De Singapur a China e Irán. ¿Un modelo alternativo de desarrollo?

El problema con el modelo alternativo de Lee Kuan Yew y Deng Xiaoping  es que se fracturó muy pronto por el lado político. La liberalización económica fue un éxito en Singapur y en China. El monopolio del poder, no.
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“With one hand you grab refom and opening.
With the other, you grab every kind of criminal behavior.
You have to have a firm grip with both hands”.
Deng Xiaoping *

En 1992, en su última visita al sur de China, que era ya la punta de lanza del boom económico que convirtió al país en una potencia en una cuantas décadas, Deng Xiaoping subrayó la meta que China debía alcanzar en dos décadas para salir de la pobreza: igualar y rebasar el notable y reciente desarrollo de los “pequeños dragones” de Asia, entre ellos, y sobre todo, el de Singapur. China tenía que “ usar su experiencia como modelo”.

Deng sabía de lo que hablaba. Había conocido la pequeña isla en los años veinte cuando era el último rincón colonial de Gran Bretaña en el sureste de Asia, pobre, sin recursos y olvidado de la mano de Dios. Cuando volvió a fines de los setenta —para consultar a Lee Kuan Yew, el eterno líder de Singapur, sobre el peligro que representaba un Vietnam en expansión—, la isla se había convertido en el Hong Kong del sureste asiático.

Lee, quien murió en marzo, tenía ya un prestigio que rebasaba con mucho las fronteras de la ciudad-Estado que gobernaba. Astuto, preparado y carismático, el cofundador de ASEAN (la asociación que agrupa los países del sudeste asiático), tenía una visión geopolítica profunda y certera.

Había establecido un sistema político híbrido, que respetaba la democracia, herencia de Gran Bretaña, pero que manipulaba distritos electorales, obras públicas que beneficiaban a quienes votaban por el partido oficial (llamado Acción Popular), y echaba mano del garrote para silenciar a sus opositores cuando lo consideraba necesario. Un monopolio paternalista del poder, que prohibía mascar chicle, castigaba a quien grafiteara edificios públicos con una andanada de latigazos, y a los asesinos y traficantes de droga, con la pena de muerte. ”Entre ser temido y ser odiado, yo siempre he creído que Maquiavelo tenía razón. Si nadie me teme, no soy nada”, declaró alguna vez.

Singapur hubiera sido una curiosidad histórica, una pequeña nación encabezada por un operador político inteligente, si Lee no hubiera construido también un milagro social y económico en la isla. Una sociedad multiétnica pero armónica y un centro financiero y comercial que ha gozado de un crecimiento sostenido del PNB de 7% anual.

Lee Kuan Yew —dice el editorial de The Economist, del 28 de marzo— era un firme creyente en la meritocracia y conformó un gobierno —incluida la burocracia— de funcionarios talentosos, bien pagados y honestos. Lee y su equipo abrieron la economía, establecieron un sistema de regulaciones mínimas pero efectivas que atrajo a la inversión extranjera, y aprovecharon las ventajas geoestratégicas de Singapur: una espléndida bahía y la posición de la isla en el estrecho de Malaca (por el cual transita hoy el 40% del comercio mundial).

Lee Kuan Yew parecía haber encontrado un modelo alternativo y eficaz al de la democracia liberal de Occidente para promover el desarrollo: autoritarismo más libertad económica. Un modelo que casaba a las mil maravillas con el proyecto de Deng Xiaoping. El líder chino reprodujo la liberalización económica singapurense, primero en el delta del río Perla y después en la costa oriental de China, sin soltar el monopolio partidista del poder, con resultados sorprendentes. El PNB chino empezó a crecer a una tasa de 10% al año.

El modelo resultó tan atractivo para quienes rinden tributo verbal a la democracia pero encabezan sistemas autoritarios, que rebasó pronto las fronteras de Asia. Su último exponente es el presidente iraní, Hassan Rouhani. Tras el acuerdo que firmó hace días con Washington y sus socios occidentales, y que previsiblemente retrasará una década el avance del programa nuclear de Irán, está un proyecto parecido al de Deng y Lee. Rouhani busca que se levanten las sanciones que pesan sobre Irán y liberalizar la economía, sin modificar un ápice la teocracia (necesariamente) autoritaria que gobierna Irán.

El problema con el modelo alternativo de Lee y Deng es que empezó a fracturarse muy pronto por el lado político. La liberalización económica fue un éxito indudable en Singapur y en China. El monopolio del poder, no. Desde que Lee ungió a su hijo Lee Hsien Loong como cabeza del gobierno de Singapur, las demandas sociales lo han obligado a suavizar el rígido control político que había establecido su padre, incrementar el gasto social y abrir canales de comunicación entre el gobierno y los ciudadanos.

En China, la dictablanda se volvió dictadura muy pronto. En 1989, Deng Xiaoping ordenó al ejército acabar con los estudiantes que demandaban libertades democráticas y habían ocupado la plaza de Tiananmen. La represión se convirtió en la norma política en China, como ha sido siempre en el Irán teocrático, por cierto.

No hay modelo alternativo. China y Singapur tuvieron la inmensa suerte de ser gobernados por dos estadistas notables en momentos clave de su historia: visionarios, reformistas, valientes y, al menos en el caso de Lee, incorruptible. Ambos encabezaron proyectos bipolares y transitorios. Fueron la excepción de la regla autoritaria que generalmente produce gobernantes como Castro, Maduro o Putin. Dictadores que acaban presidiendo economías en ruinas.

*Véase, Ezra F. Vogel, Deng Xiaoping and the Transformation of China.

 

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