Imagen: Youtube / Andrés Manuel López Obrador

La salud del presidente López Obrador: desinformación, confusión y distracción

Ante el procedimiento al que fue sometido López Obrador, el gobierno buscó desinformar, confundir y distraer, yendo en contra de principios básicos de la comunicación social.
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El objetivo de una oficina de comunicación social de la Presidencia en situaciones que rompen con las rutinas institucionales debe ser uno solo: reducir la incertidumbre sobre el funcionamiento del gobierno. Una enfermedad o un procedimiento médico que signifique un riesgo –así sea menor– a la vida del presidente de la República debe tratarse como una situación extraordinaria, y por eso debe ser comunicado a la sociedad siguiendo cuatro principios básicos:

  • Responsabilidad. Toda la comunicación debe realizarse bajo la premisa de que la prioridad es preservar el buen funcionamiento de la institución presidencial y la continuidad en la operación del gobierno.
  • Anticipación. Debe contarse con planes para comunicar situaciones de emergencia médica a fin de evitar respuestas improvisadas. Si el presidente se va a someter a un tratamiento médico programado, hay todavía más tiempo para diseñar un plan de comunicación que no deje espacios para la especulación o los rumores.
  • Transparencia básica. Debe ofrecerse al público tanta información como sea posible. Esto no quiere decir que se tienen que subir a las redes sociales tomografías, electrocardiogramas y otros detalles personales. Quiere decir que el público tiene derecho a saber información básica, como por ejemplo si el presidente será sometido a una operación, si se tomará unas horas o unos días para recuperarse y quién se quedará a cargo de las decisiones más relevantes del gobierno.
  • Rendición de cuentas. La ley mexicana no obliga a los mandatarios a informar al público los detalles sobre su estado de salud. Pero eso no quiere decir que el presidente no tenga una obligación democrática básica de informar con veracidad a los ciudadanos de cualquier condición médica o situación de emergencia que limite o ponga en riesgo su capacidad para gobernar, así sea durante unas horas.

La comunicación en torno al procedimiento médico al que fue sometido el presidente Andrés Manuel López Obrador el viernes 21 de enero no cumplió con estos principios. En vez de ello, observamos un gobierno que busca desinformar, confundir y distraer a la sociedad.

Las declaraciones del presidente en el video publicado el sábado 22 dan a entender que él y su equipo sabían perfectamente que sería sometido a un cateterismo cardiaco programado el viernes 21. Suponiendo que el procedimiento fue de verdad programado –y no producto de una emergencia– él podría haberlo mencionado en su “conferencia de prensa” matutina de ese día, o la oficina de comunicación de la Presidencia lo hubiera podido informar de manera oportuna. No fue así, lo que abonó a la desinformación cuando se filtró la noticia de que el presidente estaba hospitalizado. Para cuando el vocero publicó un tuit hablando de “una revisión médica de rutina programada”, los rumores ya eran imposibles de contener. Afortunadamente para todos, AMLO salió bien librado del procedimiento, pero es muy irresponsable apostar en contra de la posibilidad, así sea mínima, de que algo le pase y el público no sepa dónde está ni qué le sucedió.

Para eludir la rendición de cuentas sobre esta conducta, AMLO optó, una vez más, por sustituir la comunicación institucional con propaganda política. Recordemos que la comunicación busca informar al ciudadano para que este se forme libremente su propia opinión, mientras que la propaganda busca proteger la imagen y los intereses políticos de una persona o de un grupo con poder. En este caso, mediante la desinformación y la distracción, el presidente busca que la conversación pública se centre en la existencia de un supuesto “testamento político”. Seguramente, en los próximos días irá revelando detalles de ese documento imaginario y no sorprendería que lo presente en el reality show mal llamado “conferencia de prensa”. Así, logrará mantener la atención de la sociedad alejada de las múltiples y graves crisis que vive el país a causa de su forma de gobernar.

No coincido con quienes dicen que AMLO es como la mayoría de los políticos –que buscan verse fuertes y vitales– y por eso oculta su verdadero estado de salud. Una persona que busca proyectar salud y fortaleza nunca habla de la enfermedad o de la muerte. AMLO, en cambio, habla constantemente de su posible ausencia y lo hace para agrandar la importancia de su presencia. Así, logra que sus seguidores más convencidos sientan temor ante la idea de que él un día ya no estará aquí, lo que le da pie para exigirles más obediencia a su persona y más lealtad a su movimiento. Esto también le sirve para reforzar la idea de que su gobierno es un hecho histórico, por lo que su fallecimiento en el cargo lo pondría a la altura de Juárez y Madero, con los que se compara casi a diario.

Lo más preocupante de todo este episodio es escuchar al presidente afirmar convencido que su ausencia ocasionaría una crisis de gobernabilidad. Esto quiere decir que él se considera más importante que la Constitución, las instituciones, las leyes y la sociedad. Ese argumento lleva a la pregunta lógica: si es absolutamente indispensable para México que él siga en el poder en 2022, ¿por qué no será absolutamente indispensable en 2024? No es un salto muy grande concluir que su intención es preparar el terreno para plantear la “necesidad” de extender explícitamente su poder más allá de su sexenio, sea de modo personal o a través de un integrante de su familia o, si lo anterior falla, de su círculo político más cercano.

Al final del día, López Obrador habla de su salud y de su ausencia imaginaria para que nosotros no hablemos de la enfermedad y la ausencia real de cientos de miles de personas a causa de la manipulación política de la pandemia y la destrucción del sistema de salud. Un buen notario incluiría esa deuda como la principal herencia de su “testamento político”.


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