Pavel Talankin y David Borenstein contra el autócrata sin rostro 

El documental multipremiado registra la rampante militarización de la juventud y el sistema educativo rusos.
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Entre las causas del éxito del documental Mr. Nobody contra Putin, galardonado en los premios BAFTA y Oscar, está precisamente la elección de este título por parte de los productores. En Occidente pocas historias atraen más que la del hombre anónimo y solitario que no solo lucha contra un poder desmedido e injusto sino que, además, a nivel personal tiene éxito por el camino. Es lo que ha pasado con los directores de la cinta, David Borenstein y Pavel Ilyich Talankin, y más concretamente con este último, que es la cara visible por ponerse también delante de la cámara y no solo tras ella.

En el documental, Pavel cuenta su propia historia desde 2022 como pedagogo, coordinador de eventos y cronista oficial del colegio para el que trabajaba en la pequeña localidad rusa de Karabash, cerca de los montes Urales. Con el comienzo de la invasión de Ucrania y la puesta en marcha a toda velocidad de la maquinaria de propaganda y adoctrinamiento rusas para justificarla, vemos a un Pavel cada vez más alienado. Pasa de grabar ceremonias de apertura y clausura de curso normales y corrientes y actuaciones teatrales de los alumnos a filmar, debido a órdenes “de arriba”, cómo los niños realizan marchas militares, cantan canciones patrióticas, escuchan lecciones de historia-ficción de profesores de historia y hasta reciben charlas de miembros del ya extinto grupo de mercenarios Wagner sobre cómo detectar minas y sobrevivir en el frente. 

En un momento, Pavel está a punto de dejar la escuela al verse incapaz de formar parte de algo tan grotesco: un gobierno ruso militarista y autoritario que se cuenta mentiras a sí mismo y a los demás y reescribe su pasado para justificar sus acciones presentes. En el último momento decide no formalizar su dimisión porque llega a la conclusión de que, si quiere combatir lo que detesta, debe formar parte de ello aunque sea temporalmente. Principalmente por dos cosas: porque la propaganda puede combatirse, más que con hechos, simplemente exponiendo sus delirios, y porque la única manera de desplazar una historia es con otra historia. 

El momento en el que el documental muestra este cambio de enfoque deja entonces momentos memorables. Entre ellos, por ejemplo, una entrevista que Pavel le hace al profesor de historia del colegio, un tipo oscuro y servil ante el poder que podría haber pasado por un informante de la NKVD de los años treinta. Cuando le pregunta cuáles son sus referentes históricos más admirados (admirados, no estudiados), el profesor responde con una seriedad pasmosa que Lavrenti Beria, mano derecha de Stalin y responsable directo del encarcelamiento y muerte de decenas de miles de personas. También graba cómo este mismo profesor, durante una clase en la que los alumnos le miran entre temerosos y muertos de aburrimiento, explica sin despeinarse que a día de hoy los franceses comen ranas porque se mueren de hambre. Pavel registra además cómo la guerra llega a la escuela y a la localidad no solo en forma de propaganda, sino también de tragedia. Con el paso de los meses, antiguos alumnos de la escuela, ya mayores de edad, son reclutados, mientras que al mismo tiempo empiezan a llegar noticias de la muerte en el frente de familiares cercanos de los actuales estudiantes. 

La idea de los directores de documentar la rampante militarización de la juventud y el sistema educativo rusos desde 2022 no es nueva. En YouTube se pueden encontrar un gran número de reportajes y documentales de calidad notable sobre esto. Incluso en las pequeñas televisiones rusas locales que aún hoy en día siguen subiendo a la plataforma informativos cotidianos (porque la propaganda, cuando se generaliza, se vuelve cotidiana y normalizada) se puede observar el fenómeno de manera aún más desnuda. Se puede ver, además, la rápida germinación de algo cuyo sustrato llevaba asentado como mínimo diez años, cuando en 2015 el gobierno ruso decidió crear Yunármiya, una organización juvenil paramilitar cimentada en los múltiples traumas bélicos no superados de las generaciones pasadas. 

Si este documental merece ser visto y tenido en cuenta no es tanto, paradójicamente, por su labor documentalista, aunque gracias a su éxito el público general haya conocido la extensión y profundidad de la maquinaria de propaganda y adoctrinamiento del gobierno ruso, sino porque, como implícitamente dice el título de la cinta, es una muestra del alzamiento de la voz de los débiles que no tienen poder contra los fuertes que lo ostentan. Su visionado es útil precisamente por esto también en Occidente, donde incluso en las democracias más asentadas parece que se asienta la idea de que quienes detentan el poder no tienen que explicar cómo lo usan ante los representados que les han elegido.

Idealmente, volviendo a Rusia, el documental debería llamarse al revés: Pavel Talankin y David Borenstein contra el autócrata sin rostro, ya que eso es lo que precisamente Masha Gessen en su ensayo periodístico El hombre sin rostro trató de mostrar: que son aquellas personas que no tienen más personalidad que la que nosotros queremos proyectar en ellas por nuestros miedos e inseguridades, como Vladímir Putin, las que pueden acabar acumulando todo el poder. Nadie sabe quién es realmente Putin. Posiblemente, atrapado en la paranoia de su propia vida como exespía, ni él probablemente lo sepa. Sí sabemos, por el contrario, quién es Pavel Talankin , que en varios momentos se pone delante de la cámara y comenta sin tapujos cuáles son sus inquietudes sobre el país en el que vive y muestra su vulnerabilidad. 

La cinta de ambos directores termina, literalmente, con un canto a la esperanza que es a la vez un intento por cambiar el relato. En las últimas escenas aparecen estudiantes de la escuela, actuales y ya graduados, bailando, festejando y simplemente intentando ser jóvenes en un país con una narrativa vieja. De fondo suena la “Canción de la patria”, que apareció por primera vez en la película soviética de propaganda de los años 30 Circo, y que el oficialismo sigue usando hasta la extenuación en eventos y ceremonias. “No conozco ningún otro país donde las personas respiren con tanta libertad”, dice una de las partes más conocidas de la canción. Era mentira hace casi ya cien años y es mentira ahora. Con ese final, los realizadores no solo pretenden transmitir la esperanza que sienten hacia las nuevas generaciones que pueden cambiar el país, sino que es también una forma de mostrar que han hecho un esfuerzo sincero por intentar, con su trabajo, que esas palabras sean algún día verdad. 


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