Foto: Parspix/Abaca via ZUMA Press

Irán: notas sobre la marcha II

Entre bombardeos y sucesiones palaciegas, el régimen de Teherán busca su supervivencia. Mientras, Washington redefine su retórica y los aliados regionales recalibran sus miedos.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Los aires de fin de reino aún no se respiran. La retórica de Washington sobre Irán ha cambiado, nuevas variables se asoman y la eliminación de Alí Khamenei, quien representó durante casi cuatro décadas al proyecto de la revolución de 1979, contiene tantas complicaciones para la reconstrucción de su sistema como hacia los ánimos maximalistas para la caída del gobierno en Teherán.

La acción conjunta de Estados Unidos e Israel, que primero y a través de Trump se manejó como una acción para conducir un cambio de régimen, carecía de nociones de realidad medio oriental. La misma frase se suscribe a un lenguaje político que convendría revisar. ¿Qué tanto sentido tiene pronunciarla en el mundo de hoy? ¿Se mantienen los elementos que la hicieron relativamente sencilla de ejecutar?

Washington, incluso este, sabe que difícilmente un nuevo gobierno lograría establecerse con solidez en la región si su llegada al poder estuviese ligada a una operación de Tel Aviv, mucho menos el actual. En un juego de matices, el secretario de Guerra estadounidense ya habló de una intención de eliminar lo que considera amenazas. Con el asesinato a cuestas de Khamenei, de las cabezas de todas las agencias de inteligencia iraní, de un grupo amplio de miembros del régimen, ahora enfatiza no buscar su cambio. El mismo sistema dio lo primeros pasos para una sucesión. Y hay una aparente tranquilidad con ello. Las declaraciones importan, pero al avanzar los días es más prudente enfocarse en las consecuencias de las acciones.

A estas alturas no importa si las rondas de negociación apuntaban a un nuevo acuerdo sobre el programa atómico iraní, tampoco la contradicción en su eliminación durante los bombardeos de junio, si los avisos de un desenlace positivo fueron estrategia de distracción –¿en verdad alguien cree que una simple declaración en esa línea iba a engañar a Khamenei y a las Guardias Revolucionarias?–, o si este daba o no justificación a una intervención militar.

Los umbrales no son solo líneas que se cruzan, funcionan como espacios de maniobra y estos se llegan a entrecruzar.

Hay un umbral para el sistema iraní en el que está intentando transitar en miras de su supervivencia; hay un umbral para Estados Unidos y en menor medida Israel para continuar con su operación, uno es estrictamente político y en el otro deberán sopesar qué tanto quieren hacer costumbre generacional el ir a los refugios con semejante frecuencia; hay un umbral para los países a los que atacó Irán, para los aliados europeos; hay un umbral para la sociedad iraní y para los grupos a su interior que podrían participar de una siguiente etapa en el episodio que va transformando la República islámica sin que haya manera de asegurar cómo lo hará.

En el espacio de Teherán, un espíritu burocrático inmenso se mezcla con múltiples guiones para definir los nombres de la siguiente cúpula. Sus procesos abiertos no son necesariamente los que definen el poder, que algunos pensamos está en manos del Consejo de Seguridad Nacional y no en el órgano activado para sustituir temporalmente al Líder Supremo. En él, Alireza Arafi, clérigo que se dice conoció a Jomeini y fue cercano a Khamenei no representa por sí mismo, o por medio de la proclamación de otro Líder Supremo ligado a su predecesor intelectual o sanguíneamente, un proyecto de país tan diferente al suyo. Ni tiene él o alguien más, por personalidades, formas de darle continuidad a largo plazo al khameinismo y su tendencia dogmática. Perfiles como el de Mojtaba Khamanei traen a la mesa un gigantesco pendiente de la disfuncionalidad estructural que pega en la sociedad. Es imposible pensar en cambios de ruta y mantener tótems de la corrupción iraní semejantes al hijo del viejo hombre fuerte. Nombres como Qalibaf o Larijani, vocero del Parlamento y exgeneral respectivamente, le dicen poco a la opinión pública en Occidente. Están atrás del Irán que se ve desde hace tiempo. Como siempre, Arash Azizi les retrata bien en The Atlantic. Lo dogmático o pragmático de una inclinación futura dependerá de la vocación del régimen iraní para sobrevivir y del umbral en el que Estados Unidos se siente cómodo para operar. No me sorprendería que la Casa Blanca esté dispuesta a un régimen que al interior conserve algunos rasgos de su discurso, siempre y cuando permitan sostener el triunfalismo trumpista y le resulten más afables. Su meta imaginaria no es Caracas en Teherán, es Riad o Ankara. Modificar la retórica de cambio de régimen admite este sentido.

Una línea demasiado cercana al khameinismo da insumos de identidad para las líneas más duras y tranquilizaría quizá a las Guardias Republicanas. Para afuera, obliga a concesiones en lo simbólico. ¿Estados Unidos pensaría que un personaje en extremo equivalente no lo replicará? Sea cierto o no. ¿Qué tan ayatola será el nuevo Líder Supremo? ¿El Consejo de Seguridad Nacional le dejará operar como tal? Aún no llegamos a esa etapa ni estamos cerca.

La oposición inicial de algunos países europeos a respaldar la operación militar sobre Irán cambió de rumbo conforme advirtieron la oportunidad y avanzó la respuesta de Teherán contra los países del Golfo. Ucrania ha sido víctima de los drones iraníes y el ataque a posiciones no solo militares sino también civiles en Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita, etcétera, ha cambiado parte de las condiciones bajo las que se maneja la seguridad regional. Los países del Golfo se consolidaron como un espacio de estabilidad gracias a acuerdos con otras naciones que les garantizaban protección. Hoy, son blanco de Teherán a raíz de la operación de Estados Unidos. Los Emiratos, por ejemplo, tienen con Francia un pacto de seguridad y defensa a la territorialidad emiratí que permite una intervención de París.

Arabia Saudita, por su cuenta, si bien ha recibido golpes en su territorio que ya impactaron una instalación de la petrolera Aramco y resintieron drones en la embajada estadounidense, tendrá que decidir hasta qué punto mantiene su postura de absorber los costos de la respuesta iraní para eventualmente buscar salidas políticas a la escalada. Los modos sauditas no les son exclusivos y tienen su variante dual en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), el aparato de reacción de los países de la península arábiga a las agresiones contra cualquiera de sus miembros. Mientras el CCG avisa de una respuesta contra Teherán en caso de continuar las hostilidades y sube el tono conforme estas aumentan, Abu Dhabi y Doha intentan persuadir a Trump de acortar la operación contra Irán. La puerta trasera del lobbying es una herramienta que todos los países árabes han usado con efectividad en Washington. El riesgo es que Teherán vea en la ambigüedad una ventana para aumentar los ataques y al hacerlo, se reduzca el margen de maniobra para todo tipo de negociación.

Con una ligera atención al largo plazo que ha estado ausente en lo reactivo, Irán debería preguntarse qué tanto se ve integrado a Medio Oriente después de sus ataques en la zona. Lo mismo quienes le apoyan.

La decisión del Hezbolá libanés a sumarse a las respuestas iraníes puede no sorprender a partir de su filiación, pero lo hace desde su mala lectura política. Es, tácticamente, el mismo acto suicida para sus intereses que cometió durante la devastación de Israel sobre Gaza al vincular su existencia a la franja. El nuevo gobierno libanés ya vetó el brazo militar del Partido de Dios, lo que abre la puerta para hacerlo sobre la rama política.

No todo son los sospechosos comunes. A un mes de la represión más grande en su historia, la sociedad iraní que salió a las calles aún resiente las víctimas. No han pasado siquiera los cuarenta días de duelo como para suponer una movilización inmediata. Otros actores, como los partidos kurdos o el MEK, la Organización Muyahidin del Pueblo de Irán, un partido contrario a los monarquistas y a la República islámica, sin gran aceptación popular, en una región donde las armas no son raras y la etnicidad es combustible, sirven de herramienta para la desestabilización que no logran los aviones.

Reconozco que este último temor se debe a mi perspectiva siria, donde la instrumentalización de las minorías para sustituir el despliegue de tropas extranjeras sigue teniendo consecuencias a pesar de la reconstrucción del país.

Todos los umbrales son finitos.

Arrastro un par de preguntas en las tangentes.

¿Por qué ciertos sectores de la izquierda mexicana tienen la necesidad de relativizar a la dictadura iraní? Es perfectamente posible estar en contra de las intervenciones –es mi caso, sobre todo por lo incierto de sus consecuencias– y al mismo tiempo aceptar que la brutalidad del régimen iraní es criminal. Quienes discuten la confirmación de los 30 mil muertos en la más reciente ola de represión, ¿están conformes con los más de 3 mil reconocidos por Teherán? ¿Con el apoyo a Assad durante años? Si el discurso antiamericano de Khamenei no tiene el respaldo de la mayoría iraní, ¿vale la pena sostenerlo a la distancia?

Quienes observan de política estadounidense, ¿no se encuentra desplazado el vicepresidente J.D. Vance? ¿Significa algo para el futuro su aparente oposición a los ataques y su soledad en las imágenes durante el inicio de la operación? ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: