La falacia de la rebeldía

Eso de atreverse a decir lo que se piensa es un valor al alza que lleva directamente al populismo. Cada vez que alguien dice que es auténtico, me saltan todas las alarmas.
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Hay un momento en la vida en que hay que empezar a tomar posiciones, y eso suele ser mucho antes de lo que parece. El momento en que te das cuenta de que hay algo profundamente detestable en esa película que todos tus compañeros de clase admiran (todos lloran con ella y todos quieren ser como alguno de los protas), ¡hasta el profesor la defiende! Hablo de El club de los poetas muertos, película que llevo años sin ver, pero que durante una época era la película que te recomendaban cuando te veían con un libro en la mano. Hay una versión femenina posterior, casi calcada, La sonrisa de Mona Lisa, en lugar de libros, cuadros y en lugar de Robin Williams, Julia Roberts. El club de los poetas muertos tenía el momento icónico en que se subían a la silla y decían “¡Oh, capitán, mi capitán!” y te echabas a llorar de manera inevitable (como cuando ves Titanic, que había evitado hasta el otoño de 2021 y que, por supuesto, me hizo llorar, pero no lo digo como un mérito: es eficaz en su objetivo, pero me resultan detestables las películas que buscan eso). 

El club de los poetas muertos idealizaba la figura del rebelde, del que se atreve a ir a la contra y, por supuesto, lo que obtiene es el aplauso. En mi facultad había también un profesor así: llevaba el pelo teñido de amarillo, era flaco y a todos nos recordaba al cantante de los Sex Pistols, era aparentemente heterodoxo, como si las reglas comunes en su clase no valiesen (había examen y trabajo, como en todas las asignaturas), citaba a Barthes y a Foucault. Era el profesor preferido de casi todos los alumnos. 

Hay toda una tradición de enfants terribles, que me pregunto si es una destilación del bufón de corte, y su perversión claramente reconocible en figuras como Truman Capote o Andy Warhol. El sistema necesita esas figuras, las necesita y las propicia: funcionan como escape, y aplacan además las posibles ganas de otros de señalar las hipocresías del sistema. Es decir, como el propio sistema ya tiene uno suyo que se encarga de eso, parece que esa labor ya está hecha. 

Desde fuera, a veces, esas actitudes a la contra y provocadoras se ven con admiración, se entiende en ellas cierta valentía, el arrojo de atreverse a decir lo que nadie más dice. Se confunde con aquello que decía Félix Romeo sobre Orwell de atreverse a estar solo. No hay nada más popular que la opinión impopular, no lo que sea que exprese la opinión impopular, sino la idea de avisar y decir “voy a ser impopular”. Y eso lo sabe cualquiera que haya puesto “Unpopular opinion” en un tuit; seguramente, habrá rozado la viralidad. Eso de atreverse a decir lo que se piensa es un valor al alza que lleva directamente al populismo. Cada vez que alguien dice que es auténtico, me saltan todas las alarmas. El gesto de generosidad es el de quienes se atreven a pensar en voz alta, a mostrar sus dudas, devaneos, a hacerse preguntas y a cuestionar lo establecido. No decir una boutade

Eso lo saben también quienes escriben: la manera más rápida de hacerse un hueco en el columnismo es siendo un poco irreverente. Lo de hacer la pelota y ser dócil con el poder es el papel que puede tocar una vez que ya se ha conquistado el espacio, antes no suele servir de mucho. Lo que sirve para diferenciar a un crítico de un rebelde de salón es que este último calcula sus provocaciones y solo critica lo que se puede criticar, solo se burla de lo que se puede burlar. Porque puede ser rebelde, pero no idiota. 

A los rebeldes del sistema no les conviene pasar mucho tiempo sin llamar la atención. Su valor (dinero) dentro del sistema aumenta cada vez que una provocación suya se hace viral, así que mientras son aplaudidos por su irreverencia el sistema extiende cheques más altos y se relaja. El pueblo tiene su rato de diversión y queja. 

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