Foto: Presidencia de la República

Entre Salmerón y Silas

La Biblia enseña que creer en el futuro y en su constructor es suficiente para la salvación. En el actual presidencialismo mexicano, las cosas funcionan de manera parecida.
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En Hechos 16, en la Biblia, encuentro esta pertinente instrucción a un carcelero asustado que había maltratado a los señores Pablo y Silas, seguidores de Jesús: “Cree en el señor Jesús y serás salvo. Tú y toda tu casa”.

Fue todo. Ni Pablo pidió que los liberara, ni Silas que corrigiera su rumbo personal. Ninguno le dijo que se arrepintiera de servir a esos jefes malvados que le ordenaron colocar grilletes apretados en los pies de los cristianos. Tampoco le pidieron que reflexionara sobre lo que hacía a otros presos. Sus faltas no eran importantes, qué ocurrencia. Lo único que debía hacer era asumirse del lado correcto y obtener las credenciales buenas. El carcelero pidió ahí mismo el bautizo y trajo a su familia. En la lógica de la Biblia, supongo, fue al cielo por ello. Fue salvo, sin importar que siguiera poniendo grilletes sin justificación. Es más, supongo que fue salvo sin importar que disfrutara apretando esos metales en tobillos inocentes. Pero no dice eso la Biblia. Solo dice que creer en el futuro y en su constructor es suficiente.

En la lógica del actual presidencialismo mexicano, las cosas funcionan de manera parecida. Manuel Bartlett fue un actor relevante (más que un carcelero) de un régimen con serias acusaciones y es propietario de una fortuna inmobiliaria inexplicable, lo que bastaría por lo menos para pedirle cuentas, ya no se diga para que enfrentara responsabilidades. Sin embargo, el señor tiene credenciales. Fue bautizado en el gremio por Andrés Manuel López Obrador y lo que haya hecho en el pasado o pretenda hacer en el futuro está lavado. López Obrador no estará en la cruz, pero está en el altar de las conferencias matutinas todos los días para redimir a los suyos. Por eso Bartlett puede dirigir la aún poderosa Comisión Federal de Electricidad, pedir que sea omnipotente y estar tranquilo porque además sus familiares, aquellos que hagan negocios abusivos con el gobierno, están salvos.

Lo mismo se puede decir del historiador Pedro Salmerón, propuesto infructuosamente para una embajada y posteriormente protegido con la promesa de un cargo de asesor. En su caso el pecado es de muy distinta ralea: él no forma parte de un grupo cuestionado por ver en el poder su patrimonio, ni tiene, que se sepa, una fortuna y alberca en Texas. A él se le ha documentado una debilidad por las mujeres que lamentablemente acompaña de una clara incapacidad de contención ante el rechazo y una evidente incomprensión del significado del abuso en determinadas circunstancias.

Pero este no es un juicio a Salmerón. Ni a Bartlett. Ni al hijo del presidente que provoca conflictos de interés con Pemex. Ni al hermano del presidente que es videograbado mientras recibe dinero de funcionarios. Ni a Hugo López-Gatell, ese médico que informó a los mexicanos que el cubrebocas no servía, que la covid no era grave y que el presidente no tenía fuerza de contagio. Tampoco pretendo juzgar al ex asesor omnipotente, Julio Scherer, por tráfico de influencias, ni mucho menos al fiscal Alejandro Gertz Manero por usar la institución para fines personales.

Lo que pretendo es mostrar que el presidente los protege sin pedir explicaciones ni asomarse al tipo de pecado cometido. No hay elementos en común entre las presuntas o evidentes faltas de los personajes que he señalado, pero sí entre sus credenciales. Son de la cofradía, están bautizados y sus faltas –pasadas y futuras– están lavadas porque hicieron caso de la instrucción de Silas.

Vuelvo al papiro de libros sagrados. En Juan 3, topo con otra explicación. Esta vez, según el discípulo Juan, es el mismísimo Jesús el que dice: “El que cree en Él (en Dios) no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado”.

En otras palabras, los actos no importan. Si no se ha cometido ninguna falta, salvo la gravísima de estar en la fraternidad equivocada, entonces ya no hay para dónde hacerse; hagan lo que hagan, habrá condena. Por el contrario, los del sindicato correcto, los que se metan bajo el manto protector del redentor, podrán salvarse sin importar lo que hagan porque, vuelvo a citar al discípulo Juan: “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él”. ¿Ah, verdad?

Pero me pregunto qué habrá pasado con el carcelero tras la partida de los seguidores de Jesús. Sí, ya dijimos que, en la lógica de la Biblia, habrá ido al cielo. Sin embargo, en la vida presente los escenarios posibles se desdoblan y una de las posibilidades es que haya perdido su trabajo y haya sido castigado. El poder siguió siendo el poder y aparentemente Jesús vivió muy poco tiempo. Sus enseñanzas se quedaron, pero la vida mundana continuó y el poder lo ejerció alguien. 

Otro paréntesis. No es mi intención ofender a los creyentes. Si utilizo un lenguaje que adolece de las formas protocolarias del respeto a los actores y símbolos es solo porque no formo parte del gremio, pero lectora de su filosofía sí que soy, como puede verse. Cierro.

Me pregunto sobre el destino del carcelero porque tanto en su caso como en el de los protegidos del presidente de la República hay una promesa de futuro. El carcelero irá al cielo porque, en la lógica de la Biblia, los ofertantes son seres divinos y no importa que lo maten en este mundo.

Sin embargo, Bartlett, Salmerón, López-Gatell y compañía solo tienen protección mundana, pues las similitudes entre el presidente y el redentor católico acaban en la narrativa. El presidente no garantiza el cielo a sus pecadores cercanos. Vaya, no puede ni ofrecerles el manto protector más allá de los próximos tres años. La sociedad mexicana es creyente, no hay duda de ello, pero también es una sociedad que ha sabido separar a la Iglesia del Estado. El capelo de López Obrador no será permanente.


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