Mark Carney en Davos: el discurso y la advertencia

El discurso del primer ministro de Canadá en el Foro de Davos es una pieza muy bien escrita, pero también una advertencia estratégica que México debería escuchar.
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Cuando los poderosos estaban de acuerdo, los discursos del Foro Económico Mundial de Davos sonaban como un coro interpretando cada año la misma partitura: globalización, libre comercio, sustentabilidad. La armonía volvió al evento aburrido, predecible y, algunos decían, prescindible. Pero hoy todos estamos forzados a vivir en el mundo impredecible de Donald Trump. El afinado coro de Davos se ha vuelto una cacofonía de voces alarmadas preguntándose ¿qué va a pasar?, ¿qué vamos a hacer?

En este contexto, Mark Carney, el primer ministro de Canadá, ha pronunciado en Davos un discurso notable. Evalúo este discurso, como siempre, a la luz de las reglas de la persuasión, tomando en cuenta sus argumentos racionales (logos), emocionales (pathos) y el rol del orador (ethos).

Primero, el discurso destaca por su estructura, orden y calidad en la argumentación lógica (logos). Plantea desde el inicio un problema claro: no estamos viviendo una transición, sino una ruptura del orden internacional. Las grandes potencias ya no se sienten obligadas a obedecer normas ni a respetar alianzas o instituciones, dejando al resto del mundo a merced de su voluntad. Luego, propone una solución: los países como Canadá no deben sentirse impotentes, ya que pueden, y deben, cooperar para construir un nuevo orden internacional basado en un “pragmatismo con valores”. Y finalmente, hace un llamado a la acción, al invitar a las “potencias intermedias” del mundo a reconocer esta realidad y trabajar unidos en alianzas flexibles y prácticas. Esto es mejor que negociar individualmente ante potencias abusivas, pues estas creen, dice Carney citando a Tucídides, que “el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe”.

Segundo, el discurso tiene una emoción subyacente que se expresa en forma indirecta pero evidente. Se trata del dolor por la dignidad herida y la confianza traicionada de Canadá, un país que se creía un gran aliado, socio y amigo de Estados Unidos, pero que ha visto con horror como ha desconocido la amistad, le hace la guerra comercial y amenaza con anexarse su territorio.

Hay que destacar que, en todo el discurso, Carney no menciona a Estados Unidos ni a Trump por su nombre, ni llama traición a la traición. Pero sí dice, flemático, que “las grandes potencias han comenzado a usar la integración económica como arma, los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades a ser aprovechadas en su beneficio”. Luego remata con una frase potente: “uno no puede vivir en la mentira de que la integración económica beneficia a todos cuando esta se vuelve la fuente de tu subordinación”. Y llega a una conclusión: “cuando las reglas ya no protegen, uno se debe proteger a sí mismo”. Son frases que, sin ser estridentes, apelan a emociones fuertes, pues hablan de un país líder que asume con crudeza política y entereza moral la ruptura con su principal aliado, y actúa en consecuencia.

Tercero, el rol del orador, es decir, el ethos del discurso. Carney le da credibilidad a sus palabras no sólo por lo que propone, sino por el tipo de liderazgo que encarna ante la élite global de Davos: sobrio, competente, con templanza. Apoya su texto con referencias cultas que le dan al discurso autoridad filosófica (Havel, Tucídides) y traduce su gran tesis política en un repertorio de acciones concretas, lo cual refuerza la idea de capacidad ejecutiva. Ese ethos personal se apalanca, además, en un ethos nacional: Canadá como socio estable y confiable, con recursos, voluntad y capital político para tejer alianzas. Ofrece así una salida al caos, un liderazgo horizontal entre potencias intermedias que suman fuerzas sin renunciar a sus principios.

El climax del discurso tiene tres partes, muy bien descritas. La primera es “reconocer la nueva realidad” y “enfrentar al mundo con los ojos abiertos, tal como es, no esperando que sea como deseamos”. La segunda es “construir coaliciones que trabajen de tema en tema, con socios que compartan intereses para actuar juntos”. Carney advierte aquí que las potencias medias tienen que trabajar unidas, porque “si no estamos en la mesa, estamos en el menú”. Finalmente, la tercera parte es fortalecerse en lo interno, porque en un mundo sin reglas, adaptarse no es suficiente. Cierra su discurso con una idea potente: “la nostalgia no es una estrategia, pero a partir de esta ruptura, sí podemos construir algo mejor, más grande, más fuerte y más justo”. Con ello, apela a una esperanza realista y basada en la confianza en lo que cada país puede hacer por sí mismo, no en lo que una superpotencia hará por ellos.

El discurso de Carney es una pieza retórica muy bien escrita, pero también es una advertencia estratégica que México haría bien en escuchar: la soberanía no es un principio que se declama, es una fortaleza que se construye con acciones. El primer ministro dice con razón que “los países se ganan el derecho a sostener posiciones basadas en principios cuando reducen su vulnerabilidad a las represalias”. El gobierno de México tiene muy claro lo que tendría que hacer para no mostrar tantos flancos débiles ante Estados Unidos, pero no lo hace. Por eso, a la “estrategia” de “cabeza fría” de la presidenta Sheinbaum –administrar el conflicto con Trump y controlar la narrativa ante el público nacional– le vendría bien aprender de la “cabeza fría” de Carney, que contiene ideas, principios y acciones concretas de fortalecimiento interno y liderazgo internacional. Todo lo demás –las frases nacionalistas vacías, la invocación repetitiva de principios– se revelará tarde o temprano como la máscara de la soberanía que ocultó el rostro de la subordinación. ~


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