Gonzalo Rivas Cámara, la medalla póstuma y las misteriosas organizaciones sociales

No por predecible ha dejado de ser interesante la reacción de las llamadas izquierdas al otorgamiento póstumo de la medalla “Belisario Domínguez” a Gonzalo Rivas Cámara.
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No por predecible ha dejado de ser interesante la reacción de las llamadas izquierdas al otorgamiento póstumo de la medalla “Belisario Domínguez” a Gonzalo Rivas Cámara. Ha sido muy negativa, pues obedece a la convicción decretada por los mandos superiores en el sentido de que premiar a ese difunto fue una forma de criticar y descalificar al “movimiento normalista”, que, todo parece indicarlo, goza dispensa de crítica.

Esta reacción obedece a que el escenario en el que Gonzalo Rivas Cámara perdió la vida, como es sabido, fue un enfrentamiento entre la fuerza pública y un grupo de militantes que habían bloqueado una autopista el 12 de diciembre de 2011, en Chilpancingo. Estos militantes, según dijo el diario La Jornada, eran “500 normalistas que llegaron en camiones”, unos campesinos “de la Organización Campesina del Municipio de Tecoanapa y otros de la organización Xanii Tsavvi (sueño mixteco)”.

Las razones de ese bloqueo eran exigir que los recibiese en audiencia el gobernador y que se reiniciasen las clases en la normal de Ayotzinapa, en huelga por una disputa sobre quién debía ser su director. Y es que cuando en la Normal de Ayotzinapa quieren hablar con el gobernador o hay una disputa sobre quién debe ser el director, lo que procede es secuestrar camiones, bajar a los pasajeros, llenarlos de normalistas y acudir a Chilpancingo con campesionos y soñadores mixtecos y cerrar la autopista federal.

Alguna vez ya escribí sobre cómo un laureado líder social de la izquierda guerrerense, Pablo Sandoval Cruz –patriarca de una sonora familia morenista de Guerrero–, narró haber llegado a la Normal de Ayotzinapa ese fatídico 12 de diciembre a la cabeza de su propia organización social, la Asamblea Popular de los Pueblos de Guerrero (APPG), pues tenían una cita con “la cúpula del comité estudiantil de Ayotzinapa”. Pero al llegar ahí “nos dimos cuenta de que habían salido los estudiantes en autobuses sin explicarnos a dónde iban”.

Según Sandoval Cruz, los normalistas estaban “siendo mal asesorados por otras organizaciones sociales”; la acción en Chilpancingo el 12 de diciembre “no tenía razón de ser, pues era día de asueto” y cerrar la autopista fue para causarle un problema al gobernador Aguirre.  En resumen, el problema “se cometió por una mala táctica y estrategia”.

Lo único malo es que Sandoval Cruz nunca identificó a esas malas “organizaciones sociales” que “infiltraron” la Normal para usarla en provecho de sus “estrategias”, que nunca explicó. ¿Son las mismas que despues ordenarían el envío de los normalistas a Iguala? Sí. ¿No es hora de saber qué organizaciones son y a qué le tiran? Sí. Bueno, sí, pero no, porque ello supondría criticar al movimiento normalista y…

Ese 12 de diciembre, la fuerza pública llegó con órdenes de abrir la autopista. Luego hubo disparos, bombas molotov y cohetones. La cosa es que, durante el enfrentamiento, alguien prendió fuego a unas bombas de la gasolinera. Hay quien dice (incluyendo al citado periódico) que fueron unos normalistas y otros dicen que fueron provocadores infiltrados entre los normalistas, aunque no falta quien sostiene que fueron las mismas fuerzas del orden.     

Lo que nadie ha negado hasta ahora –aunque ya se lanzó un edicto que dice que Gonzalo Rivas Cámara era un “informante” de las fuerzas del orden– es que ese hombre intentó apagar el incendio y murió a consecuencia de las quemaduras. Hace un par de semanas escribí lo que sigue en El Universal:

 

En su despedida de la vida, en su última columna periodística, el escritor Luis González de Alba lamentó que aún no se le concediera a Gonzalo Rivas Cámara la medalla “Belisario Domínguez”. Concedérsela de manera póstuma, claro está, pues ese hombre inaudito sacrificó su vida apagando el incendio en una gasolinera que, de haber estallado, habría causado la muerte de decenas de personas.

El incendio de aquel 12 de diciembre de 2011 en Chilpancingo fue provocado por un normalista de Ayotzinapa que “prendió fuego a una bomba despachadora de combustible”, según informa el diario La Jornada del día 13 (en línea). Lo hace bajo el encabezado “Represión en Guerrero”, pues dos normalistas murieron ese día al enfrentar –por orden de sus siempre seguros y “semiclandestinos” mandos– a la policía que procuraba desbloquear la autopista que habían cerrado. Otro testimonio interesante es el que da otro empleado de la gasolinera, Alejandro Montealegre Borja (en línea).

Gonzalo Rivas Cámara tenía esposa y dos hijas, había cumplido 48 años, no trabajaba en la gasolinera, sino que, ingeniero en sistemas, acudía cada tanto a ella para revisar el que, entre otras cosas, controla la seguridad en las bombas despachadoras. Había cien mil litros de gasolina en los tanques subterráneos. Agonizó durante diecinueve días. 

Más allá del uso de los cadáveres en el tianguis sórdido de la política (además las partes involucradas ese día ya se deslindaron y se culparon mutuamente), me pregunto qué hacer con Gonzalo Rivas Cámara, protagonista de un drama ajeno. Un protagonista circunstancial, menor, pero sin cuyo heroísmo el drama habría sido una tragedia que, pues como el cálculo anulaba la excusa del accidente, habría sido imposible no asumir como masacre.  

En México, como en todas partes, el héroe es objeto de una fascinación tan comprensible como inescrutables son sus motivos: alguien que no duda, en una circunstancia extrema, en arriesgar la propia vida por amor impersonal a la vida de otros. Unos otros que –en la imaginación del héroe— son una extensión de él mismo. Llámese compasión, consiliencia o solidaridad, el héroe se mira en los otros y, ante el riesgo del propio sacrificio, no duda en salvarse salvando. 

Rara cosa. En México el heroísmo surge espontáneamente ante la tragedia colectiva, como en los sismos de 1985, cuando tantos apostaron que salvar la vida de otros ameritaba la propia vida. Como la solidaridad, el heroísmo entre nosotros sólo parece suceder en el infortunio. Es curioso que en una sociedad tan sacrificial y tan dada a la violencia haya héroes, y tantos. Y que nuestro “único héroe a la altura del arte” (según López Velarde) sea Cuauhtémoc, no por su dignidad en la derrota y la tortura, sino por su abandono y su soledad.

En su tesón porque se reconociese a Gonzalo Rivas Cámara con esa medalla –que está muy por encima del poco heroísmo legislativo y que ya infamó Fidel Velázquez, héroe autovomitivo–, Luis González de Alba parecía atareado con una reivindicación allende el mero civismo o una justicia ya manchada de política. Quería, quizás, respeto a un heroísmo anómalo, milagroso, aquel que no puede ser medido ni con el laudable desprendimiento o el instantáneo desinterés.

Gonzalo Miguel Rivas Cámara no se detuvo a calcular riesgos ni a sopesar alternativas. Erradicó su instinto de supervivencia y puso en su sitio un impulso moral que, en un instante de insondable lucidez, lo llevó a hacer una transacción de vida con la muerte: la muerte suya por la vida de sus prójimos.

En un país en el que todo es tranza e interés, utilitarismo y ganancia, lo que hizo Gonzalo Rivas Cámara, además de un acto de heroísmo, incluye la incomodidad de recordarnos a quienes celebramos a los héroes, con nuestra tendencia a la seguridad, la elección de esa forma superior de la libertad que es el desinterés (en su acepción como “desprendimiento de provecho personal”). González de Alba demandó durante meses, como rúbrica de su columna, que se le otorgase esa medalla. Quizás era su manera de exaltar al desinterés, virtud de la que él tampoco carecía.

“Todos somos Gonzalo”, alardearon las redes sociales durante unos días. Falso. Son muy pocos.

 

Dos normalistas, Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría, murieron por bala, y Gonzálo Rivas Cámara murió por fuego. Todo porque dos grupos antagónicos se reñían la dirección de la Normal de Ayotzinapa y porque, según el líder social Pablo Sandoval Cruz, una misteriosa “organización social” aconsejó una “mala táctica y estrategia”.

Esos líderes tácticos y estratégicos –responsables de (por lo menos) las tres muertes del 12 de diciembre– están vivos y en buen estado de salud, gracias: saben muy bien que no se trata de apagar incendios…   

 

 

 

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