Una de las cosas en que más me insistían mis compañeros cuando trabajaba de guionista en televisión era la idea del cebo. Normalmente se usaba como verbo en imperativo y con una construcción desconcertante: “Cébalo”. Era anunciar algo que íbamos a contar después en el programa: el contenido en teoría más potente. El mecanismo es el de la gratificación diferida, aunque la mayoría de las veces la posibilidad de que hubiese una verdadera gratificación era bastante dudosa.
Era el lenguaje de la televisión, un truco muy viejo de narradores, vendedores y padres, y también es el marco de buena parte de lo que pasa por análisis en la conversación pública. No hablamos de lo que sucede ahora sino de lo que pensamos que vendrá a continuación. No sabemos si será más interesante, pero entretenemos, o eso esperamos. Como explica Antonio Villarreal en su libro Tertulianos, la opinión sustituye a la información y la predicción al análisis. Los problemas no importan por lo que son, por sus consecuencias sobre las personas o por sus posibles soluciones: como dice Elena Alfaro, son tratados como problemas de comunicación. Es una perversión a la que contribuimos los periodistas, que estamos tan o más atentos que los políticos a lo que los cursis llaman la batalla del relato. La combinación de voracidad por los contenidos y precariedad en la profesión fomenta por ejemplo la figura del reportero/comentarista, que publica una información y luego debe “analizarla”: es decir, que le preguntan qué cree que pasará después. En ciertos casos, como vemos con la regularidad del atardecer, la identificación entre el periodista y una tendencia política es pornográfica. Pero la confusión de tiempos e intereses entre políticos y analistas es general y produce muchas distorsiones: no nos preocupamos de las cosas (complejas, técnicas) sino de cómo se cuentan esas cosas y sus efectos sobre los políticos. Lo importante de la crisis de Ceuta es la gestión comunicativa, no la gestión de los hechos en sí. ¿A qué partido beneficia y perjudica? Lo grave de los casos de corrupción es que no se han dado explicaciones. Lo clave del problema de la vivienda no es que 7 de cada 10 jóvenes no puedan independizarse, el desacople delirante de sueldos y precios, la poca construcción mientras aumenta el número de hogares y habitantes, el paupérrimo parque de vivienda social, o los efectos de desamparo o imposibilidad de tener un proyecto vital, sino si el Gobierno o sus partidos a la izquierda o la oposición pueden capitalizar ese problema. ¿Cómo se siente el partido? ¿Hay malestar, hay sensación de incomprensión, se alzan o susurran voces críticas? El líder medita, piensa, estudia. ¿Cómo está de ánimo? ¿Se extiende el descontento? ¿Fuentes consideran que la crisis puede permitirles obtener una ventaja? ¿Voces creen que la situación es insostenible?
Y qué importa.