Catorce días con 27 periodistas

Algunos periodistas están conscientes de que su tarea implícita, la que viene con su pluma, su micrófono y su responsabilidad, es la de mantener en pie la libertad en el mundo.
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Dos de Túnez, uno de Líbano, dos de Turquía, una alemana-inglesa, una de Tanzania, una de Sri Lanka. Una conductora célebre de Kenia, una de Zimbabue, uno de Pakistán y otro de Palestina. Una de Sudáfrica, dos de Costa de Marfil, un rumano, una ucraniana, una reportera de Tailandia, un periodista de negocios de Nepal. Un colega de Georgia, una de Argentina y otro de Ecuador. Una joven periodista de Colombia, un experimentado editor de Macedonia, una colega mexicana y un jordano.

Con ellos viví catorce días en Alemania en la academia de la Fundación Naumann. Esta fundación liberal me contrató para apoyar un seminario sobre libertad de prensa y me dio un extraordinario regalo de vida al permitirme otear en los desafíos que tienen colegas de naciones tan distantes y ajenas a mis mexicanos problemas.

Países en guerra. Países con autócratas. Países atacados, ocupados. Países bajo la sombra de otros, combatiendo aún la mentalidad colonial. Países democráticos, con populistas o con protestas. Países cuyo monotema es la inflación. Países distintos todos cuyos contextos parecían, en un inicio, no tocarse entre sí.

En Túnez los periodistas tienen fuero. En Costa de Marfil, me cuentan mis nuevos amigos, hay una especie de INAI de periodistas, un organismo autónomo que sirve para presionar y proteger a la prensa. No es perfecto, pero es una conquista frente a la situación anterior. En México, les cuento yo, han matado doce periodistas este año. ¿Por publicar algo incómodo?, me preguntan todos. Nadie lo sabrá, les contesto, los casos no se resuelven.

En Pakistán los colegas son constantemente demandados y hay organizaciones de abogados que toman la defensa en los casos de alto perfil en una labor que, más que legal, es educativa. Muestran al país lo que se puede hacer. En Turquía, el presidente Erdogan aumenta su riqueza con demandas civiles que gana contra reporteros.

En Sri Lanka, el secretario de Seguridad es dueño de uno de los medios de comunicación más importantes y no queda claro si este medio le ayuda a presionar en su carrera política o su carrera política ayuda a mantener a flote la empresa o, por el contrario, su cargo funciona para silenciar a los periodistas que cubren protestas.

En Palestina no hay un censor formal, sino una censura consensuada sobre el tópico religioso. Este tema se evita cuidadosamente en los medios de comunicación. La disputa política está siempre presente, pero de alguna manera se las arreglan para no hablar del dios de cada uno de los bandos y esa es una práctica generalizada.

En Argentina no hay tema que no pase por la inflación y el secretario de Finanzas, así que todos los periodistas se vuelven economistas o provienen de ese campo y se la pasan haciendo cálculos sobre el impacto de la deuda.

Cada periodista me habló de sus preocupaciones principales y de las estrategias que han encontrado en su gremio para proteger a la industria, protegerse a sí mismos, proteger la libertad de prensa y usar con responsabilidad esa libertad.

La Fundación tiene un programa extraordinario que navega con el intercambio de experiencias. Ningún periodista llegó a contar la verdad, pero el director de un periódico local alemán compartió su experiencia sobre el impacto social negativo que tuvo una nota que no pudieron eludir y con la que se sienten algo responsables por la polarización. El director de un poderoso grupo europeo invitó a seguir el ejemplo de Canadá y Australia para combatir el abuso económico de las grandes plataformas digitales como Google y Facebook. Una corresponsal europea en China advirtió sobre los perversos métodos de presión de los gobiernos controladores que fingen que no lo son. Temo dar ideas a los autócratas, pero más vale estar preparados, así que recojo uno de los ejemplos: demandas civiles de los ciudadanos entrevistados a los entrevistadores. Esas demandas son artificialmente generadas con presión o dinero gubernamental hacia un ciudadano o fuente consultada por un periodista. “Sí, acepté la entrevista, pero no estoy de acuerdo con la forma en la que fue publicada”, dicen las fuentes. Pero no son las fuentes. Es el gobierno.

En Líbano, para mi sorpresa, a nadie le extraña ver periodistas mujeres, con potente voz crítica. Pero no es porque el entorno lo propicie: son heroínas y constantemente prefieren reportar desde Turquía. Líbano tiene más de 18 partidos políticos, todos con brazo armado y relacionados con facciones religiosas dogmáticas. Además, aún están frescos en la memoria regional los coches bomba contra periodistas en la primera década de los 2000, cuando osaban ser críticos con Siria. Las organizaciones no gubernamentales han sido excepcionalmente importantes para mejorar el ecosistema de los medios, me cuenta mi joven amigo libanés, pero el escenario político está de dar miedo. En cualquier momento ese polvorín estalla por la situación con Siria, las religiones o la economía.

Hablar con periodistas es charlar sobre la realidad colectiva y los desafíos para mantener en forma ese oficio que conoce los métodos para respaldar una afirmación sobre las vacunas, la guerra, las acciones gubernamentales, las muertes, las leyes, la inflación, los machismos o la droga. Los periodistas tienen el pulso del mundo. Eso es precisamente lo que se necesita hoy que la verdad está trastocada y los poderosos tienen otros datos.  

Los periodistas y la libertad

En mayo leí un interesante artículo de Anne Applebaum advirtiendo sobre la fragilidad de los valores del Estado liberal y la incompetencia mostrada hasta ahora para protegerlos y difundirlos. Hay quienes creen que la libertad y la ciencia valen la pena pero se sostienen solas. Y no, nos recuerda Applebaum, no se sostienen solas. No son un orden natural.

Ahora bien, si la libertad no se sostiene sola, ¿quién debe protegerla? Dice Applebaum que debe ser una tarea de los Estados liberales, en educación y en propaganda. Difiero. La libertad no necesita a un sujeto –colectivo o individual– que la defienda con propaganda parecida a la de los autócratas en el mundo. No son los presidentes, partidos o poderosos ejércitos de países extranjeros quienes pueden encargarse de esto. El orden liberal se sostiene, más que con sujetos determinados, con funciones e ideas que hacen las veces de pilotes, bases, castillos y arcos en una catedral capaz de sobrevivir a cambios de gobierno y a tornados.

Uno de los pilotes de esta catedral está en las salas de redacción donde los periodistas languidecen hoy. El periodismo como lo conocemos, conocimos, está disminuido ante el embate de las redes sociales, la pauperización del oficio, la seducción de los poderosos y en los peores casos, por las amenazas contra la existencia física misma.

El grado de peligrosidad de los desafíos a la prensa varía en el mundo, pero no hay periodista que se diga a salvo de perderse en el fango, de perder la vida, de perder el rumbo o incluso de perder la noción de lo que es ser periodista.

Eso no es un problema del gremio. Es un problema del mundo y es un asunto de libertad. Sin los periodistas no hay libertad posible, pues la libertad no existe sin la posibilidad de optar y esta no existe sin la capacidad de registrar con certidumbre y credibilidad un fenómeno ante el cual tomar decisiones. Y si no hay capacidad de optar, no hay pluralismo ni democracia ni maldita garantía individual.

El periodismo es un tema de interés público y hay que tomarlo con seriedad. Hay periodistas tontos y corruptos y mediocres, no estoy ciega, pero esa no es razón para dejar morir al oficio que más y mejor ayuda, casi sin proponérselo, al orden liberal.

Ante eso, hay cuatro grandes posibles acciones. Primera, recuperar la credibilidad y supremacía del periodista ante las celebridades y los influencers. Este tiene un método de conocimiento que lo vuelve más útil en una sociedad polarizada donde se habla de posverdad.

Segunda, defender al periodismo de la vulnerabilidad económica. El contenido se sigue vendiendo y se sigue consumiendo, pero quienes lo venden son las grandes plataformas digitales que no pagan un céntimo a los reporteros y usan como producto los datos de los consumidores.

Tercera, poner a salvo al periodista de la vulnerabilidad individual. Sin impunidad, con mecanismos excepcionales de protección y transparencia en los métodos, pero sobre todo, con la participación del gremio y de las audiencias.

Cuarta, proteger a las audiencias ante las debilidades y desviaciones del periodismo profesional, con mecanismos de verificación gremiales, no con regulaciones gubernamentales.

Este es solo un atisbo a las ideas que surgieron en la intensa familia que se formó, durante 14 días, con 27 periodistas que están conscientes de que su tarea implícita, la que viene con su pluma, su micrófono y su responsabilidad, es la de mantener en pie la libertad en el mundo.

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