Irán: el poder tras el trono

El presidente iraní parece tener impulsos reformadores pero el Ayatollah detenta el verdadero poder. 
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En el sistema político bipolar iraní legado del Ayatollah Khomeini, la voz del pueblo depende de la voz divina. Todas las candidaturas a puestos de elección popular –la presidencia y el parlamento– son aprobadas, antes de que el electorado vote, por el Consejo de Guardianes nominado por el Líder Supremo Ali Khamenei. El Consejo puede vetar leyes que considere incompatibles con la ley islámica y candidatos que no garanticen la supremacía de la sharia. La presidencia es especialmente importante porque es la carta de legitimación democrática del sistema político iraní. El Consejo dedica mucho tiempo a analizar las listas de candidatos potenciales y generalmente poda de la lista final a los moderados o reformistas. Por ello, fue una sorpresa que ratificara la candidatura de Hassan Rouhani y su triunfo aplastante en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en junio. Rouhani, que negoció por años con Occidente sobre el programa nuclear iraní, hizo campaña a favor del restablecimiento de las pláticas con los países occidentales y de reformar la economía, hundida en una crisis de muchos años. Agenda contraria a la posición de los sectores más conservadores, sobre todo de la poderosa Guardia Revolucionaria que tiene un enorme poder militar, económico y político.

Apenas asumió la presidencia en agosto, Hassan Rouhani, que es también un hombre ilustrado y culto, lanzó una ofensiva sutil y moderna –hasta tiene una cuenta en Twitter– que culminó con un discurso en la ONU que invitaba a los Estados Unidos a negociar, tras ocho años de parálisis, el principal punto de fricción entre Washington y Teherán: el programa nuclear iraní. Después de las amenazas y los desplantes de su antecesor Ahmadinejad, que congelaron las relaciones entre Irán y Occidente, Rouhani ha renovado las esperanzas del grupo que negocia con Irán (los 5 –miembros del Consejo de Seguridad– +1 –Alemania–) para evitar que Teherán construya armas atómicas.

El problema es que Rouhani detenta un poder derivado: las riendas del poder real están en manos del Ayatollah y Líder Supremo Ali Khamenei. Rouhani tendrá que andar con pies de plomo para evitar el destino político de Muhammad Khatami, aquel presidente reformador y carismático de fines de los noventa, que no pudo aplicar una sola reforma porque nunca tuvo el apoyo del Líder Supremo. Khamenei le ha regalado a Rouhani mayor libertad de maniobra y el beneficio de la duda, porque le conviene. La elección de un presidente moderado le ha ayudado ya a desmontar el descontento de los sectores urbanos que escenificaron manifestaciones multitudinarias de repudio al régimen teocrático y sus elecciones amañadas durante la llamada Revolución Verde: el mayor desafío que ha enfrentado Khamenei desde que tomó el poder. Después de la votación de junio, nadie salió a la calle y muchos de los que habían protestado en 2009, aplaudieron la elección de Hassan Rouhani.

Khamenei aprobó el acercamiento del nuevo presidente a los Estados Unidos, porque, se reanuden las pláticas sobre el programa nuclear iraní o no, él ganará de cualquier modo. Es evidente que el régimen está dispuesto a hacer alguna concesión sólo a cambio de que los 5+1 levanten las sanciones que han acelerado la crisis de una economía mal estructurada: dependiente del petróleo, estatizada (el Estado y la Guardia Revolucionaria controlan el 80% de la economía) e ineficiente, que sufre de un altísimo desempleo, fuga de capitales, inflación y carestía.

Si Rouhani logra que se levanten las sanciones, el triunfo será también de Khamenei, si no, el Supremo Líder se lavará las manos y culpará de nuevo a Occidente de los problemas económicos del país. Además, Irán confrontará las demandas del G5+1 desde una posición geopolítica muy favorable: ha extendido su influencia desde Iraq (entre la numerosa población shíita iraquí) hasta Líbano (la plataforma que le ha permitido, a través de Hezbollah, apuntalar a su aliado más cercano, el presidente sirio Assad).

Por lo demás, aún con el costo económico del programa de sanciones, Irán ha multiplicado sus plantas nucleares y  podría fabricar una o más bombas a muy corto plazo. El régimen sabe que los miembros del G5+1 no tienen la voluntad política para atacar militarmente la industria nuclear iraní y se darán por bien servidos si Irán detiene temporalmente el enriquecimiento de materiales nucleares. Hoy por hoy, la comunidad internacional tiene mucho más que perder que Irán. Si no logra, al menos, detener el avance de la industria nuclear iraní, Saudi Arabia y otros países de la región entrarán en una carrera armamentista que multiplicará la inestabilidad del Medio Oriente.

 

(Publicado previamente en el periódico Reforma)