La tarea de Barak

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Los judíos que emigraron a cuentagotas a Palestina a fines del siglo XIX abrigaban un ideal tan claro como utópico. Pretendían recuperar el territorio ancestral de Israel, fundar un Estado judío secular y crear una sociedad de comunidades rurales —los kibbutzim— que harían florecer el desierto en un clima de igualdad y libertad política. Desde su nacimiento en 1948, Israel creció con esta utopía ashkenazi y europea a cuestas. La defensa de la nueva nación ocultó las diferencias entre los distintos pobladores que arribaron a sus costas y el progreso económico enmascaró el fracaso eventual del sueño socialista que encarnaban los kibbutzim.
     El mito empezó a fracturarse con la Guerra de los Seis Días en 1967 y se rompió con el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995 y el gobierno de Benjamín Netanyahu entre 1996 y 1999. El triunfo en aquella guerra incorporó a Israel a cientos de miles de árabes, expulsó a muchos más y modificó las fronteras del país. La muerte de Rabin y los 32 meses de desgobierno de Netanyahu pusieron de manifiesto que Israel es una sociedad de inmigrantes, pero no un crisol capaz de moldear a todos los recién llegados.
     Israel es una sociedad fracturada. Dos amplios grupos con visiones radicalmente opuestas de lo que debe ser el país dominan a la sociedad. Por una parte están los israelíes seculares, herederos del sueño sionista europeo, que pugnan por mantener en Israel un sistema político democrático y laico. Por otra están los ultrarreligiosos, los pobladores de los asentamientos en los territorios ocupados en 1967 y los sefaradíes provenientes del norte de África, que desean un Estado judío excluyente donde sólo imperen las reglas que emanan de la Torah. Muchos de ellos se oponen al establecimiento de un Estado palestino en la tierra ancestral de los judíos: Samaria y Judea.
     En Israel hubo grupos ortodoxos desde un principio, pero su participación política era prácticamente inexistente. Los fundadores del país les otorgaron el monopolio de los asuntos religiosos. En contrapartida, los ortodoxos, muchos de los cuales ni siquiera reconocían al Estado de Israel, dejaron en manos de los políticos seculares las labores del gobierno. Asimismo, los inmigrantes africanos ocuparon hasta los años noventa las márgenes del sistema: no había una sola organización que representara sus intereses y sus demandas.
     Todo ello cambió en el último decenio. Los partidos de derecha, como el Nacional Religioso, que representan a los ultraortodoxos y a los pobladores, se multiplicaron y forman parte del Knesset. Pero el fenómeno político más notable ha sido el crecimiento de Shas —que obtuvo 17 de 120 asientos del parlamento en las últimas elecciones. Más que un partido, Shas es una red de escuelas, clínicas y otras instituciones, con un brazo político que defiende los intereses de los grupos sefaraditas y un concepto fundamentalista de la religión. Shas fue el principal apoyo electoral y de gobierno de Netanyahu y tiene una fuerza política creciente. No es exagerado afirmar que Netanyahu se convirtió en el rehén de los partidos religiosos y de Shas: canalizó subsidios a sus organizaciones y reforzó la costumbre establecida de que los religiosos no trabajan, ni sirven en el ejército. Prerrogativas que los seculares rechazan airadamente y que convirtieron la brecha entre tradicionalistas y seculares en un abismo.
     El nuevo gobierno deberá reanudar el proceso de paz con los palestinos, acabar con la intervención israelí en Líbano y negociar la paz con Siria. Sin embargo, la gran tarea de Ehud Barak será encontrar la fórmula para cerrar el abismo que ha fracturado a la sociedad israelí: erigir un consenso en el centro con la ayuda de los 700 mil inmigrantes de la ex Unión Soviética que van de un extremo a otro del abanico político de acuerdo con sus intereses más inmediatos, incorporar a los grupos marginales al quehacer político y construir un proyecto de país aceptable para todos los israelíes. –

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