Foto: Paul Christian Gordon/ZUMA Press Wire

Qué significaron las elecciones intermedias en Estados Unidos

¿Qué lecciones pueden extraer demócratas y republicanos de esta cita electoral? ¿Cómo salieron librados los medios de comunicación? ¿Y las encuestas? Diversos autores ofrecen sus puntos de vista.
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La perspectiva amplia
Sheri Berman

Estas elecciones intermedias quizá fueron las más anticipadas y contenciosas de las últimas décadas, y hay tres conclusiones relacionadas que sacar de ellas.

Primero, el partido en el gobierno tiende a ser el que pierde en las elecciones a mitad de mandato, en particular cuando los electores están descontentos con cómo van las cosas en el país. Pero en esta ocasión, la esperada “ola roja” de victorias republicanas no se concretó.

Segundo, una de las razones clave que explica esto es que los republicanos presentaron a una gran cantidad de candidatos extremistas, que negaban o cuestionaban los resultados de la elección de 2020 y, en muchos casos, aportaban sus propias e infundadas teorías de la conspiración. Muchos de estos candidatos triunfaron, lo que no resulta sorprendente dado el lugar central que ocupa el negacionismo electoral en el partido Republicano actual y el éxito que este ha tenido en deshacerse de las personas que, como Liz Cheney, cuestionan abiertamente esta ruta. El hecho de que figuras como Marjorie Taylor Greene y Matt Gaetz, consideradas tóxicas hace no mucho, hayan ganado la reelección y ahora estén firmemente ubicadas dentro del partido es un reflejo del grado de radicalización de los republicanos. Sin embargo, en algunas contiendas cruciales, el negacionismo electoral y el trumpismo resultaron costoso, lo que permitió a los demócratas quedarse con Pennsylvania, New Hampshire y demás.

No obstante esto último, una tercera conclusión debe ser la vulnerabilidad de los demócratas. Que los republicanos hayan sido capaces de proponer a tal número de negacionistas electorales extremos y teóricos de la conspiración, y aún así obtener buenos resultados, incluso en estados considerados violeta, como Florida y Georgia, se debe en parte a su capacidad de llamar la atención de los votantes hacia otros temas –crimen, migración, la economía, la educación–,en los que los demócratas son percibidos como débiles, desactualizados, o incluso como una amenaza. Si estos quieren fortalecer su causa antes de las elecciones de 2024, tienen que pensar seriamente cómo harán para convencer a una mayoría de votantes que tiene soluciones viables para los problemas que más les preocupan.

Sheri Berman es profesora de ciencia política en Barnard College, Columbia University, y miembro del consejo de Persuasion.


La verdadera razón por la que el partido Republicano tropezó
David French

Conforme el humo de las elecciones intermedias se disipa y podemos enfocarnos en el fracaso histórico del partido Republicano, algo queda claro: el negacionismo electoral le costó a los republicanos. Pero quizá no de la manera en la que usted cree. No fue que los electores votaran en contra de los candidatos de ese partido para impedir que suceda otro 6 de enero; más bien es que los republicanos negaron las lecciones de su propio pasado reciente.

El partido Republicano interpretó la victoria de Trump en 2016, por el más estrecho de los márgenes, sobre una oponente demócrata históricamente impopular, como la base de una coalición electoral ganadora. Pero como queda claro desde entonces, no fue tal cosa. En 2018, el movimiento MAGA [Make America Great Again] perdió la Cámara de Representantes. En 2020, perdió la Casa Blanca y el Senado. Trump no solo perdió el voto popular tanto en 2016 como en 2020: ni siquiera alcanzó al mismo porcentaje de electores que Mitt Romney.

Pero los trumpistas ignoraron esta realidad. Maltrataron y silenciaron a sus críticos. El mensaje siempre fue el mismo: antes de Trump, el partido Republicano no sabía ganar. Ignoraron el hecho de que antes de Trump, el partido controlaba la Cámara de Representantes. Controlaba el Senado. Controlaba la mayoría de los gobiernos estatales.

Un partido político funcional echaría una mirada al desastre electoral de los años de Trump y correría tan lejos y tan rápido como le fuera posible del trumpismo. ¿Cuantos demócratas querían que Jimmy Carter fuera su candidato una vez más en 1980? ¿Cuántos republicanos estaban pidiendo que Bush padre lo fuera después de 1992?

Pero en 2022, los republicanos redoblaron su apuesta a favor de una coalición minoritaria. Intimidaron a electores decisivos para que se fueran del partido, y se mofaron diciendo que eran “Republicanos de nombre únicamente” mientras los veían irse. Y ahora aquí está el partido, encañonados directamente por el peor resultado de una elección de mitad de periodo en una generación –un fracaso profundo, en particular cuando se compara con el récord histórico de partidos enfrentándose a una oposición liderada por un presidente impopular.

¿Qué sigue? Lo más probable es que Donald Trump anuncie que está listo para competir por la presidencia una vez más. El movimiento MAGA cerrará filas en torno a él y hará lo que mejor sabe hacer: intentar intimidar y silenciar a sus críticos republicanos. Este resultado electoral es difícil de negar, y el partido Republicano debe recordar que es la verdad la que los hará libres.

David French es un editor senior en The Dispatch y miembro del consejo de Persuasion.


La lentitud del conteo de votos en Estados Unidos es una rareza global
Francisco Toro

Sentado aquí, refrescando una y otra vez mi navegador, recuerdo que apenas una semana y media atrás, 124 millones de brasileños se tomaron el tiempo de ir a votar. Sus casillas cerraron a las 5 de la tarde a nivel nacional. Menos de tras horas después, a las 7:57 p.m., el único organismo encargado de gestionar la elección y contar de manera electrónica el voto había contabilizado más del 99% de los votos emitidos y pudo anunciar un resultado único e inequívoco.

Se ha dicho millones de veces que el extraño sistema de condado por condado que tiene Estados Unidos para organizar sus elecciones y contar los votos es tanto un riesgo de seguridad nacional como una reliquia del siglo XVIII. En lo que no es tan común reparar es que prácticamente en todos lados las elecciones nacionales son organizadas por organismos nacionales. En América Latina, donde la pompa y ceremonia está integrada en el modo de hacer las cosas y el recuerdo de las dictaduras sigue fresco, las autoridades electorales son figuras con un cierto grado de visibilidad. En la mayor parte del mundo desarrollado, el trabajo lo realizan discretos funcionarios civiles de carrera que operan bajo una serie de reglas uniformes y adheridos al viejo principio del árbitro deportivo: entre menos seas visto, mejor trabajo estás realizando.

Algunos países tienen múltiples agencias electorales: en Montreal, donde vivo, mi nombre aparece de manera separada en los registros municipales, provinciales y federales. Pero lo que no ves en ningún otro sitio que yo conozca es un sistema con, literalmente, miles de organismos administrativos distintos, todos haciendo lo mismo pero siguiendo reglas distintas en distintos lugares. Esas demoras y esa incertidumbre son mortales para la credibilidad de las elecciones y para el sistema democrático mismo.

Francisco Toro es periodista y el director de contenidos del Group of Fifty.


El gran ganador republicano es Ron DeSantis
Seth Moskowitz

Aunque fue una elección terrible para el partido Republicano en general, fue una noche fantástica para un republicano en particular: Ron DeSantis. El gobernador de Florida aplastó a su rival demócrata en una victoria que fue tanto extensa como profunda. En cada uno de los condados –desde aquellos de jóvenes e hispanos hasta los que están llenos de jubilados blancos– DeSantis mejoró significativamente los márgenes que había logrado Trump hace apenas dos años. A fin de cuentas, parece que DeSantis ganará por unos sorprendentes 20 puntos porcentuales, en un estado que, incluso tan recientemente como 2018, era considerado un estado bisagra.

Si DeSantis es el ganador claro de la noche, Donald Trump es el claro perdedor. Algunos de los candidatos que le debían sus victorias en las elecciones primarias al apoyo de Trump, defraudaron las expectativas de manera rotunda. El caso más notable fue el de Mehmet Oz, que perdió la crucial elección para senador por Pennsylvania. Pero Oz no fue el único. Con la llegada de los resultados, los republicanos tendrán que darse cuenta que es probable que su líder de facto, Donald Trump, les haya costado el control del Congreso y el acceso a varias casas de gobierno estatales.

La pantalla dividida entre Trump y DeSantis tendrá enormes reverberaciones para las primarias en 2024. Muchos votantes republicanos ya habían comenzado a considerar la posibilidad de distanciarse de Trump en 2024, y el principal candidato para sucederlo era DeSantis. Ahora que los lastres electorales de Trump se han vuelto cada vez más claros, DeSantis parecerá aún más atractivo. Los mercados de apuestas ya empezaron a mirar en esa dirección: el martes, colocaban las probabilidades de que Trump gane la nominación del partido Republicano en cerca de 45%, y las de DeSantis en 28%; dos días más tarde, Trump estaba en 38% y DeSantis en 41%.

Claro que los resultados de las elecciones intermedias no serán suficientes para sacar a Trump de la contienda. Pero algo sí es evidente: Trump es ahora un inconveniente electoral, algo que sus potenciales competidores por la nominación de 2024 podrán explotar. Considerando sus resultados sorprendentes el martes, DeSantis estará en una inmejorable posición para plantear ese caso. Puede argumentar que si los republicanos quieren ganar de nuevo la presidencia en 2024, ¿por qué nominarían a un perdedor como Trump cuando pueden nominar a un ganador como DeSantis?

Seth Moskowitz es editor asociado en Persuasion.


El problema con las predicciones
Norman Ornstein

Existía un consenso amplio en los medios sobre las elecciones del martes: podíamos esperar una “ola roja”, o, como lo describió el analista conservador de Axios John Kraushaar, “un tsunami rojo”. Los reporteros y editores de medios desde el New York Times y el Washington Post hasta las cadenas de televisión tomaron datos de las encuestas y amplificaron sus implicaciones. Su conclusión: todo estaba moviéndose en dirección republicana, la inflación y el crimen eran los temas dominantes, mientras que las amenazas a la democracia y el futuro de los derechos reproductivos habían desaparecido como factores de importancia.

Ups. Eso hace que nuestros medios sean unos de los perdedores más grandes y más vergonzantes de esta elección. ¿Qué fue lo que falló? 

Primero, no entendieron o simplemente rechazaron el hecho de que las encuestas en general son cada vez menos confiables. Las tasas de respuesta para encuestas telefónicas han decrecido a niveles casi ínfimos. ¡Y eso es para las mejores encuestas! Esto hace que sea cada vez más difícil discernir la participación. También quiere decir que las encuestadoras tienen que echar mano de métodos que les ayuden a replicar la demografía del electorado: las proporciones correctas de demócratas y de republicanos, de mujeres y de hombres, de hispanos y de asiáticoamericanos, de jóvenes y de adultos mayores, y así sucesivamente. No es tanto una ciencia como un arte, y no todos los artistas son buenos. Tienen que contender con preguntas como si algunos grupos de electores son más o menos resistentes a responder llamadas de encuestadoras, y si acaso eso distorsiona los resultados.

Al mismo tiempo, los periodistas políticos tienden a tratar a todas las encuestas igual, cuando muchas son desaseadas y otras, incluso de las encuestadoras más connotadas, pueden ser casos atípicos. Ese fue el caso con una encuesta del New York Times y Siena que mostraba un cambio dramático de corto plazo en las preferencias de las mujeres, algo que tenía poco sentido a falta de un evento de consecuencias sísmicas. Sin embargo, sirvió para reforzar el consenso acerca de la ola roja.

Demasiados periodistas ignoraron el hecho de que unas cuantas encuestas republicanas sesgadas, realizadas por organizaciones como Trafalgar, Rasmussen, e Insider Advantage, inundaron el escenario en octubre y a principios de noviembre, mientras que las empresas menos sesgadas realizaron menos sondeos. Fue una estrategia que sirvió en términos de establecer la agenda de cara a las elecciones.

Y hay dos factores más a considerar. El primero es que los medios tradicionales siguen siendo ultrasensibles a cualquier acusación de que están sesgados en favor de los liberales, y la respuesta, por lo general, es contorsionarse de toda manera posible para demostrar que no es así. Así que, al reportar que los republicanos arrasarían, evitaron que Donald Trump o Tucker Carlson estuvieran hablando mal de ellos. El segundo es que cuando se genera un consenso, la mentalidad de rebaño impera. Si todos están diciendo algo, es seguro repetir lo mismo. Así, si uno está equivocado, bueno, pues todos nos equivocamos.

Queda una última interrogante. Después de esta vergüenza, ¿algo cambiará? ¿Editores como Joe Kahn en el New York Times se verán obligados a repensar la cobertura en el futuro? Si las experiencias del pasado sirven como guía, la respuesta es no.

Norman Ornstein, miembro del consejo de Persuasion, es académico residente en el American Enterprise Institute y editor invitado en The Atlantic.


El estado clave
Damon Linker

Lo que sucede en Pennsylvania, sucede en el país.

Los periodistas por lo general aplican este tipo de pensamiento a las demarcaciones “del Estados Unidos profundo” para simplificar la política en este país caótico y extenso. Pero cuando se trata de las elecciones intermedias de 2022 en mi estado, la simplificación aplica.

Donald Trump respaldó a los dos republicanos que competían en las elecciones a nivel estatal en Pennsylvania este año: Doug Mastriano, que buscaba convertirse en gobernador, y Mehmet Oz, el candidato para el asiento en el Senado. El primero es un trumpista convencido, un conspiracionista partidario de la ficción de QAnon con vínculos a la insurrección del 6 de enero y que limitó sus apariciones mediáticas a medios de extrema derecha. El segundo es una celebridad televisiva arribista y sin experiencia política, con una desconcertante falta de carisma y un muy precario entendimiento de la política pública.

Me habría contrariado una victoria de Oz, en especial si resultaba ser una contribución decisiva para que los republicanos se hicieran de la mayoría en el Senado. Pero no me habría sacudido de la manera en la que lo habría hecho una victoria de Mastriano, ya que este último es un enloquecido que debería ser alejado de cualquier poder ejecutivo real, en especial en lo que respecta a la certificación de resultados electorales.

Por suerte, ninguno de los dos escenarios sucedió. El fiscal general de Pennsylvania, Josh Shapiro, derrotó a Mastriano por 14 puntos. Habría preferido que fueran 40, pero aún así, los acepto. Mientras tanto, en la contienda por el Senado el demócrata John Fetterman, ahora el vicegobernador del estado, derrotó estrechamente a Oz por casi cuatro puntos. Ese margen más cerrado tiene sentido, dado que Oz era mucho menos atemorizante que Mastriano, y Fetterman tuvo muchos problemas en el único debate debido a una serie de impedimentos cognitivos derivados de una apoplejía sufrida la primavera pasada. Los votantes de Pennsylvania observaron al demócrata esforzarse para poder hilar enunciados coherentes en respuesta a las preguntas directas sobre política, y aún así lo prefirieron por encima del candidato elegido por Trump.

Esa es la historia de las elecciones intermedias en una nuez: a los demócratas les fue bien no porque fueran fantásticos, sino porque sus rivales republicanos eran desastrosos.

Damon Linker escribe el boletín por suscripciónEyes on the Righten Substack y es miembro senior del Open Society Project en el Niskanen Center.


Redes sociales y democracia
Anne Bagamery

A Elon Musk le tomó menos de una semana después de comprar Twitter usar su nuevo juguete para intentar influir en una elección. “El poder compartido restringe los peores excesos de ambos partidos, por ello recomiendo votar por un congreso republicano, dado que la presidencia es demócrata”, tuiteó el lunes a sus más de 110 millones de seguidores, poco menos de dos semanas después de finalizar la compra por 44 mil millones de dólares de la red social.

Esto marca un agudo contraste con la estudiada neutralidad pública que los directores generales de empresas tecnológicas suelen practicar. Unos días antes, Musk había ayudado a acelerar a la base del movimiento MAGA al tuitear rumores infundados sobre el ataque a Paul Pelosi. Rápidamente borró el tuit, en un giro de 180 grados que no ha explicado aún.

¿Esto tuvo alguna importancia? Quizá no. La “ola roja” de 2022 parece más un goteo rojo, con o sin Musk.

Pero haya tenido o no efecto, el episodio permite observar la necesidad de discutir la relación incierta de las redes sociales con la democracia, una preocupación que es especialmente pertinente ahora que Twitter enfrenta un escrutinio exacerbado por sus vínculos con regímenes autoritarios. El senador Chris Murphy ha llamado a realizar una investigación de seguridad nacional al hecho de que el segundo mayor accionista de Twitter es una compañía que en parte es propiedad del fondo soberano de Arabia Saudita. Y Twitter no es el único: Forbes ha reportado que TikTok, propiedad de una empresa china, está planeando usar los datos de localización recolectados por la aplicación para monitorear a algunos estadounidenses (la empresa ha desestimado este reporte).

Entones, hay mucho más en el futuro que mantendrá en vilo a quienes se preocupan por la democracia.

Anne Bagamery es periodista radicada en París.


Ideas finales
Yascha Mounk

Como editor de Persuasion, tengo la ventaja de escribir esta contribución después de haber podido leer todas las demás. Muchos de los puntos más importantes ya se discutieron. David French tiene razón en que esta elección fue el último clavo en el ataúd de la idea de que Donald Trump representaba una ventaja electoral para los republicanos. Seth Moskowitz tiene razón en que Ron DeSantis es el verdadero ganador de esta elección. Francisco Toro acierta en lamentar la absurda tardanza del conteo de votos. Y Sheri Berman tiene razón al decir que los demócratas siguen siendo extremadamente vulnerables.

Así que permítanme añadir tres puntos más.

El primero es que los estadounidenses tienen una clara preferencia por la moderación cuando esta está en oferta. Esto quedó evidenciado por el sorprendente incremento de votos divididos. Cuando los votantes tenían un candidato republicano (relativamente) moderado para un puesto estatal y un republicano extremista para otro puesto estatal, una cantidad importante de ellos eligió al primero, pero no al segundo. Quizá el ejemplo más claro sea el contraste entre Brian Kemp, quien ganó fácilmente la contienda por gobernador en Georgia, y Herschel Walker, quien va a la saga en su búsqueda de la senaduría por ese mismo estado. Pero el voto dividido también tuvo un rol en los casos en los que los demócratas postularon candidatos con diferencias ideológicas sutiles. De hecho, parte de la explicación de los resultados en Georgia se halla en las diferencias entre Raphael Warnock, que enfatiza la moderación y que se acercó a los votantes indecisos y Stacey Abrams, que hizo una campaña más progresista y se enfocó en motivar a los espacios demográficos que tradicionalmente votan por los demócratas. Un incremento similar en el voto diferenciado ayuda a entender los resultados en Ohio, Wisconsin y Pennsylvania.

Mi segunda observación es que los resultados de las elecciones estadounidenses, por ahora, no se deciden dependiendo de qué partido sea más popular, sino de qué partido sea menos impopular. En vísperas de la elección, las encuestas mostraban que el líder republicano más visible, Donald Trump, seguía siendo extremadamente tóxico: 50 por ciento de los votantes no lo aprobaban, y otro 11 por ciento tenían algunas opiniones negativas sobre él. Pero los políticos a lo ancho de todo el espectro tienen valoraciones igualmente negativas, desde los republicanos en el Congreso y Mitch McConnel, a los demócratas en el Congreso y Nancy Pelosi.

Si la esperada ola roja no se materializó en esta elección, se debe al partidismo negativo: muchos votantes consideraron que era más importante su desagrado con los ataques republicanos a las instituciones democráticas, y sus miedos acerca de las prohibiciones totales al aborto, que sus preocupaciones acerca del extremismo democrático en temas culturales y sus yerros en lo económico. Entonces sería iluso de parte de los demócratas mostrarse complacientes con estos resultados que fueron mejor de lo esperado. El autosabotaje de los republicanos les permitió evitar una paliza dolorosa en esta ocasión, pero si quieren construir una coalición duradera que pueda dejar fuera a los populistas peligrosos como Trump, necesitan corregir con urgencia su propia propuesta.

Por último, las cuentas de votos anticipados y las encuestas de salida sugieren que una de las tendencias más esperanzadoras de la política estadounidense sigue avanzando: la despolarización racial del electorado. Los demócratas tuvieron una noche relativamente fuerte en distritos suburbanos mayoritariamente blancos, una razón importante por la que mantuvieron muchos de los escaños competidos en la Cámara. Por otra parte, los republicanos tuvieron una noche fuerte en áreas de minorías, incluso ganaron una impresionante mayoría en el condado de Miami-Dade. Conocer la raza de un votante es cada vez menos útil para predecir su voto. Y para todos quienes aborrecemos la idea de un país cuyas facciones políticas estén divididas claramente entre blancos y “personas de color”, esa es una gran noticia.

Yascha Mounk es fundador y editor en jefe de Persuasion. 





Publicado originalmente en Persuasion y reproducido con autorización.

Traducción del inglés de Pablo Duarte.


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