En Venezuela, una mañana entera puede perderse por culpa de una carpeta equivocada.
No por los documentos equivocados. Por la carpeta.
En algunas oficinas públicas, los ciudadanos aprenden rápidamente a cargar copias adicionales de todo porque los requisitos tienen la costumbre de cambiar a mitad del trámite. Un sello faltante, una fotocopia en el tamaño incorrecto, una firma en tinta azul en vez de negra, cualquiera de esas cosas puede invalidar horas enteras de cola. A veces el funcionario desaparece sin explicación. Otras veces alguien informa con absoluta normalidad que “el sistema está caído” y que hay que volver mañana.
La mayoría de los venezolanos tienen historias así. Se cuentan con el humor agotado de quien habla del tráfico o del clima.
Con el tiempo, la gente se adapta.
Alguien conoce a un gestor que puede acelerar el proceso. Otro tiene un primo dentro del ministerio. Un pago resuelve lo que el procedimiento legal no puede resolver. La corrupción deja de sentirse excepcional y empieza a sentirse estructural, menos como una desviación del sistema que como la única manera en que el sistema realmente funciona.
El absurdo se vuelve soportable precisamente porque rara vez se presenta como drama histórico. La mayor parte del tiempo se siente simplemente agotador.
Ese ambiente moldeó al chavismo mucho más profundamente de lo que suele reconocerse.
Los observadores externos suelen imaginar el autoritarismo estéticamente: severidad militar, disciplina ideológica, miedo omnipresente. Venezuela evolucionó de otra manera. Hugo Chávez fue uno de los políticos más carismáticos de su época, pero su carisma descansaba menos en la dureza que en la familiaridad. Bromeaba, cantaba, improvisaba historias, coqueteaba con el público, hablaba durante horas con la intimidad emocional de alguien conversando en una cocina más que gobernando un Estado.
Nicolás Maduro heredó parte de esa gramática emocional. Incluso en momentos de peligro político existencial, solía proyectar casualidad más que tragedia, sonriendo en medio de sanciones, bromeando frente a amenazas, comportándose como si incluso la catástrofe pudiera administrarse burocráticamente.
Chávez no convirtió a Venezuela en un país permanentemente aterrorizado. La convirtió en un país profundamente acostumbrado a convivir con contradicciones.
Y con el tiempo, la contradicción misma se convirtió en el ambiente dominante del país.
Poco a poco, cierta sensación de normalidad comenzó a regresar. Los centros comerciales volvieron a llenarse, aparecieron nuevas torres de lujo y los conciertos agotaban entradas otra vez. Todo eso coexistía con presos políticos todavía encarcelados, millones de venezolanos emigrando y un Estado que seguía negando incluso los abusos más evidentes.
El contrato social implícito del chavismo tardío empezó a parecerse cada vez más a algo así: sí, el sistema es corrupto, arbitrario y está capturado, pero resistir es agotador, el dinero vuelve a circular y la vida puede continuar si la gente deja de interrumpir el arreglo.
Partes de la élite empresarial venezolana parecen haber hecho las paces con esa lógica, algo que empieza a verse también entre inversionistas extranjeros y observadores internacionales. Después de tantos años de crisis y agotamiento político, la posibilidad de una vida más o menos normal puede terminar resultando más seductora que las preguntas incómodas sobre las condiciones que la hacen posible.
Esa distorsión se extiende al propio Estado.
El gobierno venezolano muchas veces funciona menos como una burocracia coherente que como un archipiélago de oficinas desconectadas operando con realidades parcialmente incompatibles entre sí. Los procedimientos se superponen, se contradicen, desaparecen y reaparecen. La responsabilidad se disuelve en la fragmentación. Los ciudadanos aprenden rápidamente que la coherencia es algo que se negocia, no algo que se espera.
Y quizás por eso el reciente caso de Víctor Hugo Quero Navas resultó tan desorientador incluso para venezolanos acostumbrados desde hace tiempo al absurdo institucional.
Víctor Hugo Quero, un detenido acusado arbitrariamente de terrorismo y traición a la patria, habría muerto bajo custodia estatal en julio de 2025. Sin embargo, según documentos públicos y la propia versión posterior del gobierno, el Estado siguió tratándolo durante meses como si permaneciera vivo. Mientras tanto, su madre lo buscaba entre cárceles, tribunales y oficinas públicas, recibiendo respuestas que asumían con absoluta normalidad que su hijo seguía allí. Dos días antes de que el gobierno reconociera oficialmente su muerte e inhumación, un tribunal todavía rechazaba una solicitud de amnistía presentada por sus abogados.
Lo más inquietante es que algunos de los funcionarios involucrados quizás nunca supieron que Quero ya estaba muerto. La contradicción quedó absorbida dentro de una maquinaria institucional tan acostumbrada a convivir con la irrealidad que nadie pareció sentir la necesidad de interrumpirla.
La burocracia no solamente ocultó la muerte. Intentó reemplazar la realidad misma. A punta de expedientes, oficios y procedimientos administrativos, el Estado terminó produciendo una ficción institucional donde Quero seguía vivo.
Incluso figuras centrales del propio chavismo han terminado absorbidas por esa lógica. Tareck El Aissami, uno de los arquitectos más importantes del sistema, hoy denuncia violaciones procesales y abusos similares a los que durante años sufrieron innumerables presos políticos en Venezuela. El descaro es evidente. Pero también lo es algo más inquietante: los sistemas construidos alrededor de la arbitrariedad terminan extendiéndola incluso hacia quienes ayudaron a consolidarla.
El problema de convivir demasiado tiempo con el absurdo no es solamente que la gente deja de esperar eficiencia. Es que eventualmente deja de esperar coherencia moral.
La convivencia prolongada con la incoherencia termina alterando las expectativas básicas de una sociedad. La gente deja de preguntarse si las instituciones tienen sentido y empieza a preguntarse únicamente si son navegables. La corrupción deja de parecer una desviación y empieza a sentirse práctica. La contradicción se vuelve soportable. La arbitrariedad, ordinaria.
Hasta que un día la misma maquinaria sobre la que los venezolanos aprendieron a bromear procesa a un preso muerto como si siguiera vivo mientras su madre lo busca de oficina en oficina.
Y de repente el absurdo deja de parecer absurdo en absoluto. ~