorme por ver ese futuro materializarse. En cuanto a su impacto real, a los grandes actores de Silicon Valley les interesa promover esta visión porque sirve a sus propios intereses económicos en el desarrollo de la inteligencia artificial, y no es casualidad que Elon Musk, Thiel o Andreessen citen estas referencias. En el ámbito político, sin embargo, los líderes no aplican un programa ideológico literal. Dentro del trumpismo, la derecha tecnológica compite frontalmente con el nacional-populismo de base y con los conservadores religiosos postliberales. Trump se encuentra en el cruce de todos estos polos contradictorios. Lo que sí han logrado es introducir sus términos, como la aceleración tecnológica, el papel de la IA o la crítica a la burocracia, en el lenguaje político y público general.
Daniel Gascón: Y en la dimensión europea, también se dice que estas ideas están entrando en el debate.
Arnaud Miranda: Así es, esas son las investigaciones que llevo a cabo ahora. No debemos ver esto como una simple burbuja estadounidense; es la expresión de un fenómeno mayor de “iliberalismo tecnológico” que trasciende fronteras. Por ejemplo, en Argentina, Santiago Caputo, principal asesor de Javier Milei, es muy cercano a las ideas neorreaccionarias, ha escrito bajo seudónimo y se rodea de estos blogueros. En Europa, desde 2024, vemos a la extrema derecha adaptando estos discursos. En Francia, Éric Zemmour conoció a Yarvin, le pareció genial y su entorno intentó abandonar los temas clásicos y pasatistas, como la inmigración o el islam, para adoptar discursos enfocados en el futuro: la IA, la eficacia y el fin de la burocracia. Sin embargo, se enfrentan a un gran obstáculo: la soberanía. Desregular la tecnología implica abrir los mercados europeos a Estados Unidos y aceptar su dominación imperialista, lo cual choca frontalmente con la esencia soberanista de la extrema derecha europea, generando tensiones evidentes en líderes como Giorgia Meloni.
Daniel Gascón: Y en Estados Unidos también hay una reacción popular y populista contra la tecnología y los centros de datos.
Arnaud Miranda: Absolutamente, esa es la materialización de sus contradicciones ideológicas. Figuras del populismo como Steve Bannon o Tucker Carlson se oponen a las grandes élites capitalistas tecnológicas. La necesidad de construir inmensos centros de datos para sostener la economía digital choca directamente con los intereses populistas locales. Aunque Trump intenta justificar que esta industria creará empleos para la clase trabajadora, el gran desafío actual de estos movimientos iliberales es cómo compatibilizar los intereses corporativos tecnológicos con el discurso populista, una tensión que históricamente también existió dentro del fascismo y el nazismo.
Daniel Gascón: Y finalmente, esta idea de que no se debe deliberar ni debatir, sino gestionar las cosas como en una empresa…
Arnaud Miranda: Exacto. Al escribir el libro comprendí que el verdadero enemigo de estas ideologías no es tanto la democracia en sí, sino el “espacio político autónomo”. Es decir, detestan la idea de que en nuestra sociedad exista un espacio de incertidumbre y deliberación donde debatimos el futuro de nuestra comunidad y podemos cambiar nuestras convicciones. Quieren aniquilar ese espacio argumentando que estamos sometidos a leyes biológicas, económicas o tecnológicas ineludibles. Nick Land llega a decir que, por mucho que luchemos, la historia está en nuestra contra y solo nos queda desesperar; para él, el espacio político autónomo es una ficción. Por eso, quienes valoramos este espacio político, sea desde el debate o el conflicto, debemos tomar conciencia de la magnitud de este ataque y defender dicha autonomía.
Daniel Gascón: Muy bien. Muchas gracias por escucharnos y, bueno, leed el libro que tiene muchas más cosas, con muchas fuentes y una información muy bien sintetizada que os orientará muchísimo. Muchas gracias.
Arnaud Miranda: Muchas gracias a ti.