¿El triunfo de Bin Laden?

La reciente liberación del soldado Bowe Bergdahl pone de manifiesto las contradicciones políticas al interior de Estados Unidos.
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Hace unos días, a raíz de la liberación del sargento Bowe Bergdahl, último prisionero de guerra estadounidense en Afganistán, un colega por acá se preguntaba si, en al menos algún sentido, Osama Bin Laden terminó saliéndose con la suya. En términos generales, no consiguió absolutamente nada. El sueño de la instauración de un nuevo gran califato – con adopción universal de la sharía incluida – resultó  una locura. Desde el 2001, Al Qaeda perdió prácticamente toda su estructura ejecutiva. Con la salvedad de Ayman Al-Zawahiri (el segundo de Bin Laden) y quizá tres o cuatro figuras más, el círculo cercano al líder terrorista ( y el propio líder) ya no existe.

Ahora: desde otro ángulo, Bin Laden sin duda obtuvo lo que quería. Logró, por ejemplo, hundir a Estados Unidos en una espiral económica. De acuerdo con algunos cálculos, el costo de los ataques terroristas ronda los tres millones de millones de dólares para Estados Unidos (incluyendo lo incurrido por el gobierno, impacto a la iniciativa privada y otras consideraciones). Bin Laden también consiguió arrastrar a este país a dos guerras sin sentido e increíblemente onerosas. Pero eso no ha sido lo peor. En función de Bin Laden y sus aspiraciones, el costo humano ha sido quizá más importante y revelador. El dolor de la guerra, después de todo, se juzga desde sus muertos pero aún más desde sus vivos.

El mejor ejemplo es Bowe Bergdahl.

En un gran perfil para la revista Rolling Stone, el periodista Michael Hastings cuenta cómo Bergdahl creció en Idaho con un sentido peculiar del deber, críado por sus padres, ambos calvinistas. Siendo todavía un adolescente intentó sumarse a la Legión Extranjera francesa. Tiempo después entretuvo la idea de viajar a África para enfrentar las injusticias del continente negro como una especie de ingenuo mercenario. Al final optó por el ejército de su país, que lo envió a Afganistán en el 2009. A juzgar por el retrato que pinta Hastings y los mensajes que Bergdahl envió a sus padres desde el peligrosísimo oriente afgano, el soldado pensaba encontrar no una guerra cruel sino una representación casi novelística de la responsabilidad del hombre blanco. Lo que halló fue la versión más brutal e insensata de la violencia bélica. Se desilusionó de la brutalidad de sus compañeros de armas, capaces de burlarse de los afganos, que no entendían una palabra de inglés, o de (literalmente) aplastar niños en los caminos rurales de la zona con tal de evitar dispositivos explosivos improvisados o emboscadas. El caso es que, a finales de junio del 2009, Bergdahl tomó algunas cosas y abandonó el campamento de su pelotón. Su intención es aún desconocida. Lo que sí es un hecho es que, en algún momento de las horas siguientes, el Talibán lo capturó. Bergdahl comenzó así un periodo de reclusión que culminaría hace unos días en un intercambio de prisioneros que ha sido –por decir lo menos– de difícil digestión en Estados Unidos.  Después de un lustro de búsqueda, incluyendo misiones que, hasta donde se sabe, costaron la vida de varios soldados, el gobierno estadounidense decidió cambiar a Bergdahl por cinco miembros de alto perfil del Talibán, todos recluidos en Guantánamo. La relevancia de los afganos liberados ha provocado una reacción feroz entre la derecha republicana, que también le reclama a Obama que no le haya consultado al Congreso antes de tomar una decisión de ese calibre. Obama ha respondido diciendo que la vida de un soldado estadounidense bien vale un intercambio como el que ha ocurrido.

En cualquier caso, lo interesante no es el debate sobre la manera como fue liberado Bergdahl: detrás de la indignación republicana (como la de la mayoría de los políticos) está eso, la politiquería. Lo que de verdad amerita una reflexión es la figura misma de Bergdahl y lo que simboliza. ¿Hay algo más revelador que un muchacho idealista de 23 años de edad que abandona el ejército de su país, para caminar solo por la aridez afgana, arriesgando el cargo de deserción, la libertad y hasta la vida con tal de alejarse de la barbarie de una guerra despreciable?  Bowe Bergdahl personifica los últimos diez años de la historia estadounidense: un país confundido y sacudido por la violencia; un país vencido, en cierto modo, por el terrorismo.

(Publicado previamente en el periódico El Universal)

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