El arco monumental de las ruinas romanas de Palmyra, Siria, en 2008. Foto: © Vyacheslav Argenberg / http://www.vascoplanet.com/, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons

Lo que se ha perdido en un mes de guerra

En Medio Oriente, los misiles han dañado lugares llenos de significado. Pero la mayor tragedia es la pérdida de la confianza y la mirada en el largo plazo, en favor de las ocurrencias y la diplomacia transaccional.
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Tadmor, en árabe, Palmira, en el dialecto palmireno que le dio nombre a la antigua ciudad del centro de Siria, es uno de los registros del tiempo en su dimensión mayúscula. Del Templo a Bel, deidad de Mesopotamia, sobreviven su fachada y muros tras la destrucción bajo el delirio del Estado Islámico (EI). Los primeros habitantes de la ciudad son tan viejos como el tercer milenio antes de la era común. El templo se data en las primeras décadas posteriores a ese punto del calendario. Entre los tres momentos surgieron y terminaron modos de entender el mundo, aunque el mundo en su amplitud siguió, distinto. No hay consuelo ni fatalismo en ello. Pérdida, sí.

En 2015, cuando el EI hizo estallar también el arco del siglo III, mi fuerte vínculo emocional con Palmira, y con ese punto en específico, no se detuvo en la ruina que conectaba la avenida romana con el Templo a Bel. Para ese entonces mis angustias eran el ascenso del fundamentalismo, los miles de muertos, mi familia y las familias dispersas por la guerra. El presente no daba espacio para otra preocupación. Pasaron casi diez años y pude darme cuenta de que quienes ahora vuelven al país, lo redescubren y mañana lo descubrirán, ya no tendrán al arco de Palmira, ni buena parte de la ciudad. Perdió, de nuevo, el tiempo.

Si estuviésemos dispuestos a entender que el tiempo es un valor y no solo un tránsito, cuidaríamos con atención hacia adelante lo que sucede en él.

Algunos reportes cuentan desde 50 hasta 120 museos o espacios culturales dañados en Irán durante el primer mes de guerra. Entre otros, el palacio Golestán del siglo XVII o la mezquita Masjed-e Jāmé del siglo VIII en Isfahan. En Abu Dhabi, el temor por las obras en el Louvre local no tiene una solución infalible mientras Teherán siga disparando sobre los Emiratos Árabes Unidos. Los restos de un proyectil cayeron cerca la ciudad vieja de Jerusalén, no lejos de al-Aqsa, de Kotel, el Muro oeste, de la Iglesia del Santo Sepulcro.

En ninguno de los casos anteriores, ni siquiera con el inmenso valor de los lugares y sus contenidos o significancias sociales, culturales, religiosas o políticas, la tragedia mayor está tanto en sus riesgos y destinos como en los modos de entender el mundo que dejan de importar y los que se van imponiendo. De Palmira a Golestán, vemos los saldos del desprecio por la conciencia.

La mirada natural y de cierta manera obligada en los hechos diarios de cualquier conflicto, y en particular el último mes hacia y desde Irán, lleva a perder sus contextos.

Hoy tiene poco sentido dedicarle demasiado tiempo a la retórica de Trump que insiste en un cambio de régimen cuando el paralelismo con Caracas no es sostenible y las declaraciones de su gabinete hacen énfasis en sus cuarenta y siete años de terror. Si el canal trasero de comunicación con Teherán es a través de Mohammad Baqer Qalibaf, vocero del parlamento y antiguo comandante de las Guardias Revolucionarias, la nueva cabeza de estas fuerzas es Ahmad Vahidi, señalado por su responsabilidad en el atentado contra la AMIA en Argentina.

Es el paraíso de los dementes.

Después de Groenlandia en código meme, era lógica la evolución a Irán y el resto de Medio Oriente en onomatopeyas. No sorprende ver al presidente de Estados Unidos emitir ruidos de cohetes –“bing”, “bang”, “pum”–en una conferencia de prensa. Sorprende que el mundo entero se haya adaptado a sus sonidos, vistos como simples formas cuando son la ausencia de ellas, y frente a las cuales otros gobiernos necesitan tomar decisiones de cooperación, involucramiento militar, político y decisiones de subsistencia energética para sus sociedades. Alemania resiente la carencia de gas proveniente de la región, los transportistas europeos exigen en París apoyos para paliar el incremento del precio del combustible, Egipto limita los horarios de distribución de electricidad, pide a las tiendas cerrar más temprano y Jordania, como otros, prohíbe el uso de aires acondicionados en oficinas de gobierno.

Para los Emiratos, la situación se ha hecho más complicada que para otros países del Golfo. Si la violencia de los ataques iraníes en su territorio y contra objetivos civiles le ha costado proporcionalmente como a los demás, su posición de disputa con Irán por las tres islas que sirven de acceso norte a Ormuz los colocan en una posición políticamente más arriesgada, tanto en la guerra como después de ella.

El rompimiento de las líneas de comunicación y convivencia entre los países del Golfo y la República Islámica exige diferenciar a esta de Irán, con miras a una eventual reconstrucción de relaciones que definirá también el esquema de operación sobre el estrecho de Ormuz. Si la participación de los hutíes de Yemen se extiende, afectaría la entrada al Mar Rojo y, por ende, el canal de Suez.

Irán tiene más elementos que los meramente ideológicos. Su relevancia y atención no se debe a los humores e identidades, motores de la época, sino a sus consecuencias tangibles y plausibles.

Lo que hoy es tolerable tiene una caducidad corta, no porque los sujetos de burlas y recreaciones de conversaciones oficiales pongan un límite a su paciencia. MBS, Mohamed bin Salmán, líder de facto saudí y custodio de las dos mezquitas sagradas para el islam, no se hartará de lo soez de Trump, como tampoco lo hace ningún jefe de Estado latinoamericano, incluida la presidenta mexicana. El príncipe heredero saudí, ese que mando asesinar a Jamal Khashoggi, un periodista incómodo, decide ignorar que Trump presuma que le “bese el culo”. No por diferencia de fuerzas, que la hay: MBS sabe que la ventana de tiempo es más reducida para el residente en turno de la Casa Blanca que para una monarquía establecida. Y en esa ecuación, la mirada a largo plazo en acuerdos está supeditada a la aparente aceptación de las formas actuales. Quedará por ver si luego de este episodio vendrán instrumentos entre países que no tengan en cuenta la patanería. Lo dudo. De “bing bada bangs” a “kiss my ass”, se perdió el largo plazo en lo fundamental de la relación entre Washington y las monarquías árabes. Permanecerá la compra y venta, no más, cuando había más.

Qatar acaba de firmar un acuerdo de defensa con Ucrania por diez años. Para Estados Unidos, desde la óptica no únicamente transaccional, la confianza perdida en esos plazos está ya en la cartera de saldos ocasionados por el entendimiento del mundo que se construye a la vista de todos.

Hay tonos a los que se acostumbran los tiempos. Ya no es simple teatralidad una Casa Blanca que comparte imágenes del presidente estadounidense que baila y dibuja sobre un mapa las palabras “estrecho de Trump” en Ormuz; es la desalfabetización en el lenguaje político que impide su ejercicio. Corregir estas dinámicas no se hace con un cambio de administraciones ni con unos cuantos años. Son maneras que favorecen la absoluta desconfianza entre partes que en algún momento tendrán que acordar por encima de esa mirada transaccional que perdona la psicopatía en aras de conveniencias inmediatas o intermedias.

Dentro de esa patología política, aceptamos como válida la existencia de una lista de asesinatos por parte de gobiernos supuestamente funcionales, de la que aparentemente se quitan y ponen objetivos para una negociación, en busca de sanar el instante y no imagina lo durable. Está claro que desde hace tiempo es ocioso hablar de derecho internacional. Pero si, en medio de ese ocio, eliminamos sus límites para solo referirnos a la realidad en términos efímeramente pragmáticos, estaremos olvidando los espacios de referencia con los que es posible adecuar la bestialidad de la realidad misma. Vale la pena cierta necedad en esos parámetros proverbiales. Algo del arco de Palmira para todos está en ellos. El resto es la exhibición de nuestra fragilidad. ~


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