El terrorismo y las conversaciones difíciles

Las soluciones al terrorismo son mucho más complejas que las que dicta la demagogia disfrazada de realismo.
AÑADIR A FAVORITOS

Cuando se produjo el atentado contra Charlie Hebdo, era frecuente leer que el ataque reabría el debate de la libertad de expresión. Ahora, cuando se comete un atentado, es habitual oír que se reabre el debate sobre la tolerancia. Es por ejemplo lo que ha hecho la primera ministra británica Theresa May.

Manuel Arias Maldonado ha escrito:

La secuencia es conocida y empieza a parecerse a una rutina. Primero llega la noticia, abrupta y escalofriante, que se va abriendo paso entre rumores: la posibilidad del terrorismo y la confirmación del terrorismo. Después se suceden las reacciones en las redes sociales, los análisis en los medios y los debates de ideas. Con distintos grados de sofisticación, los argumentos se repiten: sobre la naturaleza del yihadismo, sobre las responsabilidades históricas de las potencias, sobre el equilibrio entre seguridad y libertad, sobre las víctimas musulmanas del terrorismo islamista, sobre el discutible silencio de las comunidades musulmanas, sobre la necesidad de evitar la islamofobia, sobre la imposibilidad de evitar el miedo, sobre la improbable relación entre islam y democracia. Mientras discutimos, se amontonan los cadáveres. En París o Londres; también en Kabul.

En muchos lugares se reivindica una visión supuestamente realista, frente a los engaños “buenistas” de los defensores de la diversidad. Algunos activan una hermenéutica de la sospecha, convencida de que los medios mainstream quieren esconder que el atentado es islamista (aunque, como suele ocurrir, las informaciones fiables de ese atentado parten de los medios mainstream), como si hubiera una especie de intento de ocultarlo. Al parecer, en 2017, dieciséis años después del 11S, trece años después del 11M, algunos creen que existen personas tan optimistas como para pensar que pueden ocultar que el terrorismo islámico es peligroso.

Se reivindican valores robustos, pero lo que se transmite es justamente lo contrario. La reacción que piden es desproporcionada y alimenta a los terroristas. Estos saben que no pueden vencer: su objetivo es provocar una reacción excesiva del adversario. La retórica excluyente de los valores firmes combate al hombre de paja del buenismo o del relativismo moral. Pero también posibilita generalizaciones injustas y en algunos casos abiertamente racistas. Aunque se quiera disfrazar de dureza y de voluntad de llamar a las cosas por su nombre, muchas de esas reacciones dan una sensación de fragilidad y cobardía.

Por desgracia, en momentos de conmoción, algunos líderes parecen sumarse a eso. May declaró que es necesario afrontar “conversaciones difíciles” sobre la tolerancia. May ha sido secretaria de interior y es primera ministra: ha sido responsable de las últimas políticas antiterroristas. El suyo era un discurso de campaña, pero también una forma poco sutil de disimular su responsabilidad.

Una idea es “privar a los extremistas de sus espacios seguros online”: por ejemplo, usando métodos de desencriptación y censurando sitios de internet y redes sociales. En un artículo estupendo, Kenan Malik alertaba de los riesgos y dudaba de la eficacia de ese sistema, que comparaba a las versiones controladas de internet de países como Rusia o Irán: porque el “extremismo” es una categoría resbaladiza que los gobiernos luego pueden usar como les parezca, porque dificultar la circulación de ideas odiosas no acaba con ellas sino que las esconde y dificulta combatirlas, porque no parece que sea un elemento decisivo en la lucha concreta.

En campaña para las elecciones que se celebran hoy, May también dijo que si las leyes de derechos humanos interfieren en la lucha contra el terrorismo, habrá que cambiar esas leyes. David Allan Green ha explicado que desde 2000 el Reino Unido ha tenido una nueva ley para el terrorismo cada dos años. En su blog del Financial Times ha escrito un post recomendable sobre la costumbre de utilizar como chivo expiatorio el Human Rights Act de 1998 y la Convención Europea de Derechos Humanos, que está cualificada “en el sentido de que el Estado puede interferir con el derecho cuando hacerlo está en el interés del público”, con la excepción del derecho a la vida y a no ser torturado, y que está en la base de los acuerdos de Viernes Santo. Pocos políticos, según el autor, han utilizado con más frecuencia el recurso de culpar a la legislación de derechos humanos. “Pedirle a ella o a sus asesores más detalles carece de sentido: la única vez que lo hizo dijo incorrectamente que era por culpa de un gato”, escribe.

A juicio de Malik, los problemas en la lucha contra el terrorismo son policiales (terroristas vigilados que se cuelan entre los sistemas de protección), políticos (el gobierno parece bloquear la publicación de una investigación sobre cómo se financian los grupos yihadistas, que podría incomodar a Arabia Saudí) y sociales (la fragmentación, la debilidad de movimientos progresistas que daban forma política al descontento social, la política identitaria). Las soluciones probablemente serán más complejas que las que dicta la demagogia disfrazada de realismo.