Durante años, uno de los principales desafíos de nuestras sociedades era conectar a más personas. Lo conseguimos. Nunca se habían intercambiado tantos mensajes, compartido tantas fotografías o participado en tantas conversaciones. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos con personas en cualquier parte del mundo. Sin embargo, varias democracias liberales han comenzado a preguntarse si algo importante se está perdiendo en medio de esa hiperconexión.
La señal más visible ha sido la creciente preocupación por los adolescentes.
Australia aprobó hace poco restricciones al acceso de redes sociales para menores de 16 años. Francia fortaleció las limitaciones al uso de teléfonos inteligentes en las escuelas. Finlandia amplió las facultades de los centros educativos para regular dispositivos digitales durante la jornada escolar. Reino Unido abrió una discusión semejante. Las medidas son distintas –como lo son sus tradiciones políticas, sistemas educativos y contextos culturales–, pero todas parecen partir de una inquietud común.
La explicación más conocida apunta hacia la salud mental. Durante más de una década se acumularon evidencias sobre el incremento de ansiedad, depresión, autolesiones y sentimientos de soledad entre adolescentes. Jonathan Haidt reunió buena parte de estos hallazgos en su libro The anxious generation (2024) y contribuyó a instalar una preocupación que hoy atraviesa a buena parte del mundo desarrollado.
Si el problema hubiera sido exclusivamente psicológico, las respuestas principales habrían surgido desde hospitales, terapeutas o sistemas de salud. No ocurrió así.
Conforme avanzó la discusión, aparecieron nuevas señales de alerta. La prueba PISA 2022 registró la mayor caída en matemáticas desde el inicio de la evaluación internacional: quince puntos menos en promedio para los países de la OCDE respecto a 2018. En lectura, la caída fue de diez puntos. Al mismo tiempo, 65% de los estudiantes reportó distraerse al utilizar dispositivos digitales durante algunas clases, y 59% admitió distraerse por el uso que hacían de ellos sus compañeros. La conversación comenzó entonces a desplazarse hacia el aprendizaje.
Tampoco ahí se encuentra toda la explicación. Si la preocupación hubiera sido exclusivamente académica, la respuesta habría consistido en tutorías, reformas curriculares o programas de recuperación educativa. Sin embargo, una y otra vez el debate regresó al mismo lugar: la escuela.
¿Qué descubrieron estas democracias para concluir que las aulas eran parte de la respuesta?
Tal vez comenzaron a percibir un problema distinto. No solo que los adolescentes estuvieran más ansiosos o aprendieran menos, sino que una parte creciente de su experiencia social estaba dejando de ocurrir en espacios compartidos.
La evidencia apunta en esa dirección. Utilizando datos del estudio Monitoring the future (2022), la psicóloga Jean Twenge encontró que los estudiantes estadounidenses de primero de preparatoria pasaron de reunirse presencialmente con sus amigos alrededor de 2.5 veces por semana en 1996 a hacerlo aproximadamente 1.5 veces en 2020. La vida social no desapareció: migró. Los jóvenes continúan comunicándose, compartiendo contenidos e interactuando, pero una parte cada vez mayor de esas interacciones ocurre en entornos digitales personalizados.
La diferencia parece menor, pero no lo es. Porque el problema no consiste únicamente en cuánto tiempo pasan los adolescentes frente a una pantalla, sino qué deja de ocurrir cuando no pasan ese tiempo en otros lugares.
Cuando un adolescente pasa una tarde entera jugando fútbol con otros jóvenes, aprende cosas que ningún currículo registra: esperar turnos, negociar reglas, cooperar con personas distintas, tolerar frustraciones y resolver conflictos. Lo mismo ocurre durante una conversación presencial, una excursión escolar, un proyecto colectivo o simplemente una comida compartida. Ninguna de estas experiencias garantiza virtud cívica, pero todas tienen algo en común: obligan a convivir con personas que no fueron seleccionadas por afinidad ni filtradas por un algoritmo.
Durante décadas dimos por sentado que buena parte de estas experiencias formaban parte de la vida ordinaria. Ocurrían en el barrio, en asociaciones comunitarias, en equipos deportivos, en grupos religiosos y, sobre todo, en las escuelas.
Robert Putnam advirtió hace más de veinte años que muchas de estas formas de vida compartida comenzaban a debilitarse. En Bowling alone (2000) documentó la disminución de asociaciones vecinales, organizaciones cívicas y espacios de encuentro. Su preocupación no era nostálgica, era política. Las sociedades democráticas necesitan algo más que instituciones formales. Necesitan relaciones de confianza, cooperación y reciprocidad construidas mediante experiencias compartidas.
Lo que observamos hoy podría ser una nueva expresión del mismo fenómeno. No estamos dejando de comunicarnos, estamos dejando de compartir experiencias.
Las comunidades no se construyen únicamente a partir de afinidades. También necesitan espacios donde convivan personas distintas. Lugares donde el estudiante brillante comparte salón con el rezagado, donde el tímido convive con el extrovertido, donde quien piensa de una manera se encuentra diariamente con quien piensa de otra.
La diversidad, por sí sola, no produce comunidad. Para que eso ocurra se necesitan instituciones capaces de reunir a personas distintas alrededor de experiencias comunes.
Hannah Arendt sostenía que la política democrática depende de la existencia de un mundo común. No de un consenso universal. No de una sociedad sin conflictos. Un mundo común es algo más elemental: una realidad compartida sobre la cual personas distintas pueden encontrarse antes de discrepar.
Las democracias pueden sobrevivir al desacuerdo. Lo que les resulta más difícil es sobrevivir a la desaparición de los espacios donde ese desacuerdo puede producirse dentro de una experiencia compartida.
Vista desde esta perspectiva, el problema ya no es únicamente cuánto tiempo pasan los adolescentes frente a una pantalla. Tampoco si obtienen mejores o peores resultados académicos. La pregunta es qué ocurre cuando una generación dispone de cada vez menos oportunidades para compartir experiencias comunes con quienes son diferentes. Tal vez por eso la discusión terminó llegando a las escuelas.
No es que sean perfectas ni que puedan resolver por sí solas los problemas de salud mental, aprendizaje o polarización que enfrentan nuestras sociedades. Pero siguen siendo una de las pocas instituciones donde millones de niños y jóvenes conviven diariamente con personas que no eligieron, enfrentan reglas comunes y participan en experiencias comunes. Los propios datos de PISA apuntan en esa dirección. La escuela es más que una institución de aprendizaje: es una infraestructura de vínculos.
Durante décadas justificamos la escuela por razones económicas: movilidad social, productividad, competitividad o crecimiento. Todo ello sigue siendo importante. Sin embargo, varias democracias parecen estar redescubriendo otra de sus funciones, más antigua, más difícil de medir y quizá más urgente.
La discusión comenzó con la pregunta de qué están perdiendo los adolescentes. Terminó por preguntarse preguntándose qué están perdiendo las propias sociedades. Detrás de la ansiedad, las pantallas o los resultados académicos parece asomarse una preocupación más profunda: la reducción gradual de los espacios donde aprendemos a convivir con personas distintas y a reconocernos como parte de una misma realidad.
En otras palabras, la pérdida de un mundo común. ~